|




|
Texto:
Marcos
Ripalda
Fotos:
Ruth Bautista
Es lamentable la abismal diferencia cualitativa entre el directo y
sus álbumes. Nada que ver. Micah en disco es un fenómeno, mientras
en vivo se desinfla o se hincha, no sé precisarlo. La voz se le va,
se desgañita cuando no hay necesidad, la guitarra se cuelga entre
espasmos disuasorios y una pose mariachi de apertura y, ¡tachán!,
para colmo no da con el tono adecuado de una canción ni a la de
tres. Y no será por falta de repertorio, que tiene de sobra. De
hecho, sigo manteniendo lo que ya escribí a propósito de su
concierto anterior en la sala Moby Dick el año pasado: que debe
llevar un acompañamiento de cuerdas, un violín al menos, pues sus
canciones (bastante cruditas de por sí) se resienten y son papel de
lija entre el vozarrón descontrolado del muchacho, personalísimo,
qué duda cabe, con dolor de espalda crónico y tendencia a hablar
demasiado entre canción y canción, cuando no tiene que detenerse
para leer las instrucciones de la guitarra, ajuste yourself,
verídico.
Se lo imaginan. No esperé a que concluyera el concierto. Los bises,
lo que pudiera pasar me traía sin cuidado. En el metro, me puse el
segundo disco de Micah. Gloria bendita. A lo mejor, el problema es
que no iba con el uniforme adecuado, que digo yo que el kit completo
de neo-indie también incluiría cera para los oídos o
mantequilla, sí, muy a lo El último tango en París, pero para
que entren, ¡alehop!, canciones geniales interpretadas de forma
deplorable. Y es que entre la pasarela de niñas monas y orangutanes
y la raja del culo que le asomaba al tipo que tenía delante, lo de
menos era el concierto, claro, y oído los dos primeros temas, casi
que desconecté, pero no del todo, que la esperanza es lo último que
hay que abandonar a la intemperie de las consabidas certezas
auditivas. Además, el humo de los exaltados fumetas con las adidas
del kit y las conversaciones de los modernitos con intoxicación de
lengua, que lo mismo, creo yo, les da que cante Springsteen o el/la
(posible) consorte cortándose las uñas de los pies en el baño
mientras canta el Rigoleto en fa menor, acabaron con mis
esperanzas de reencontrarme con el fan-espejo, esto es, el que
suscribe fotocopiado con añadidos en cada caso, a saber: un cabezón
oculta escenarios; unos pechos, por ser espejo-mujer; unas gafas
oscuras para pegarse el trompazo… un Risto Mejide sin tanta pose ni
tanto cuento, qué bien que se lo montan algunos, por cierto.
Cuando entrevisté a Micah el año pasado a propósito de su gira de
presentación del sensacional álbum en cuya portada aparecen las
esbeltas piernas de una mujer, metonimia de un deseo en escala de
grises y decadentes alcobas de cine negro, le comenté, ya está
dicho, que el concierto no me había gustado porque eché de menos,
entre otras cosas, más instrumentación, y me dijo que era por pasta,
dato obvio por eliminación de posibles. Bien. Pues en la sala había
para pagar, al menos, a un violinista, no a los dos jóvenes
trajeados, como él, que le acompañaban, y que no tocaron los
instrumentos adecuados. Imagino que una batería, un violín y Micah a
la guitarra, afinando un poco más y en plan intimista, hubiesen
provocado aplausos sinceros. Desde luego, no se le pide un calco de
los discos, sólo una “lectura” digna de lo que por derecho propio es
obra suya. Y si algo sucede, algo malo de verdad, pues se cancela y
listo. Porque entre el Micah de su, pongamos por caso, segundo
álbum, y el Micah sobre el escenario de la sala Heineken, cualquier
parecido era pura casualidad. Y, por supuesto, ni de lejos se dio
esa casualidad. A lo mejor, Micah, en crudo, les gusta a quienes son
seguidores de Cash, Ben Weaver o el tipo que firma como Smog, Bill
Callahan. Aburrido es poco. En cualquier caso, un público
lobotomizado le aplaude a todo.
En el tenderte de la sala Heineken estaba el EP de adelanto, The
Surrendering.
|