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LOW

Sevilla, Teatro Central,

8 de diciembre

 

 

Texto: María Luisa Ripalda

 

Antes de este concierto, me parecían demasiado tristes. Entré en el Teatro Central un tanto desconcertada. Eso sí, siempre los reconocía cada vez que escuchaba el tema “(That's How You Sing) Amazing Grace” del compacto que me habían grabado con música de grupos con estilos similares: slowcore, sadcore, pop triste, rock en la penumbra y hasta canciones navideñas en clave mortecina. Una fiesta, vamos. Lo que sí tenía claro es que Low poseían algo original. Así que, ya digo, al enterarme de que actuaban en Sevilla, me decidí a ir, a ver cómo eran en directo y despejar de una vez la incógnita de si me gustaban o no.

                    

Por supuesto, en el hall del Teatro Central se arremolinaban grupitos de estética Indie. O sea: personas, en su mayoría, bastante delgadas, con ropa muy estrecha, desarreglados pero muy arreglados y con esa mirada característica, y muchas veces miope, de falta de curiosidad; en fin, todos del mismo planeta tribal.

 

Ya en la sala, observo que dos técnicos están preparando el escenario con detalle: las botellas pequeñas de agua mineral perfectamente alineadas en el suelo, al lado de los micrófonos e instrumentos. Comprueban que los instrumentos están afinados, con seriedad. Lo que tomé por técnicos son los dos varones del grupo, que se lo guisan y se lo comen solos.

 

Entramos en materia. Livington, el bajista, camina muy derecho y parece que tiene buen tipo. Tiene un aire a lo Gerard Depardieu en joven y en delgado. Me informo luego de que es el tercer bajista que emplea el dúo (tiene un futuro laboral complicado, me temo). Poco después aparecen el rubio y nervudo Alan Sparhawk y la sobria y elegante Mimi Parker. Con la mayor naturalidad y seriedad del mundo comienza la función. Todo acompaña: escenario minimalista, un público en la misma sintonía de respeto y formalidad que impone el grupo. Nada de tonterías: contención y profesionalidad.

 

Sin perder nunca la compostura, con una elegancia sencilla, la pareja Sparhawk-Parker armonizan sus voces, tan distintas, de una manera hermosa y delicada, como si formaran dos caras de una misma moneda. Este juego de voces constituye el rasgo esencial del grupo, así como las melodías cadenciosas, con largos silencios que acentúan el barniz “religioso” del grupo.

 

El grupo de Duluth fue desplegando suavemente gran parte de su repertorio ante un público que no se quería perder ningún acorde. Sonaron “Breaker” de su último trabajo Drums And Guns (2007), con su esponjosa espiritualidad y su final vacío; “Point of Disgust”, tranquila y acariciante, en la que predomina la voz de ella; “Shame”, con su lento comienzo y raudales de tristeza; la turbadora “In silence”;  “Two steps”, bella y contenida; “Silver Rider”, que amenizaba los intervalos entre programas en La Primera y que es ideal para una película de superhéroes; la forzuda “Monkey”, con sus tambores al estilo Depeche Mode, y de la que sabemos, intuitivamente, que su letra es bien triste, cómo no. En fin, una enumeración más extensa resultaría aburrida.

 

Lo que importa. Que me convencieron con su música excepcional, impregnada de matices espirituales. De hondo calado para quien aún le cale algo entre especiales de nochevieja y bebidas espirituosas.

 

 

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