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Texto:
Rock in Chains
Y van… muchas,
muchas veces que llevamos visto a Mark Lanegan. Con los dedos de las
manos y los dedos de los pies, suman más de diez. Tan solo la
segunda con la aparentemente dulce, Isobel. Ante todo me gustaría
comentar algo: si no has visto nunca en directo a Mark Lanegan, mal.
Escuchar esas cuerdas vocales alrededor tuyo es de por si, una
experiencia que se debe vivir si te gusta esto de la música.
Otra cosa a
mencionar es el entorno porque, si bien no es lo fundamental, el
caso es que algo aporta. La sala o salón, no sabría como llamarlo,
Florida Park, puede dar lugar a una controvertida discusión entre
los límites de lo “kitsch” y el buen gusto. En mi caso, me gustó esa
decoración, esas luces y esos ventanales que dan al parque de “El
Retiro”, pero lo que más me gustó fue su buen sonido. Es cierto, el
violonchelo de Isobel no se oyó por momentos (los más relajados),
véase “The Circus is Leaving Town” pero en este caso, me dio la
sensación de ser el técnico y no la sala la perjudicadora. Perjuicio
relativo ya que es una de esas canciones que respira en directo y a
la cual le aportan un tempo distinto al disco, le dan su tiempo a la
canción y a ellos mismos de modo que el aderezo del violonchelo no
deja de ser eso, frente a la diferencia en la interpretación qué es
lo que la acaba diferenciando de su hermana grabada.
¿Y qué decir de
la pareja? Pues que se disfrutan más en directo. El constreñimiento
del sonido en sus álbumes se libera bastante, de hecho da gusto
poder escuchar a pleno pulmón (de toda la banda), ese rock
completamente clásico de su último álbum Get Behind Me en el
que toda la banda lució a un buen nivel, especialmente los teclados,
que gracias al volumen al que los elevaron eran casi un vendaval…
pero no, no solamente fue el volumen, también el músico (Jeff
Fielder ¡grande!), me gustó mucho ya que sabía estar muy comedido
cuando lo requería la (mayoría) canción. Un tipo que no tenía ningún
complejo en reptar por el dobro (amo ese sonido) en “Snake Song”,
esa estupenda versión.
Pero vayamos a
otros protagonistas. Me da la sensación de que Isobel sigue siendo
la mente maestra en esta aventura, llevando el concierto aunque sea
en la sombra, con presencia un poco más importante en momentos
puntuales como pueden ser esos talentosos silbidos de “Something to
Believe” o toda esa instrumentación percusiva de “Back Burner” (carraca
incluida) si no recuerdo mal. Aparte de eso, Mark se retira durante
tres canciones para dejar a Isobel que se deslice en el cancionero
solitario de sus álbumes como por ejemplo “To Hell Back Again”.
Y de Mark Lanegan,
pues sigue sorprendiendo al escucharle qué
octavas por debajo de la más baja debe crear a la hora cantar porque
en canciones como “The Raven” o la citada “Back Burner”, casi da un
escalofrío escuchar esa voz de ultratumba. Su voz se vuelve
aterciopelada en “Come Undone” o “Revolver” sin dejar de resultar
profunda, embriagadora y enormemente atractiva. En mi cerebro y en
mis gustos él es un clásico y objetivamente una voz, única,
cambiante y que parece transmitir un abanico de sensaciones de forma
única sin por ello ser excepcionalmente versátil. Ni falta que le
hace, claro.
Y para el final
dejo, lo que supuso una sorpresa, muy emocionante, en mi caso. Y es
el escuchar “Free to Walk”, una de las dos canciones que interpretan
en el álbum homenaje a Jeffrey Lee Pierce, We Are Only Riders.
Fue la quinta del concierto, creo, y fue la canción que me conectó a
Mark Lanegan, tal y como lo hacen los conciertos con su propio
repertorio. Fue intensa, fue emotiva y fue bella.
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