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Texto:
Ángel Muñoz
Voy a tratar en esta reseña de ser objetivo, de olvidarme de lo que
me encanta este grupo y hablar de su carrera y de su nuevo trabajo
de la forma más aséptica posible. Impresionante, eso es lo que me
parece
La
Costa Azul.
Desde aquel Dragonfly del 2000 ha llovido mucho, pero este
encuentro entre un tomate optimista, un tejón hipocondríaco y una
ansiosa pantera rosa, como bien les gusta definirse a Marc Ros, Alex
Pí y Jesús Senra, ha sido uno de los hechos más felices de la música
de este país. Al igual que con Dragonfly, publicaron después
con Bip Bip su primer largo, Sidonie, que ahora mismo tengo en la
mano contemplándolo con muchísimo cariño. Este debut fue uno de los
más sonados que recuerdo, aquella mezcla de psicodelia, ritmos
hindúes, letras surrealistas, y la pose más glam, gamberra y
descarada que se veía sobre un escenario desde hace mucho, hizo que
canciones como “Feelin’down” “Venusian Dream” o “In Da Sun”,
arrastrasen a legiones de seguidores y fueran incluso sintonía de
conocidísimos programas deportivos.
Todo este empuje mediático les permitió fichar por Sony y mejorar el
producto con una producción impecable en Shell Kids ( 2003 ),
sin perder un ápice de su filosofía y su frescura. “On the Sofa” o
“Bla, bla, bla” son ya auténticos himnos de este comienzo de siglo.
Pero si impresionante me parece este último trabajo, impresionante
por coherente me parece también la carrera del conjunto, y de la
mano de esa trayectoria, nacen estas joyas para los oídos. En la
trayectoria del trío catalán no ha habido ningún punto de inflexión,
ninguna ruptura estilística con la que nos asustan algunos conjuntos
por los más diversos motivos con mejor o peor suerte. Su evolución
es natural, como un río. En Fascinado ( Sony, 2005 ) pasaron
del inglés al castellano, no había tanta psicodelía, tanto sitar, y
tanto colorido lisérgico y gamberrismo, era más tranquilo, más
elegante, más suave y onírico. Aún siendo, en mi opinión, su disco
más flojo, dejaba auténticas perlas como la “Boheme” o la preciosa e
íntima “Jardín Polar”.
En
La Costa
Azul,
siguen por esa línea más madura y tranquila, la perfeccionan y
consiguen uno de los mejores trabajos del año, y probablemente el
mejor disco de su carrera. Pop elegante, hedonista y decadente. Como
el propio título del disco, sus canciones evocan a una lenta
sucesión de momentos en la terraza del Negresco martini en mano.
Letras surrealistas, exaltadoras de la belleza de lo perdido, de la
locura, de todo aquello que nos mata, pero nos hace felices, del
hedonismo a toda costa, de la belleza de un amanecer en la playa
tras una noche de exceso, de la elegante decadencia de un antiguo
cocktail club llorando al amor perdido y brindando por la derrota.
Rimbaud y Baudelaire, Lord Byron, el club de los fumadores de
hachís… son unos románticos en el sentido más literario y estético
de la palabra. Temazos como “La Costa Azul” o “Los olvidados” no
dejarán indiferente a nadie. Y se guardan la sorpresa del último
corte, un cuento precioso, “El Giraluna”, una maravilla. Y en
directo siguen siendo ellos, no hace falta decir más. Una producción
exquisita, un manejo virtuoso de los tiempos, una elegancia inédita
aunque ya sospechada, hacen de este disco uno de los mejores de los
que podamos hablar este año.
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