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Texto:
Marcos
Ripalda
El concierto de presentación del FIB 2008 que ofrecieron The
Magnetic Fields resultó delicioso y hasta crujiente. No se oyeron
cuchicheos ni irritantes tintineos de hielos. Asistió un público
profesional, a la medida de las circunstancias, y que, por cierto,
cada vez se prodiga menos en cines, obras de teatro, bares,
restaurantes y antros, donde abunda el ganado. Este público viene
esencialmente a escuchar música. Algunos posan, qué duda cabe, en
actitud lobotomizada, pero apenas alumbran.
The Magnetic Fields, que hacen música clásica travestida de pop de
juguete, básicamente despojaron su irregular nuevo álbum,
Distortion, de precisamente eso que se anuncia desde el mismo
título, lo que vino a demostrar, una vez más, que menos es más y que
al grupo lo que le funciona es la brisa que mueve la cometa y no la
tormenta, que seduce al principio, sí, con sus truenos y luces de
colores, aunque finalmente te deje frío. Claro que no sólo tocaron
temas de Distortion, también cayeron perlas de trabajos magníficos
como Get Lost y 69 Love Songs.
Claudia Gonson, pianista, vocalista, manager del grupo y, tal como
se desenvolvió sobre el escenario del Teatro de la Casa de Campo,
prometedora humorista de habla inglesa, se dedicó buena parte del
espectáculo a chinchar al diminuto Stephin Merrit, ceñudo freak
hipersensible, del que se podría afirmar y afirmo que es como la
punta de un iceberg, o sea, que bajo lo que se ve, un tipo
rechoncho, pequeñajo y con gorra, hay un inmenso patito feo con una
sensibilidad privilegiada para crear melodías y que extiende su
reino a través de óperas chinas, bandas sonoras, remixes,
colaboraciones varias con otras formaciones y demás hazañas
musicales. Ya lo dice Leonard Cohen. We hace the music. Por
eso no hace falta el cisne. Que le den al cisne. Y ahora, querido,
tú, que eres libre y llevas las riendas de tu vida y tus gustos son
lo que son, si quieres, ya digo, puedes meterte una sesión de Ave
María nunca será mía o de el tiburón se la llevó se la llevo,
que eso sí que es música. Que se note que a ti a sensible no te gana
nadie. Y es que estos Polos Magnéticos, así, de primeras…
Este concierto le pone la guinda a un día en que he asistido a dos
espectáculos que están en polos opuestos.
Primero, mientras merendaba, costumbre adquirida en la niñez y que
he retomado con gusto hace unos días, presencio cómo una aspirante a
supermodelo no es capaz de decir ni media frase correctamente
para explicar alguna chorrada referida a su valía y su personalidad,
únicas en este planeta, mientras le va reventando las tapas al
diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y, por
supuesto, se queda tan pancha. Desde luego, a supernecia no le gana
nadie en esta competición en que se ha convertido ser joven y querer
ser famoso a costa de pasarse por el forrillo la educación elemental
básica, lo que era la EGB y ahora responde a las siglas ESO. Pues
eso.
Segundo, mientras me deleitaba con Merrit y compañía, sentado en la
cómoda butaca del teatro sin entenderle, la verdad, ni papa, bueno,
alguna alguna cosa suelta, marry me, california girls,
yes, yes, me sorprende el ruido de una granizada.
Bueno, nos sorprende a todos, y Gonson, quién si no, bromea con la
posibilidad de que hayan desafinado o estén haciéndolo francamente
mal. Si, castigo de Dios, como en la famosa copla. De hecho, al
principio fantaseo con la caricatura de Dios tirando de la cadena de
su inmenso retrete privado. La granizada, por suerte, dura apenas
unos minutos y suma un extra pintoresco al evento. Así que prendado
del violonchelo que masajea Sam Davol y de las voces femeninas que
acompañan a Merrit y del mismo Merrit metiéndose el dedo en la oreja
en lo que, imagino, puede ser una forma de empeorar una posible
otitis, me pregunto cuándo fue la última vez que me emocioné con una
canción.
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