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Texto:
Ruth
Bautista
Ben Harper
retorna y lo hace con uno de sus mejores trabajos, Lifeline.
Capaz de transmitir su estado vital en cada uno de sus álbumes, nos
tenía acostumbrados en los últimos tiempos a sus trabajos bipolares,
desde aquel Live from Mars (2001) en el que presentó un
trabajo doble, un disco con sus ramalazos ledzzepelianos y
otro con sus temas más dulces y suaves, hasta la fecha en sus
siguientes discos sencillos, donde ambos estados se entremezclaban
sin previo aviso. Siempre cambiante, siempre en evolución, siempre
trabajando, también acostumbra a colaborar con todo aquel artista
que le resulta atractivo, ya sean los Blind Boys of Alabama, Jack
Johnson, Rickie Lee Jones o Beth Orton.
Sin que ello
signifique volver al estado anímico (juventud vibrante, violenta,
arrolladora) de trabajos míticos como The will to live
(1997), sí que este Lifeline que ahora presenta tiene una
continuidad y una presencia de principio a fin que nos hace recordar
sus primeros discos. Lifeline encuentra el término medio
exacto entre sus dos polos, expresando su poesia en términos
relativos y no los absolutos de la etapa previa en la que pasaba de
ser un ángel a un demonio alternando sin pudor entre la más rotunda
candidez y la más violenta fiereza.
Lifeline
es un trabajo de temas atemporales, maduros, perfecto para escuchar
de principio a fin, sin paradas, que te incita a realizar por fin
ese viaje por carretera que llevabas tiempo posponiendo.
Sin duda uno
de los artistas más infravalorados de su época, también la nuestra,
prodigioso con la guitarra y con las palabras, de voz embriagadora e
invalorable directo, viene acompañándonos en nuestra lifeline
desde hace al menos diez años. Esperamos que esta línea de la vida
siga siendo paralela a la nuestra a modo de impagable banda sonora.
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