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MICAH P HINSON

Madrid, Sala Heineken,

14 de abril

 

 

 

Texto: Marcos Ripalda

Fotos: Ruth Bautista

 

Es lamentable la abismal diferencia cualitativa entre el directo y sus álbumes. Nada que ver. Micah en disco es un fenómeno, mientras en vivo se desinfla o se hincha, no sé precisarlo. La voz se le va, se desgañita cuando no hay necesidad, la guitarra se cuelga entre espasmos disuasorios y una pose mariachi de apertura y, ¡tachán!, para colmo no da con el tono adecuado de una canción ni a la de tres. Y no será por falta de repertorio, que tiene de sobra. De hecho, sigo manteniendo lo que ya escribí a propósito de su concierto anterior en la sala Moby Dick el año pasado: que debe llevar un acompañamiento de cuerdas, un violín al menos, pues sus canciones (bastante cruditas de por sí) se resienten y son papel de lija entre el vozarrón descontrolado del muchacho, personalísimo, qué duda cabe, con dolor de espalda crónico y tendencia a hablar demasiado entre canción y canción, cuando no tiene que detenerse para leer las instrucciones de la guitarra, ajuste yourself, verídico.

 

Se lo imaginan. No esperé a que concluyera el concierto. Los bises, lo que pudiera pasar me traía sin cuidado. En el metro, me puse el segundo disco de Micah. Gloria bendita. A lo mejor, el problema es que no iba con el uniforme adecuado, que digo yo que el kit completo de neo-indie también incluiría cera para los oídos o mantequilla, sí, muy a lo El último tango en París, pero para que entren, ¡alehop!, canciones geniales interpretadas de forma deplorable. Y es que entre la pasarela de niñas monas y orangutanes y la raja del culo que le asomaba al tipo que tenía delante, lo de menos era el concierto, claro, y oído los dos primeros temas, casi que desconecté, pero no del todo, que la esperanza es lo último que hay que abandonar a la intemperie de las consabidas certezas auditivas. Además, el humo de los exaltados fumetas con las adidas del kit y las conversaciones de los modernitos con intoxicación de lengua, que lo mismo, creo yo, les da que cante Springsteen o el/la (posible) consorte cortándose las uñas de los pies en el baño mientras canta el Rigoleto en fa menor, acabaron con mis esperanzas de reencontrarme con el fan-espejo, esto es, el que suscribe fotocopiado con añadidos en cada caso, a saber: un cabezón oculta escenarios; unos pechos, por ser espejo-mujer; unas gafas oscuras para pegarse el trompazo… un Risto Mejide sin tanta pose ni tanto cuento, qué bien que se lo montan algunos, por cierto.

 

Cuando entrevisté a Micah el año pasado a propósito de su gira de presentación del sensacional álbum en cuya portada aparecen las esbeltas piernas de una mujer, metonimia de un deseo en escala de grises y decadentes alcobas de cine negro, le comenté, ya está dicho, que el concierto no me había gustado porque eché de menos, entre otras cosas, más instrumentación, y me dijo que era por pasta, dato obvio por eliminación de posibles. Bien. Pues en la sala había para pagar, al menos, a un violinista, no a los dos jóvenes trajeados, como él, que le acompañaban, y que no tocaron los instrumentos adecuados. Imagino que una batería, un violín y Micah a la guitarra, afinando un poco más y en plan intimista, hubiesen provocado aplausos sinceros. Desde luego, no se le pide un calco de los discos, sólo una “lectura” digna de lo que por derecho propio es obra suya. Y si algo sucede, algo malo de verdad, pues se cancela y listo. Porque entre el Micah de su, pongamos por caso, segundo álbum, y el Micah sobre el escenario de la sala Heineken, cualquier parecido era pura casualidad. Y, por supuesto, ni de lejos se dio esa casualidad. A lo mejor, Micah, en crudo, les gusta a quienes son seguidores de Cash, Ben Weaver o el tipo que firma como Smog, Bill Callahan. Aburrido es poco. En cualquier caso, un público lobotomizado le aplaude a todo.

 

En el tenderte de la sala Heineken estaba el EP de adelanto, The Surrendering.

 

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