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Texto:
Ángel Muñoz
Dios bendiga
América, bienvenidos a este glorioso país, bienvenidos a la América
real, a los Estados Unidos de América de la basura blanca, de la
desesperanza y la ignorancia, de los embarazos adolescentes y la
desesperación de no poder pagar la factura del médico, del racismo y
las armas de fuego, la América de los sueños rotos. La América de
los espacios abiertos y los pueblos de carretera, los moteles y los
barrios de caravanas, la América en la que siguen creyendo sus
moradores, aquellos que ven una oportunidad de salir del agujero
peleándose en un ring, jugando a la lotería o cazando espaldas
mojadas, y mientras tanto bendicen una y otra vez a su glorioso país
y su bandera.
Una de las
sensaciones más reconfortantes que puede hacer sentir una canción es
poder soñar que estás viajando mientras la escuchas, que te
transporte, que te haga imaginar paisajes que podrías ver desde la
ventanilla de un tren. Un Chevrolet Camaro rodando por una
interminable carretera abarcando el cielo azul de Texas viendo como
abraza su árido paisaje y la noche va cayendo. Nunca he estado en
Texas, supongo que todo son clichés televisivos, pero esa agradable
sensación de viaje, de volar con tu imaginación, es la que me
transite este maravilloso disco en el que los hermanos Felice van
desgranando sus letras ásperas, amargas, llenas de historias duras.
La historia de
los hermanos Felice (Ian, Simon and James) sabe mucho de esos
regustos amargos con los que América premia a sus hijos. Se
curtieron desde finales de los 80 tocando en el metro y en la calle
de su NY natal, más tarde incorporaron al bajo a Christmas, un
jugador de dados profesional. Sinceramente nada puede casar más con
ciertos estereotipos americanos que tenemos todos en la cabeza, cine
de bajos fondos, un jugador de dados llamado Navidad. Juntos se
curtieron durante años en la carretera, bebiendo de las ricas
fuentes musicales que nos ofrece la América profunda hasta que por
fin nos han regalado este su primer largo, Tonigh at The Arizona,
Blues y folk, rock con corte clásico que recuerda sin ningún
disimulo a Dylan y su The Band con “The Bassement tapes”, a Van
Zandt o incluso al primer Springsteen.
Con una voz
rota, de un profundo acento acerado por miles de kilómetros
recorridos al sol, unas guitarras acústicas ceñidas a los postulados
más puros del blues y del folk con algún destello de ritmo soul, van
dejando perlas que con sus títulos lo dicen ya todo, “The ballad of
Lou the Welterweight”, “Hey hey Revolver”, “T for Texas” o
“Rockefeller Druglaw Blues”.
Aquí tenemos a
los nuevos héroes americanos, ya hay ganas de verlos por el
Primavera Sound.
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