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Texto:
Asier R.
Fotos:
Tim Bugbee (www.tinnitus-photography.com)
Comienza el otoño y hay ciertas músicas que acompañan más
que otras. Cada estación tiene sus sonidos predilectos, aunque estos
sean distintos en los oídos de cada persona. Yo descubrí al grupo
que nos ocupa en verano pero siempre me ha parecido, a groso modo,
que el otoño-invierno es su estación, de modo que fue una grata
sorpresa que apareciesen por estas fechas en Europa.
A la hora de hablar de este concierto, vaya por delante que
llevo varias semanas sumergido en los discos
Let it Roll y Regard the End, lo que puede suponer o
no un lastre de cara a hablar objetivamente de su concierto.
Vaya por delante que las expectativas no se cumplieron.
Pero mentiría si dijese que fue un mal concierto. Ni mucho menos. De
hecho, tuvo momentos en que me sorprendí a mi mismo completamente
concentrado y alejado de la sala en cuestión porque tuvo
interpretaciones magistrales. Pero vayamos por orden.
Doghouse Roses
abrieron, en formato dúo, venido de Glasgow, con un folk cristalino
y límpido. Su cantante Iona MacDonald fue especialmente comunicativa
presentando sus canciones, lo que siempre es de agradecer a pesar
del pobre inglés que presentamos en este país como para entender al
completo las historias que se cuentan, por eso, a mucha gente esto
le suele lastrar los conciertos pero eso es harina de otro costal.
Tras ellos y con ellos, apareció Robert Fisher o lo que es
lo mismo: Willard Grant Conspiracy,
a pesar de que el mismo advirtió que WGC son un grupo compuesto de
44 personas. Y eso tal vez fue uno de los peros del concierto. El
grupo es él pero no es él. Me explico: la banda se compuso de
guitarra (Paul Tasker), corista (bien por la mencionada Iona) y el
violinista Josh Hillman. Pero lo que ha conseguido en sus discos,
esa exuberancia nada pomposa a través de la ayuda de tantos músicos
como le suelen acompañar, me hacía echar mucho de menos parte de
esos arreglos.
Por otro lado, Robert Fisher es otro tipo comunicativo,
contando sus historias sobre personajes con religiones alienígenas o
lo innecesario de los bises, pero algo en él daba la sensación de no
estar cómodo en el concierto. Hablo entre canción y canción, claro,
porque por el lado positivo, se puede contar que tiene auténtico
magnetismo en cuanto arranca cada una de sus composiciones. Escogió
un gran repertorio, en el que brilló especialmente el mencionado
Regard the End con la irresistible “Soft Hand”. Pero no solo de
sus canciones más “conocidas” respiró el concierto, también utilizó
la reivindicativa “The Ballad of John Parker” en la que recordó su
amistad con Chris Eckman (es una composición de ambos) o una canción
a capella que nos mantuvo absortos atentos a su oronda figura en el
borde del escenario, calmosa y llenándolo todo con su voz.
Pero sobre todo me quiero quedar con los momentos que os
contaba antes. Y como ejemplo quiero poner la última canción "The
Ghost of the Girl in the Well". Fue en las interpretaciones de toda
la banda (el mejor momento del violinista, aunque suene a broma, fue
al mando del serrucho en esta canción, simplemente estremecedor) de
canciones como esta en las que te dabas cuenta de las cotas que
llegan a alcanzar de maestría, de la capacidad de absorción y
atracción que generaban a lo largo de la actuación. Y como digo, no
fue la única del concierto. Por eso, cuando esta canción puso punto
final, se quedó cierta sensación agridulce porque el cuerpo sentía
que se podía haber tensado más la actuación y por supuesto, porque
en una banda con una trayectoria tan larga e interesante a las
espaldas, 70 minutos se quedan muy cortos, teniendo en cuenta que
una mayor duración podía haber compensado un pulso que no decayó en
ningún momento pero que sí fue irregular.
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