El que fuera último concierto del pasado año para el
escribiente, hizo que musicalmente pasase página con una sonrisa
en los labios. De hecho, me ha costado horrores decidirme a
escribir sobre el concierto porque este es un caso claro de esa
raza de conciertos que hay que vivirlos y que en el fondo son
muy fáciles de catalogar: rock’n’roll y grandísimas canciones.
The Hangmen y todo lo que vayáis a leer en castellano sobre ellos va a
decir lo mismo, son un grupo que desde el punto de vista
comercial son un desatino. Mala suerte, mal momento y una
concepción, la del mestizaje, mezcla o fusión, como se prefiera,
que no siempre ha estado tan bien entendida o aceptada como
ahora. He pensado en The Hangmen como la alternativa de
la alternativa pero tan solo hay que ver cómo está el panorama
de grupos alrededor como para darte cuenta de que hay música
mucho más extraña, oculta o alternativa. Lo de ellos es el
típico caso de grupo cuyos admiradores ven con un potencial y
talento fuera de toda duda pero por alguna razón invisible o
relativamente material, no llega a traspasar fronteras. Y es una
lástima pero a estas alturas lo más probable es que todo
continúe igual.
En esta década que dejamos atrás, que mucha gente ve como
bastante decadente para el rock’n’roll, que hay refritos de
discos de versiones y directos por todas partes y todo va y
viene y a veces acaba sonando desgastado, igual, altisonante,
prepotente, etc. The Hangmen, editaron en el año 2002 lo
que a mi siempre me ha parecido uno de los directos más geniales
y probablemente el mejor justificado de esa década. También el
que tiene el título con un espíritu fiel a la actitud y raíces
de la banda.
Hablo de “We´ve Got Blood On The Toes Of Our Boots”.
Merece la pena que os esforcéis y busquéis su
historia.
Dicho esto, hace un par de años, me acerqué a verlos por
primera vez y tengo que admitir que me dejó un tanto frío.
Llevaban por aquel entonces al guitarrista de The Bellrays,
al que habíamos podido ver en directo. Muy bueno pero… no. Por
supuesto la actitud del cantante, más bien fría, tampoco ayudó.
En esta ocasión, y en principio no le presté demasiada
atención, había leído entrevistas con Bryan Small, líder de esta
banda, en la que parecía realmente excitado con que su
guitarrista “fijo”, Rane Raitsikka, les acompañase, pero tengo
que admitir que tanto su actitud, como la de Bryan, hicieron del
concierto una sensación musical intensa. Aparte del hecho de
tocar la “slide” de esa forma tan llena de pasión como poco dada
al virtuosismo y sí a la tensión tan característica de este
grupo. Eso hizo que lo que yo cientos de veces había escuchado
en formato CD con tantísima implicación y placer esta
vez, pude verlo a la par que lo oía: que ese visceral directo
que me acompaña desde hace siete años, es real y hasta puede
mejorarse. Y si no que se lo digan a mi cuello.
Es cierto que se les veía más sueltos, que la cercanía del
escenario hacía del concierto algo parecido a la diferencia
entre ver un combate de boxeo desde una última fila, en lugar de
ser el árbitro del evento. Y eso provocó que hubiese una
retroalimentación inmensa que tras desgranar todo el cancionero
planeado, volviesen con cinco canciones más, la mayoría de ese
discazo que es Metallica I.O.U y de las cuales me quedo
con “I Luv U” y “Broke, Drunk & Stoned”.
Jeffrey Lee Pierce estaría orgulloso.