| |
Texto:
Marcos
Ripalda
La redacción de esta reseña no ha resultado tarea sencilla. Porque
no tenía muy claro cómo enfocarla. El disco es agradable, suavito,
invita al recogimiento mientras lo oigo, pero una vez que concluye,
no tengo especial interés en oírlo de nuevo. Lo que se traduce en
que es un disco que no (me) aporta nada. Como sin chicha. Eso sí, de
hilo musical va que ni pintado. Por supuesto, lo oigo unas cuantas
veces más. Espaciando las escuchas. Y descubro algunos matices que
me gustan, pero ni se me ocurre salir a la calle a tirar cohetes.
Sí, hay mucho pop-folk que se derrama en letras bastante chorras,
aunque con algunos hallazgos surrealistas.
El que fuera líder del grupo Clem Snide, presenta este segundo
disco, tras el insípido Bitter Money (2006), y cosecha
críticas muy buenas, incluso se le calza en algunas listas que
repasan lo mejor del año musical. Alguna cancioncilla aparente y
para de contar. Supongo que el merecido prestigio cosechado con su
anterior banda, no deja ver el bosque medio pelado ante el que nos
hallamos. Barzelay salva el expediente y firma un disco de piloto
automático. Si te gustaba antes, te gustará ahora; si no lo conoces,
tampoco te pierdes nada. Pasa como con casi todo. Es lo que tiene.
Que lo raro es lo extra-ordinario.
|