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Texto:
Asier R.
Fotos:
http://www.howlinrain.com/
Que una banda de estas características haya recalado en
nuestro país en estos momentos no es un milagro, teniendo en cuenta
como está nuestro país en ese aspecto en los últimos años (¿nos
estaremos transformando en un “Japón
2”?).
Pero un grupo que se está dando a conocer en estos momentos en EEUU,
no sé porqué razón, se me hacía increíble verlos por aquí.
Tanto es así, que hasta que vi comentarios de su concierto
de Barcelona (un día antes que en Madrid) no las tenía todas conmigo
y pensaba que la gira se suspendería.
Afortunadamente eran temores debidos a los nervios que te
provoca el estar tan cerca de disfrutar (o no) de una de las bandas
actuales con un talento a prueba de bombas en estudio y saber qué es
lo que te ofrece en directo.
Tras cerca de una hora y media de retraso respecto a la
hora marcada en la entrada, esos temores desaparecieron. Fue ver
subir a cuatro ejemplares de vagabundos más el batería al escenario
y ver como atacaban “Dancers at the End of Time” de su segundo
trabajo y el cuerpo se relajó y se dejó llevar. Vaya banda. Y
especialmente vaya dos líderes. Si, es cierto que el mayor peso
recae en Ethan Miller, guitarrista y cantante, pero los teclados de
Joel Robinow (que por cierto, se fueron escuchando mejor a medida
que avanzaba el concierto) tenían esa presencia vital que les
colocaba a ambos al frente del escenario.
Eso no quita para que el resto de músicos de esta soberbia
banda no tuviesen presencia en el escenario. Destacaría
especialmente al batería. Algo que caracterizó a la banda fue el
hecho de tocar pequeñas o grandes introducciones en algunas
canciones, pues bien, la introducción a “Roll on the Rusted Days”,
casi diría que fue mejor que la propia canción, con el batería y un
Ethan Miller descomunales. Pero no, tanto “intro” como canción
acabaron siendo una auténtica maravilla. Un desarrollo acertado,
ejecución intensa y final emocionante hasta llevarla al paroxismo,
se llevó una de esas ovaciones al terminar de las que hunden los
cimientos de un local.
Afortunadamente no fue así. A estas alturas ya nos habíamos
dado cuenta de lo distinto que suena el grupo en directo y en
estudio. Especialmente las canciones de su segundo disco
Magnificent Fiend, ganan en un sonido más denso y rudo, con
menos florituras, tal vez diría que con la intensidad que requiere
la música en vivo.
Pudimos seguir disfrutando de una velada que nos deparaba
el placer de escuchar a un cantante que es, no solo un guitarrista
muy imaginativo si no que tiene una forma de cantar personalísima.
Esos cambios en la voz, esos paseos entre las voces más
aterciopeladas de los años ‘60 hasta las más rasgadas de los ‘70, no
son solo una influencia en el aspecto instrumental, no, esa voz
también las abarca. Es impresionante ver como el jueves noche, su
cara se transformaba con el esfuerzo de dejarlo todo, como si de un
cantante de soul salvaje se tratase, mientras guiaba al resto del
grupo con su guitarra. ¡Qué forma tan única de unir esas dos
décadas!
Por eso, una
de las partes negativas fue que cuando nos tenían en un puño, la
gente pendiente del siguiente paso, de la siguiente canción,
decidieran marcharse. Habían pasado una hora y diez minutos escasos,
ocho canciones, mucho placer… por eso, y después de mucho tiempo sin
verlo, a pesar de poner la música de la sala, la gente empezó a
gritar y patalear. Efectivamente, al bebé le habían quitado las
llaves con la que estaba jugando y cuando eso ocurre se enrabieta,
así que no queda más remedio que darle al niño lo que considera suyo
y así, Howlin´Rain volvieron para cantarnos “Riverboat”, donde tanto
Ethan como Joel estuvieron a las voces sencillamente perfectos. Y
así, los bebés, dormimos plácidamente.
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