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Texto:
Asier R.
Nick Cave es un artista que me descoloca mucho a pesar de
que me encanta. A pesar de que en parte su música comienza y termina
con él mismo y la evolución de su música es su propia evolución.
Unas veces a mejor, otras a peor y otras, simplemente distintas. Me
gusta que no sabes exactamente qué te puedes encontrar a estas
alturas en su carrera. Debe ser de los pocos que tiene esa perfecta
imperfección, algo parecido a lo que sucede con Neil Young. Sus
discos siempre son decentes y de repente se desmarca con una obra
genial.
Mirar históricamente su discografía es una tarea un tanto
inabarcable, pero sí quiero fijarme en los últimos discos, tal vez
los que más han hecho que me descoloque como comentaba al principio
y que me enfrentase a su última obra con la actitud a la defensiva
con la que lo hago.
La etapa clásica de Nick Cave me sorprende e hipnotiza,
pero si nos fijamos en los últimos discos, encuentro ahí cierta
sensación de insatisfacción bastante clara. Aquí voy a parecer un
tanto sacrílego, pero ni The Boatman´s Call ni Nocturama
me convencen y tengo que admitir que el regusto del primer disco
antes mencionado no me dejó muchas ganas de enfrentarme a No More
Shall We Part. Aunque lo escuché y no me enganchó.
Cual fue mi sorpresa cuando a través de un regalo, escuché
Abbatoir Blues/The Lyre of Orpheus. Este disco fue una
sorpresa. Un sorpresón más bien, ¡qué maravilla!. A pesar de faltar
su magnífica mano izquierda, Blixa Bargeld a la guitarra, el disco
era una mezcolanza magnífica de energía, energía furiosa y
chirriante de esa de sus comienzos, con alguna de las composiciones
más bellas que hubiese compuesto jamás.
Pues bien, aun así, me acercaba al último disco de estudio,
este que aquí comentamos y que se llama Dig Lazarus Dig, con
esa desconfianza tan sana que hace que todo lo que sacan los
artistas de los que somos fans no nos parezca perfecto y
maravilloso. Así podemos colocar un poco este disco donde se merece,
muy alto. Pasado el experimento Grinderman (creo que no se puede
considerar más allá de eso), aquí nos juntamos con un disco mucho
más contenido en canciones, once esta vez, y de las que no podemos
decir que haya ninguna balada de esas tan escalofriantes que más que
cantar, suele interpretar Nick Cave. Y no la echamos en falta. Creo
que es uno de los discos más energéticos que ha sacado nunca. Esta
vez no parece Nick Cave enfrentándose a sus penas. Más bien llega a
nosotros como un jefe de húsares, dispuesto a comerse todo, y es que
los Bad Seeds están ahí detrás con ritmos trepidantes, por momentos
de una alegría socarrona y que prácticamente te invitan a bailar.
Esta vez los momentos más tranquilos no son de esa
insalubridad de las primeras épocas, se podría decir que son más
amables, por momentos misteriosos y llenos de esa sensación de calma
tensa que en este caso nunca llega a explotar…o si, a través de la
canción siguiente que es más que probable un prodigio de fuerza
vocal, instrumental y me atrevería a decir que incluso de palabra.
Porque calma y energía se alternan de una forma cuidadamente
seleccionada en este disco que hace que el orden de las canciones no
se deba alterar.
Creo que en esta especie de renacer, hay una parte muy
importante de los Bad Seeds y si hubiese un instrumento a destacar
en este disco, yo me decantaría por el órgano. Y mira que ha habido
órgano en la trayectoria de Nick Cave, pero creo que tanto él como
Mick Harvey en este disco le han dado una preponderancia y lo han
usado de una forma que le da una nueva originalidad a esta obra
respecto de las anteriores. Desde el bajo con el que empieza la
primera canción y que, al instante, se ve acompañado en ese paseo
musical por un organillo casi de esos que utilizaban los gitanos con
su cabritilla, casi diría que aquí en la canción “Dig Lazarus Dig”
se van uniendo todos ellos en el ejército antes mencionado, bajo,
órgano, guitarras eléctricas, acústicas, coros de apoyo
estratosféricos, platillo. Simplemente una canción que va gustando
más y más a medida que la escuchas. Una canción que sirve de punta
de lanza.
Otro punto muy importante, aunque tal vez con menos
protagonismo a nivel general, son las cuerdas que utiliza Warren
Ellis. Si a nivel global están menos presentes, tienen momentos
puntuales de auténtica genialidad, ya sea tocadas de la forma más
clásica o casi como un experimento. Y aquí no puedo dejar de elegir
“Hold on to Yourself” con esos violines que me recuerdan a las
gaviotas y al mar como una de mis canciones predilectas del disco.
El ejército descansa pero jamás se relaja.
Pero no quiero destacar ninguna por encima de la otra
porque todas ellas están a un nivel muy alto y sería muy injusto. Es
curioso que Nick Cave (bandas sonoras aparte y grupos experimentales
también) ha sacado en sus dos últimas entregas dos de los discos de
mayor calidad de su carrera, y a su vez de más fácil escucha que han
conseguido atrapar nuevos prisioneros/adeptos a sus filas. Así que
para los que seáis neófitos, Abbatoir Blues y Dig Lazarus
Dig son dos muy buenas elecciones que os harán lanzaros de
cabeza a las trece restantes obras de pesadilla, redención y amor
que Nick Cave con sus nunca suficientemente ponderadas malas
semillas atacarán o acariciarán vuestros oídos.
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