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Texto:
Asier R.
Steve Earle es un grande. Algo más desconocido (o mucho
más) que otra gente con la que ha crecido y tiene muchos puntos en
común. Véase Bob Dylan, Neil Young o a nivel menos mediático Townes
Van Zant, al que conoció y del cual aprendió, reconocido por él.
Tanto Johnny Cash como Levon Helm más recientemente, han
versioneando canciones suyas con grandes resultados. Su vida y su
obra, como en algunos de los mejores novelistas yankis se
entrelazan y beben una de otra. Es uno de los más jóvenes outlaws
que quedan, siempre lo he visto así. Hijo en actitud de gente como
Kris Kristofferson, Bob Dylan y padre del mismo modo de gente como
Shooter Jennings o Hank Williams III. Mujeriego, preso, drogadicto,
rebelde, inconformista… creo que queda muy poca gente como él
actualmente.
Le sigo a fondo desde que público una de sus obras
maestras, un álbum tan duro y maravilloso como I Feel Alright.
Sus últimos pasos en disco me han parecido menos acertados aunque ni
mucho menos indignos. Muy politizados (algo que en absoluto es
negativo) siguen conteniendo buenas canciones aunque desde mi punto
de vista han perdido buena parte de la magia que contenían álbumes
como The Mountain o El Corazón, y centrándonos en su
época más moderna, cuando se reinventó a si mismo tras su salida de
la cárcel.
Aún así la gira que le trajo a España con su banda y
presentando su álbum The Revolution Starts Now fue buenísima,
ya por aquel entonces le acompañaba Alison Moorer, actual novia o
mujer, no estoy muy seguro.
Digo todo esto porque en parte no puedo esconder que su
concierto en la Joy Eslava me resultó un tanto decepcionante,
supongo que porque mi listón con Steve Earle es muy alto.
Él sigue haciendo lo que quiere, de cara al público muchas
veces saca su faceta más malcarada. Para mi es un atractivo más de
su compleja personalidad, si tiene un mal día o no le apetece ser
simpático siempre saca su parte más sarcástica. Para mi ya es mítica
su frase cada vez que alguien le pide una canción a lo que el
contesta “Este es mi trabajo, no me digas como debo hacerlo”. Todo
personalidad como ya he dicho.
Así se presentó en Madrid sin un hola y atacando su
repertorio más tradicional. Ya entre las primeras canciones sonaron
“Devil’s Right Hand” y “My Old Friend the Blues”, dos de sus muchos
clásicos. En formato acústico con interpretaciones perfectas como
ocurriría a lo largo de todo el show, eso si.
Al poco sonó una de las más gratas sorpresas de la noche
“Now She’s Gone” una de las más bellas canciones de desamor escritas
por este hombre (y mira que tiene) y perteneciente al citado I
Feel Alright. Fue muy emocionante ya que no recuerdo haberla
escuchado en ninguno de los conciertos eléctricos que he vivido.
Y al cabo de pocas canciones, me sorprendí y creo que fue
generalizado, viendo a un tipo encargado de unos controles que lo
cierto es que en varios momentos me pareció que tapaban a Earle y
resultaban cargantes. Fue un poco chocante el pasar de un show
bastante íntimo a una especie de machacón bombo con cascabel que es
lo que sonaba la mayoría de las veces. Es una de las cosas que más
me molestó, no el uso de la programación, sino en ciertas canciones
en que lo usaba y el volumen tan fuerte que hacía que me perdiese la
interpretación de un gran cantante como él.
Sonó bien en canciones del último álbum donde ya hace uso
de estos arpegios con mayor o menor fortuna. Por ejemplo en
“Tennesse Blues” o “Jericho Road”. En cualquier modo hay que decir
que de su último álbum sonaron prácticamente todas las canciones
salvo “Red is the colour”.
Y para mi gusto sonó totalmente fuera de lugar en una
canción tan dolorosa como es “CCKMP”, que habla sobre su adicción a
las drogas y que en su versión de estudio hace que se te ericen
hasta las pestañas y que en el concierto quedó totalmente
desvirtuada por un bongo cuasifestivo y los citados cascabelillos.
La diferencia en estos casos se hizo igual de patente
cuando atacó “Trascendental Blues” del álbum del mismo título y que
en sus actuaciones en directo suele salir a tocar con él una especie
de cubos de basura metálicos su hermano Patrick Earle, haciendo las
percusiones y que suele sonar genial. Los ritmos repetitivos que
oímos la noche pasada en la Joy Eslava no hacían justicia a esa
magnífica canción.
Retomó el pulso con otras canciones como “Steve’s Hammer”,
en la que pidió al público que cantase con él. Y justo al acabar con
ese tono socarrón nos dijo que lo habíamos hecho mucho mejor que los
alemanes, terminando casi entre dientes con una frase lapidaria
“Ellos nunca cantan”. Puro Steve. “F Worth Blues” sin ser la mejor
canción de El Corazón parece que está hecha para ser tocada
en acústico, exactamente como la repasó Steve ante nuestros ojos. Y
su fantástico final desde la acústica con la emblemática “Copperhead
Road”.
Hubo mucho, entre otras cosas los duetos con Alison, que
nos hicieron añorar que no rescatase para la ocasión canciones como
“Poison Lovers”, por ejemplo. Esa guitarra metálica con sonido tan
peculiar, la reivindicación del banjo, etc…
Dos horas de un concierto de Steve Earle dan para mucho, en
este caso bueno y malo. Steve es un tipo que tanto en directo como
en estudio dota sus canciones de muchos matices, aunque sea solo con
una guitarra acústica o un banjo, lo malo en muchas ocasiones (no
todas) fue el lastre que suponía una programación pobre y que te
ocultaba esos matices en lugar de ensalzarlos. Su presencia podía
ser interesante a veces pero ¿tan a menudo?
Me despido comentando la grata sensación que me produce el
público español que siempre en todo momento arropó a Steve Earle y
que vitoreó cada una de sus canciones. Da la sensación que esta
leyenda se siente como en casa tocando por estos parajes.
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