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Texto:
Rock in Chains
Creo que se nos han terminado los adjetivos para elogiar
este grupo, así que no nos queda más remedio que volver a repetirlo
porque no tenemos la imaginación que ellos tienen para improvisar y
arriesgar y siempre con buenos resultados.
Porque en estudio, la palabra que les define es riesgo. El
de crear cierto sonido, basado en la tradición, que les haga sonar
de forma única y, porque no, de crear algo diferente a partir de esa
personalidad.
Y en directo la improvisación es su arma más convincente.
Mil y una veces lo hemos dicho, J.D.Wilkes, es un dibujo animado
viviente. Un dibujo con la calificación de los antiguos dos rombos o
el rated R yanki, por su cachonda y simpática lascivia. El
contrapunto de Buster Keaton a la música en directo, pero con una
cara de plastilina.
Tal vez me gustaría empezar con la parte ¿negativa?, del
concierto, y me refiero a la marcha de David Lee a la guitarra. Y
pongo negativo entre interrogaciones por intentar colocar algún pero
porque realmente me importó un pimiento. Se ha perdido cierta
fiereza que aportaba (y esa presencia) pero muchas veces una pérdida
de algo supone una ganancia por otro y lo cierto es que Duane
Denison (el nuevo, ya con mucha historia) varía las canciones (véase
“South Electric Eyes”, con ese toque bailable rumbero) respecto a
sus hermanas de estudio sin perder un ápice de fuerza. Cuando
quiere, porque esa pequeña maravilla que es “Dump Road Yodel” sonó
clavada, con ese misterioso sonido de guitarra que tanto se parece a
algún tipo de órgano.
Pero no nos engañemos, este grupo es un espectáculo, y el
espectáculo es su líder y su líder es el alma, tanto de la música
como de esa especie de comedia muda punk que suponen sus conciertos.
Aderezada con vigorosas canciones. La demostración es que el público
recibió un chute adrenalínico a mitad de concierto cuando sonaron
los primeros acordes de esa salvajada llamada “Ichabod!” y su viaje
no bajó ni un ápice hasta que terminó el concierto.
Y como siempre, se salpicó todo con esas salidas de tono
peculiares. No quiero relatarlo al completo pero para poner un
ejemplo de las tablas de su desbocado vocalista (y mejor armonicista),
imaginaros: ve un travesaño, se cuelga boca abajo, a modo de mortaja
baja la pantalla desplegable de un proyector que hay en el techo
(¿?, nunca me había fijado), lo único que se ve es su cara,
gestualizando sin parar, caen monedas de su bolsillo (¡está boca
abajo!) y cuando se descuelga, coge un sombrero con el que se pone a
pedir para que se introduzcan las monedas en él cual músico
callejero. Lo dicho.
Amén de todo eso queda esa actitud punk, y las canciones,
que poseen piezas memorables, y no una o dos. Unas cuantas. Sin ser
especialmente destacable a nivel eufórico, si disfruté mucho
“Where´s the Devil When You Need Him?” (gran título), porque fue
otra de esas canciones que cambio respecto al estudio, no por el
hecho de que su sonido varíe si no por que la composición cambia
como ya he comentado antes. La machacante “Sin Eater” con esa
batería como una metralladora también merece un punto y aparte, en
este caso de agresividad.
En fin,
podríamos hablar mucho pero la idea con Legendary Shack Shakers
(cada vez haciendo más honor a su nombre) no es que leáis esto, es
que si todavía no los habéis visto en directo, vayáis de cabeza y
posteriormente se os desencaje la mandíbula con sus discos. O al
revés. |