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Texto:
Asier R.
Fotos:
Juan Aguado
No puedo decir que sintiese excitación por ver el nuevo
concierto de Mark Lanegan por nuestras tierras. Hace poco pensaba en
el artista, un tipo único del que simplemente puedo decir que me ha
acompañado musicalmente desde que me intereso por esto de la música,
hace ya muchos años. Alguien que ha sabido mantener una aureola de
misterio basada en la privacidad que es lo que le emparenta
directamente con alguien como Tom Waits, aunque desde mi punto de
vista en el caso de Mark Lanegan, con mucha más sencillez, debido
tal vez a ser una figura aún más subterránea.
Viendo la reacción de la abarrotada (llena) sala Joy Eslava
el pasado domingo fui consciente de lo que ha conseguido realizar
nuestro cantante a lo largo de una carrera en la que no ha cedido
absolutamente nada, y es congregar a personas que se interesan por
las distintas etapas de su carrera, sus distintas vertientes y los
matices que ha ido adoptando. Sí, probablemente haya perdido algún
fan de la vieja escuela (pocos creo yo), pero se puede decir que ha
logrado crear nuevos intereses y mantener su sello, manteniendo el
interés de los seguidores de siempre. Y el ejemplo está en la
exaltación de los diversos sectores al escuchar canciones de sus
distintas etapas como son “Traveller”, “Don’t Forget Me Dear” o la
más celebrada “Hanging Tree”
Esta larga introducción se debe al formato que acompañaba
su nueva visita: Mark Lanegan con su voz y poco más. Después de las
múltiples colaboraciones y proyectos, hay al menos un sector entre
el que me encuentro, cuyo interés por dicho evento era grande. Por
fin, sin estar arropado, sin defender un cancionero compartido,
centrándose en su figura, sus creaciones y su personalidad. ¿Y bien?
Veamos, hay que partir de mi primera frase, mi falta de excitación
se debía, tal vez, a esa sensación que tienes al volver con una
persona tras haber estado alejada de ella un tiempo, a pesar de
haber mantenido un contacto esporádico y el interés en ella. Es
decir, hubo un acercamiento tan extremo durante equis años que este
nuevo acercamiento, al menos inicialmente, resulta frío, y solamente
el recuerdo de aquellos años te hace entrar en calor. Algo así
pudiera ocurrir, en mi caso, con Mark Lanegan.
Dicho esto, disfruté y me dejé llevar. Como quién se dedica
a ver fotografías de una época lejana, así pasé yo por las canciones
que nos presentó. Con un hincapié especial en las canciones de su
fabulosísimo, hipnótico y extrañamente infravalorado por los
seguidores más acérrimos, “Field Songs”, pero recorriendo buena
parte de su trayectoria, lo mejor que se podía hacer era abrir los
oídos y cerrar los ojos.
Tal vez lo más lejano que se oyó fue esa maravilla (lástima
la falta del bajo, pero, ¡a quién le importa!) que es “Where the
Twain Shall Meet” de los Screaming Trees y lo más cercano todavía
está por llegar, y son las canciones, como “Mirrored”, que jalonarán
la venida de su próximo álbum. El repertorio es algo fundamental, y
en este caso, con más razón, al tratarse de algo desnudo como es un
concierto acústico. Así que me quedaré con dos de las canciones si
es que hubiese que hacer eso:
“On Jesus Program” brilla como un astro que recorre
galaxias a lo largo de miles y miles de años sin perder la luz en
prácticamente todos los conciertos que he podido disfrutar de Mark
Lanegan. Poder simplemente escuchar su voz sin aderezos, inundando
la sala como si de un río desbordado se tratase, es una maravilla.
“Message to Mine”, rescatada del extraño y arriesgado EP,
Here Comes That Weird Chill y que te hace ver, por mucho
aderezo que pueda meter en sus nuevas composiciones de estudio, por
muy chocantes que puedan sonar de nuevas, lo absolutamente similares
que son en espíritu a todo lo que ha hecho hasta ahora.
Y me despido con un par de reflexiones (más). Escuchándole
tan perfectamente como le escuchamos la pasada noche, me dio la
sensación de que Mark Lanegan, no se esfuerza prácticamente nada,
salvo momentos puntuales (citada “On Jesus Program” por ejemplo),
simplemente saca su voz más aterciopelada, dejando que el tenebrismo
de la puesta en escena le hiciese el acompañamiento para envolvernos
junto con su voz.
Como nota
relativamente negativa, la poca diferencia entre los repertorios de
su gira, a pesar de que en Madrid pudimos disfrutar al menos de
“Bell Black Ocean” y poniéndonos un poco pejigueros, una guitarra
más rural, acorde con parte de su repertorio, sería un acierto que
acompañaría aún más a una de las voces definitivas de un músico
atemporal.
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