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Texto:
Ángel Muñoz
Eterno, pocas veces un título de un disco define tan bien no solo el
contenido del mismo, sino la trayectoria de la banda que lo crea.
Conciso y certero: The Eternal.
Poco hay que añadir sobre Sonic Youth. Dejando aparte mis gustos
personales entre los que por supuesto están en mi olimpo musical Kim
Gordon, Thruston Moore, Lee Ranaldo y Steve Shelley, y en lugar
preeminente, objetivamente hay que descubrirse ante la grandeza y
frescura de los neoyorquinos. Pocos conjuntos con 30 años de carrera
a sus espaldas pueden sacarse un disco como The Eternal de la
manga, dando una lección de cómo hacer las cosas. Siguen siendo los
reyes.
Es
prácticamente imposible que estos señores saquen disco malo. Han
influido como pocos en toda una generación en todo un estilo. Ellos
siguen a lo suyo, se han instalado en un sonido tan propio y
reconocible a la vez que genial que no pasan los años, ellos llevan
su propio ritmo. Grupos como Magik Markers les han seguido la estela
de manera notable, muchos les han imitado y sobre muchos más han
dejado su impronta. Nadie les llega ni a la altura de los zapatos.
Si bien es cierto que han tenido momentos no de declive, sino de
experimentación sonora tan radical que muchas aves de rapiña de la
crítica musical aprovecharon para darlos por enterrados, ellos
vuelven siempre a la carga con joyas como este trabajo que nos
ocupa. Queda ya lejano 1982 en el que sorprendieron al mundo con una
distorsión brutal que envolvía melodías exquisitas, pop vestido de
ruido, noise. Lo inventaron y nadie les ha podido seguir.
The Eternal
nos reencuentra con el sonido más accesible de
Sonic Youth.
Destellos punk y frescura juvenil con el oficio y maestría que dan
30 años sobre los escenarios a tan altísimo nivel. Parece que
después de décadas en Geffen, el salto a la independencia de la mano
del legendario sello Matador les ha sentado muy bien, y nos han
regalado esta perla que conecta directamente con aquel Dirty
que marcó una de las cumbres musicales de los 90 con canciones tan
míticas como “100%”o “Youth Against The Fascism”. Creo que en la
línea de Dirty, no ha habido ningún trabajo de los neoyoquinos que
raye a la altura de The Eternal. Dejan de lado las
experimentaciones a las que se entregan de tanto en tanto y facturan
un trabajo que engancha desde la primera canción, “Sacred Trickster”,
sencillamente brutal, la voz de Kim casi declamando entre los
zumbidos guitarreros de Thruston. Una pasada. El disco enamora, tal
vez enganche a alguien que no los conozca con la primera escucha,
seguro que repesca a algún desertor de su trabajo, y a sus fieles
nos dará la paz después de caminar por farragosos paisajes sonoros
que ha costado digerir aún vislumbrando su genialidad entre los
pedales. Es el postre, es una maravilla. “Anti-Orgasm” aporta la
experimentación que de cualquier modo nunca puede faltar, seis
minutos viscerales e intensos que suponiendo el segundo corte, dan
paso al resto del disco, y al reencuentro con los 90, al goce
inmediato. Todas las canciones son excelsas, pero como en todo, cada
uno tiene sus favoritas : “Antenna” y “Malibu Gas Station” me
parecen dos canciones merecedoras de estar ya entre las mejores del
grupo, una melodía delicada sobre una guitarras con el sonido
acostumbrado pero que hacía tiempo que no sonaban tan luminosas; un
manejo académico de los tiempos creando una atmósfera tranquila
acompañada de un muro de sonido tan sólido como solo ellos saben.
Son realmente canciones preciosas, esa es realmente su definición.
Por mi parte, ya tengo disco del 2009. Y reconozco en The Eternal
uno de los mejores trabajos de Sonic Youth, con todo lo que eso
supone en un grupo de su trayectoria, que una banda pueda firmar uno
de sus mejores trabajos 30 años después de su formación dice mucho,
lo dice todo, una lección de rock and roll, de frescura y
genialidad. Los viejos rockeros no solo nunca mueren, sino que en el
caso de esta gente, miran por el retrovisor a los recién llegados
con una sonrisa de desdén. Grandes no, inmensos.
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