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PJ HARVEY

White Chalk

Island, 2008

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Anda que no he dado vueltas hasta que me he decidido. Que si lo odio, que si sí, que si no. Hasta que me pongo un día el octavo álbum de PJ Harvey y descubro, como por arte de magia, que estoy ante un trabajo notable. ¿Qué me había pasado las últimas quince veces? ¿Es que, según qué casos, me afecta a mi también la Cerumen Age? Puede. El caso es que, a veces, sucede esto. Que de un día para otro pasa a gustarte un disco. Así de simple. Cierto es que había un par de canciones que me habían gustado desde las primeras escuchas (“The Devil” y “Silence”). Pero poco más. Lo que quiero decirles es que le dediquen su tiempo. Que espacien las escuchas. Que hay material de primera, como la sobrecogedora “White Chalk”, con una musicalidad que me recuerda a lo mejor de Mike Oldfield.

 

PJ Harvey abandona la guitarra y se concentra en el piano, la armónica, el arpa; su voz suena más dulce que nunca (“To Talk To You”). La novia gótica de la portada descubre sonoridades emotivas hasta ahora ausentes en su discografía. Si antes había rock, ahora hay auténtico pop de cámara minimalista, música contemporánea para disfrutar en recintos de clásica y no bajo toldos-absorbe-calor en los pose-festivales. PJ Harvey se ha reinventado a sí misma con un álbum sin precedentes en su carrera. En cierto modo, se ha posicionado entre Lisa Germano y Björk, pero sin la rudeza de la primera y las rizadas de rizo de la segunda.

 

Thom Yorke, querido, empieza a temblar porque que una nueva llorona ha llegado al pueblo.

 

 

 

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