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BOB WAYNE & THE OUTLAW CARNIES

Madrid, Gruta 77

22 de abril

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Asier R.

 

La primera hora de Bob Wayne en la sala Gruta 77 hace ya unos cuantos días fue demoledora. Y la segunda, aunque por varios motivos puede considerarse más irregular, por menos intensa, tuvo también sus momentos bien certeros, por ejemplo cuando interpretaron “La Diabla”, con ese toque entre cómico y siniestro con el que Bob Wayne interpreta a veces sus canciones.

 

Pero vayamos por partes. Bob Wayne. Bob Wayne y Hank Williams III. Dos nombres que van juntos. Tal vez el segundo más talentoso, tal vez el primero el pionero en hacer las cosas a su manera. Me refiero, de facturar el country a su manera. Y el pistoletazo de salida en el concierto con “Till The Will´s Falls Off”, la canción que da título a su último disco es un grandísimo ejemplo de la locura de la primera hora y de ese estilo. No sé si el sonido que hace en la canción quiere simular el de un tren, mito legendario del country, o a un camión de esos mastodónticos que surcan las carreteras norteamericanas, el caso es que por la envergadura, intrepidez y dureza, podría haber sido cualquiera de los dos. Y aunque no fue en todo momento así, con eso me refería a que en la primera hora al menos lo parecía. Creo que es la vertiente que más disfruto de ambos, Hank III y Bob Wayne: la de alterar el country hasta el nivel de que el hardcore, trash o cualquier estilo de sonido más contundente, por comparación, queden como si fuesen tocados por la señorita Pepis en una reunión de té.

 

Y el resultado fue así con una banda dispar en aspecto pero no en acierto. Violín y guitarra fundamentales a la hora de los solo. El guitarrista (Ryan Clackner), pese a parecer haber salido de un antro infecto de cualquier lugar, parecía un hermano pequeño de Dimebag Darrel dedicado al country-rock en cuerpo y alma. Eché de menos que se dejase llevar un poco más en algunos momentos porque es de esos tipos que parece que acaricia la guitarra (pese a su aspecto) pero está claro que el jefe manda y había que dejar espacio para los solos de violín a lo largo de las canciones que en general oxigenaban éstas. Gran momento, cuando Liz Sloan, violinista, tras un fallo al iniciar el solo, con gesto decidido (y con cara: “Ahora veréis”) se arrancó con todas las ganas del mundo a dejarse los dedos en el arco. Y lo consiguió.

 

Bob Wayne captó muy bien al público, tanto en su algarabía inicial, como en el decaimiento (por cansancio en algunos momentos), como en la estimación de la  petición de canciones por parte de algunos corpúsculos de la multitud. Nos provocó (algo con lo que suele jugar) diciendo que el puede tocar y tocar hasta que cayésemos rendidos. Y lo cumplió. En la segunda mitad, nos consiguió levantar a veces (otras, menos). Bromeó en todo momento. Se acordó de su odio a las canciones de amor así como a la policía, su amor por Hank Williams III, los camioneros y las drogas y así se cumplieron las dos horas en las que brillaron del lado más pausado canciones como “Ghost Town”  de un cancionero que, tal y como recalcó, se compuso exclusivamente de canciones compuestas por él, nada de versiones. Y con todo, algunas de las más cachondas y de las más cafres fueron las pertenecientes al mencionado último disco, por ejemplo “There Ain´t No Diesel Truck In Heaven” o “Fuck the Law”.

 

Bob Wayne, autoeditándose en sus tres primeros discos (”Blood to Dust” el primero, a recomendar), ha llegado a un gran momento, y, sí, puede que su country rebelde no tenga los matices de los clásicos como Jennings, Kristofferson o Cash, puede que lo suyo sea más “sal gorda” a la hora de interpretar las canciones, pero indudablemente, está acompañando esos platos-temas con una personalidad que muchas veces nos sirve ardiendo y con mucha pimienta. Te hace sentir, al menos en directo,  que resultan gratamente únicas.

 

 

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