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Texto:
Asier R.
Aprehender lo que es un álbum como este después de haberlo escuchado
(en su totalidad) media docena de veces, es poco menos que
imposible, pero me puede la pasión por lo que he escuchado.
Sobre el álbum se puede divagar y llenar o rellenar páginas y
páginas hablando del negocio musical, de lo que es el riesgo en
música, de lo que es y no es el talento, de estilos. Algo de lo que
se puede hablar también acerca de su creador, Hank Williams III.
Nos enfrentamos a treinta cortes, que no canciones, y eso, o eres
Dios, o tu Musa es muy agradecida o las drogas te han llevado a un
estado superior al de todos los mortales y que solo el tiempo hará
que éstos puedan apreciar la inspiración que te ha llevado a parir
semejante obra, porque si no, lo menos que te puede ocurrir es que
te salga una obra irregular. Esto es lo que le ha ocurrido a Hank
Williams III, que su obra es irregular. ¿Qué entendemos en este caso
por irregular? ¿Que tiene canciones buenas y otras malas? No, es un
disco con riesgo, así que aquí eso no vale. Quiere decir que su
abanico de posibilidades es demasiado amplio, que lo explorado es
muy diferente y que por tanto, tú (y yo) como oyentes, nunca nos
decantaremos por una escucha completa del disco porque nuestro
estado de ánimo quiere y pide ciertas cosas en algunos momentos,
pero no lo acepta todo.
Lo
primero de todo, Hank Williams III, no ha probado aquí nada que no
haya intentado en su álbum Straight to Hell, maravilla, y que
tenía un segundo cd, lleno de cierta abominación sonora que yo no he
podido llegar a escuchar (me lo han contado). Pero aquí lo ha
perfeccionado. Al igual que aquél disco, este tiene una primera
parte/disco, llamémosla Ghost to Ghost que no supone
demasiada diferencia con todo lo publicado anteriormente por Hank.
Su inicio es country clásico, con su voz típica y sus músicos, dos
primeras canciones muy buenas en su estilo, continúa con “Riding the
Wave”, clásico country-hard rock del caballero Williams. Te das
cuenta de que Hank no necesita de murallas sónicas para sonar
agresivo. Las guitarras eléctricas malcaradas se encuentran al mismo
plano que todos los instrumentos. Constituyen un todo, solo él lo
sabe hacer así. Genial. La cuarta canción es un pequeño aviso de lo
que se nos avecina en “Gutter Town” la segunda/parte disco, con
ambientes zydeco-cajún, gracias a los sonidos creados por el
acordeón.
Tranquilos, no voy a ir pista a pista que son treinta. Aunque ganas
entran, Por ejemplo, la preciosa “The Devil is Movin’ in”, tiene
unos teclados hacia el final que recuerdan a Pink Floyd (¿?) y tiene
un ambiente que te lleva a alguno de los cortes más innovadores de
su penúltimo álbum, Rebel Within (a la memoria me viene “Karmaggedon”).
La canción da paso a “Time to Die” mucho más cercano, con esos
violines, y con esa voz filtrada a un banquete espectral vienés que
a nada cercano al country. De aquí, sin solución de continuidad,
pasamos a “Troopers Holler” una canción que es típicamente Those
Legendary Shack Shakers. Tal cual, podría salir en cualquiera de
sus discos pero especialmente en su el último, Agridustial.
Un banjo predominante, base rítmica machacona, guitarra eléctrica
puntual cercana al metal, sonidos de dibujo animado y un perro
aullando (¿Pink Floyd en Pompeya? No, mejor). Demencial, a la par
que adictiva. Disfrutando de un Hank Williams III que frasea a
cierta velocidad, acompañado el endiablado ritmo de la canción.
Pasemos por alto “The Outlaw Convention”, no por mala, si no por más
habitual, que recuerda a Waylong Jennings (si no llegamos a
la parte final de la canción, ahí lo dejo) y vayamos a otro de los
bombazos del disco: “Cunt of a Bitch”. Está claro que a nuestro
artista le gusta el trash metal porque si algo define a esta canción
es: velocidad. Y una letra llena de mierda sobre alguien que te deja
sin cocaína, una puta según sus propias palabras. Pasmosa canción,
pasmosa intensidad y pasmosos músicos. No os creáis que tardan en
poner toda la carne en el asador. Al llegar más o menos al minuto ya
están en ello. ¡¡Y cómo lo mantienen!!. Un absoluto clásico de su
repertorio. Como lo es la siguiente que da título al disco… “Ghost
to a Ghost”. Sí, sí, sí. ¿La tocarán en directo? Ni idea, pero ahí
queda grabada para disfrutar hasta que llegue el Apocalipsis. Ya
había avisado con la mencionada “Time to Die”, pero esta canción es
más compleja, con mejor melodía, con unos coros en la línea de otras
canciones, como si algún ángel del infierno (motorista) se hubiese
colado en el estudio, eso mezclado con los exquisitos violines,
algún machacante ritmo de guitarra, acordeón y teclados junto a la
pedal steel creando ambiente. Y sí, hacia el final, una espléndida
colaboración de Tom Waits. Absolutamente magnífica.
Bueno, hasta aquí, el disco puede descolocar ligeramente a sus
seguidores (aunque no lo creo) por canciones como “Time to Die”,
“Ghost to a Ghost” o “Troopers Holler”. Para la gente fácilmente
escandalizable, debería dejar de escuchar el disco aquí y se quedará
en una obra magnífica. A la altura de sus obras anteriores, de un
nivel altísimo.
Para los más fanáticos, lo que viene a continuación se puede tomar
de muchas maneras. Por ejemplo: intentar perderte en una especie de
banda sonora sobre una ciudad podrida hasta los cimientos, en la que
te vas encontrando personajes que te cuentan cosas. Las humedades,
sonidos metálicos de industrias contrastan con canciones, en buena
parte de estilo zydeco y cajún (ya nos lo avisaba). A los amantes de
estos estilos, de grupos como Beausoleil, Red Stick
Ramblers, Mama Rosin, disfrutaréis de esta parte. Con
apertura de miras claro, porque el estilo que aquí impera es el
estilo Williams. Un sonido más sucio, mucho menos jazz. Además, el
cantante se deja llevar por un estilo mucho más agudo y chirriante a
la hora de modular su voz.
La
introducción llamada “Going to Gutter Town”, con sonidos de campo,
grillos, hierba y un tipo cantando que se dirige a la ciudad de las
alcantarillas, es una forma fantástica de introducirnos en el mundo
que viene a continuación. Parece que se abandona una parte más
campestre para ir hacia terrenos más oscuros. Los cortes zydeco como
“Dyin’ Day” nos liberan con su aire festivo de cortes fantasmales
como “The Dirt Road” o “The Dream Before”, por no hablar de los
tandem vocales dignos de del fin del mundo como son “Trooper Chaos”
y “Chaos Queen”. Y para el final se deja otras dos pequeñas
sorpresas, la colaboración zydeco con Tom Waits en “Fadin’
Moon” y la muy Primus de ultratumba (pero sin bajo), junto a Les
Claypool para cerrar el disco con “With the Ship”.
Creo que había que intentar describir un poco el disco pero lo que
realmente importa es que, al igual que ha ocurrido con The Black
Crowes al formar su propio sello, Hank Williams III ha podido
desarrollar sin problemas todo lo que le apetecía sacar, haciendo
caso de si mismo, y eso actualmente es algo muy a tener en cuenta.
Hay que pensar que su historial con su anterior discográfica ha
sido, cuanto menos, problemático y que por medio de demandas al
final vio la luz Straight to Hell, con lo que la libertad
creativa, unida a su inmenso talento, nos ha dado, al menos por el
momento, una obra absolutamente imprescindible.
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