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Texto:
Asier R.
Fotos:
www.langhorneslim.com
Ayer presencié y sentí un concierto fabuloso de los que
salen del alma. Ayer compartimos una experiencia que esperemos que
no se convierta en única. Ayer músicos, lo que se entiende por
músicos, no artistas de pacotilla con más pretensiones que alma y
talento, nos sirvieron un cálido menú de las pequeñas grandes cosas
de la vida. Las que te sacan una sonrisa contándote tal y como son
las cosas, unas veces sucias, otras veces bellas pero en cualquier
caso, extrayendo la poesía que existe en todos los casos. Ayer vi a
Langhorne Slim.
Treinta almas (otros dicen cincuenta) con sus respectivos
pies, pudimos confirmar que delante de nuestros propios ojos,
teníamos a tipos que han creado un cancionero profundamente
sentimental, bien alejado de la pomposidad, mezclando dos facetas en
directo muy interesantes, el pop más austero y el folk más
tabernario. Todo ello con unas gotas de suavidad y locura.
No me voy a quedar sin palabras al describir la grandeza de
los cuatro corazones que nos deleitaron acercándose literalmente al
público. Tras arrancar con “Be Set Free” de su último álbum
(homónimo) y tras seis o siete canciones más atacaron “Mary” con
medley incluido, decidieron que se cogían parte de los instrumentos
y se venían con el resto de SU público para sentirnos más cerca. Y
digo SU público porque se apropiaron de nosotros. Ya se sabe, hay
grupos, gente, artistas que transmiten humanidad y con ellos,
transmiten también cercanía. Así se mezcla humor y se transmiten
sensaciones que te magnetizan y te atraen. No tengo palabras. Cuando
el medio contrabajo, una pequeñísima parte de la batería (la caja)
con sus escobillas, el banjo y la guitarra puramente acústica se
vinieron con nosotros, el concierto pasó a otro nivel. Un toma y
daca de acción-reacción entre banda y el personal que aguerridamente
unas veces, y más tímidamente en los momentos más intimistas,
respondían al reclamo del poeta que te arrastraba a su terreno.
Pensaba yo que no podía pedir más a un concierto que unas
canciones bien interpretadas y pasión en escena. Y así es la mayoría
de las veces. Pero ayer, amigos, encontré cercanía entre el público
y el artistas, comunión que se dice, empatía en otros casos.
Encontré improvisación de la buena. Encontré un joven que te contaba
pequeños secretos. Redescubrí canciones y me encontré con otras
nuevas. Las viejas sonaban como el llanto de un recién nacido y las
desconocidas eran como el viejo amigo que vuelves a encontrar con
alegría una vez más, fundiéndote en un abrazo. Sí, anoche vivimos
una experiencia con mayúsculas.
Y me supongo que hay que concretar un poco para que el gran
público pueda entender algo de esto. Pues bien, a partir de aquí
escribiré de la parte más material del concierto.
Se presentaron en la maravillosa sala Moby Dick,
introduciéndonos suavemente con “Be Set Free” y atacando
posteriormente con la vitalista “Say Yes”. El grupo está
compenetradísimo. El banjo se va a por cerveza y el resto, Langhorne,
Malachi y Jeff, siguen a lo suyo. Desgranan maravillas como “Mary”
tras lo cual deciden abandonar el escenario como si de una banda
callejera se tratase, se vienen a tocar y a compartir sus canciones.
Desgranan canciones ejemplares como “And If It’s True”, “Cinderella”
o “Cheking Out” de su faceta más tabernaria, donde el público berrea
para arropar sus himnos de comunión. A la vuelta del bis, en esas
primeras canciones, Langhorne nos deleita con sendas versiones, solo
voz y guitarra: “By the Time the Suns Go Down” suena esplendorosa,
pero es que “Diamonds & Gold” que había interpretado antes,
simplemente estremece porque estamos ante un vocalista que juega con
su voz, se conoce, es el instrumento con el que nos transmite de
dónde viene, qué es lo que canta y nos lleva a su terreno. El
público aquí canta tímidamente y se entromete, dada la cercanía,
entre el propio grupo, como si de una fantasma amante se tratase.
Ellos sonríen y aprueban la intromisión, ya sea con un gesto, ya sea
de palabra. Se vuelven a dibujar las sonrisas. Quieren alargar la
noche y así ocurre hasta que, debido más que probablemente al
horario del viernes y tras una hora y casi tres cuartos, nos
abandonan con una extraordinaria canción desconocida para el que
suscribe y aterrizamos otra vez en el mundo material, en el mundanal
ruido.
Dicho esto, me dio lo mismo la ausencia de toda la
instrumentación que hay en sus discos, de los cuales repartieron las
canciones, tocando la mitad de cada uno de ellos. Normal, los tres
son extraordinarios, ¿cómo dejar cualquiera de ellos de lado? Nos
quedamos con un espectáculo puro con el único acompañamiento del
banjo y que cambió su lado espectáculo por el más humano. Difícil de
transmitir, y es que, no hay palabras para describir lo que hicieron
un poeta y sus compañeros artistas ese viernes por la noche.
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