| |
Texto:
Marcos
Ripalda
Sam Beam, el hombre
que se esconde bajo el nombre de Iron & Wine, apetece con una taza
de caldo. No él, claro, que tiene una cara amable, pero no es mi
tipo, a pesar de que me agrada esa barba castaña que luce en las
fotos promocionales de su tercer largo. Porque sus melodías son
bálsamos auditivos cuando se pone tierno y resultan sugerentemente
exóticas cuando agita maracas y percusiones cariocas.
Hombre de aspecto
campechano, Sam Beam, que probó con el cine, a enseñarlo, y se hizo
músico, o sea, que se encaminó al más difícil todavía, a lo etéreo,
discurre por el indie folk como pez en el agua y no hay quien le
tosa. Que un cortometraje, con media idea esbozada en una servilleta
con cerco de cañita incluido y algo de apoyo institucional o por el
más que loable, aunque improbable, desinteresado interés te quiero
Andrés de los jovencitos y jovencitas aspirantes a Coppolas y
Tarantinos, puede salirle hasta graciosín a más de uno o una.
Su particular
Swordfishtrombones, disco que firmó Tom Waits allá por el año
1983, rompe, en cierto modo, con su trayectoria lo-fi anterior. Si
con Our Endless Numbered Days (2004), prometía escasas
infidelidades a su heredada visión folkie, próxima a Elliot Smith,
Nick Drake o el más actual J. Tillman, en The Shepherd's Dog
moviliza a la caballería y, sin menoscabo de lo acústico, viaja a la
conquista de ritmos brasileños y africanos, que le otorgan esa
sonoridad tan naïve, aunque este calificativo tal vez sería
más apropiado para definir la pintura del chucho ¿peligroso? que
decora la portada del disco y que me recuerda al genio de Emil Nolde.
Con coherencia en su
evolución y una pizca de riesgo calculado, cada vez más seguro de
que lo mejor está por venir, no sólo en el plano artístico, por lo
que revelan sus entrevistas, Sam Beam entrega su álbum más completo.
Temas como “Boy With a Coin”, “Resurrection Fern” y “Flightless
Bird, American Mouth” ponen los pelillos de los brazos de punta.
www.ironandwine.com
|