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Texto:
Asier R.
Fotos:
www.tomwaits.com
Esta temporada, o lo que llevamos de año, ha sido un año de
conciertos enormes. Emocionantes y desconcertantes (para bien) en
muchos sentidos: históricamente, sentimentalmente, etc. Por su
enorme calidad y su valor artístico la verdad es que he sentido
cierto pavor a enfrentarme a ellos: creía y creo que no podía
describir una experiencia tan significativa con mis palabras y
preferí dejarlo tal cual.
Con este concierto de Tom Waits me ha pasado lo mismo pero
hay algo más. Desde que tocamos el cielo y el poético infierno un
viernes por la noche en Donostia, mi cerebro lleva transmitiendo
canciones a mi garganta sin parar. Todas ellas son de Tom Waits. A
veces me quedo embobado pensando si la experiencia fue real. Y por
momentos se asemeja mucho a esos sueños de los que despiertas sumido
en un arrobamiento que te dura el resto del día porque sabes que en
ese momento tu daimón particular ha sido benigno.
Pues si, escribo sobre Tom Waits porque hay una fuerza
dentro de mi que no solo envía canciones sin poder evitarlo si no
que además quiere que se hable de ello. De modo que mi aspiración es
simplemente intentar tranquilizarme después de todos estos días y
transmitiros un poco, no ya que Tom Waits sea, desde mi punto de
vista, el artista más único y especial que ha dado nunca el planeta
Tierra, si no que tal vez os haga caer en sus redes, cosa que nunca
sabes cuando va a ocurrir. Y si ocurre te sumergirás en un mundo que
te va a dar muchísimas sensaciones.
Gracias a mi hermano pude disfrutar del
ESPECTÁCULO-VARIEDADES-CONCIERTO-SPOKEN WORD desde la cuarta fila,
disfrutando de todos los detalles que ofrecía un espectáculo
perfecto en su anarquía de megáfonos, tarimas de carrusel e
instrumentos. Cortinas de palacio, arañas de iglesia gótico
post-modernista y un bombín.
En la oscuridad más absoluta se distinguen las siluetas de
los músicos, pero no está Waits. ¿Dónde está?. Hay nervios, y de
repente, si, esa silueta con bombín es él. Ese cuerpo descoyuntado,
ese traje dos tallas más grande, sacado de una maleta perdida en los
montes Cárpatos es Tom Waits. Y con él se hace la luz y comienza
nuestro viaje.
Y el viaje es lo que resulta difícil de escribir. Cada
detalle que avistas desde el tren es incomparable y a veces, en los
resquicios entre canción y canción te das cuenta que acabas de dejar
atrás un kilómetro más de uno de los más bellos paisajes que tu
imaginación haya concebido jamás. Bueno, no es del todo verdad, a
veces el paisaje no es bello, es melancólico o delirante. Waits hace
que se cambien las ventanas a través de las que ves los
paisajes-canciones. A veces son muy parecidas como en su set
pianístico, otras veces las desconstruye de manera irreal como en
“Eyeball Kid” o “Black Market baby”. También notas en ciertos
paisajes que él ha plantado algo de su propia cosecha, es igual pero
diferente. Ataca “Cementery Polka” y en los cambios de ritmo se
transfigura en un antiguo vals de orquesta guiando a su banda hacia
pasajes de un lirismo, siempre cortado por la visión única de este
hombre.
Hay miles de detalles a tu alrededor, no solo los cuidados
(se queda corto, cuidadísimos) juegos de luces, los efectos de
bambalina, ya sean un simple bombín de espejos fusionado con su cara
grotesca, la nieve dorada de confeti, el desparramarse de su cuerpo
hasta alcanzar las teclas del piano, los momentos teatrales de “Singapore”.
No es solo eso. Es también esa voz. Esa VOZ. Se te introduce, sale
de unas entrañas para hacer un nido en las tuyas. No se sabe si
utiliza las tripas, el hígado, la garganta… De hecho no sabes si
sale de él. Nadie, y digo nadie, hace con la voz lo que hace Tom
Waits. De la voz de vieja fusilada por los inviernos y las botellas
de bourbon hasta la suave voz profunda, salida de la tranquila paz
de un árbol y que nos bendice (“Hold on”).
Como los grandes se acompañó en este viaje de compañeros
con los que sabe que la experiencia será inigualable, y ahí tuvimos
a una serie de músicos (Omar Torres, Vincent Henry, familia…) que
tuvieron momentos para el delirio (como efectivamente, sucedió). La
armónica de V. Henry en “Chocolate Jesús” fue para acercarse a él y
pedirle un poco de baba que se quedase entre los agujeros, el
teclado de Patrick Warren en “Trampled Rose” fue protagonista
aportando a la canción ese toque fantasmal que acompañaba a la
agónica voz de Waits (los pelos de punta) y la guitarra de O.
Torres, generalmente contenida, fue una bacanal en ese paroxismos de
canción que fue “Lie to Me”.
Pero ya estoy pasando a cosas más terrenales, lo cierto es
que esta es una crónica, no solo para mí, sino para toda la gente
que estuvo allí. Es una crónica que intenta compartir los momentos
incontables que pueden caber en dos horas de auténtica magia. No
música sino más bien emoción en estado puro. Saludo a toda la gente
que estuvo allí, que se emocionaron hasta las lágrimas, que rieron
con el maíz creciente de kansas, que cantaron a la inocencia en una
taberna de 1800 almas, que vieron un partido de pelota vasca con un
ojo-pelota imaginario, que sintieron el frío de la tormenta, y que
se encogían ante el susurro hecho poesía de una garganta y de un
personaje que nos unió a todos.
Me alegro de
haber compartido con todos vosotros este viaje.
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