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The Cubical

Robert Gordon

Bob Dylan

Chris Isaak

The Hives

Bad Religion |
Texto: Asier R.
El último día del Azkena, no respetó a rock más 50´s, ya
que llovió, ligeramente con Robert Gordon y continuamente con Chris
Isaak, deseo que había pedido y que curiosamente se cumplió. Pero
empecemos por el principio.
Y este no fueron Maggot Brain como nos hubiese
gustado, si no los australianos Russian Roulettes. Una música
muy basada en los años setenta, supongo que con grupos referenciales
como Gran Funk Railroad e incluso Humble Pie en su
versión más cruda pero como grupo joven sin un repertorio matador.
Es decir, se deja escuchar muy bien y no aburren. Tienen una onda
actual tipo Super 400 o The Muggs. Como se suele
decir, tal vez si estás más metido en su discografía, también te
implicas más en el concierto. Correctos y con ganas a pesar de las
tempranas horas.
A los que teníamos ganas era a The Cubical, también
con un sonido retro, claramente, pero con más mezcla que los
anteriores, de estilos y de décadas. Se les oyó muy bien y a
posteriori caí en la cuenta de que no llevaron teclados. Supongo que
eso significa que yo estaba en la inopia o que ellos rellenaron muy
bien los huecos. Me decido por esto último. Su guitarrista solista
(Alex Gavaghan) me gustó mucho. Tanto por la forma de tocar como por
esos movimientos, entre robóticos y orgánicos que le daban un toque
distinto en su elegancia (iba trajeado pero de “sport”). Al cantante
(Dan Wilson), para quién no lo sepa, se le compara con Tom Waits
pero por lo típico: voz ronca y profunda, parecido automático con
Tom Waits. Creo, personalmente, que tiene su propia peculiaridad sin
resultar absolutamente original pero con mucha presencia en el
escenario, la forma de mover las piernas, de dirigirse al público,
de apoyar a su banda y sobre todo esas caras de estar fuera de sí.
Empezaron con dos de sus temazos: “Edward the Confessor” y “Great
White Lie” y a partir de ahí, se liberaron bastante con lo que el
concierto ganó en espontaneidad. Con la canción que se sintieron más
a gusto: su single “Like Me (I´m a Peacock)” pero en general todo el
concierto estuvo a un buen nivel. Para volver a verles en sala
pequeña o mediana con su propio público.
Lo admito, no tengo ningún disco de Robert Gordon, y
lo admito con menos vergüenza, ¡qué buen concierto! Especialmente
por la elegancia a la hora de interpretar clásicos del rock de toda
la vida. Aunque lo apoyó mucho, tal vez entre dos monstruos como
Slim Jim Phantom y Chris Spedding, fuese su bajista el que quedó más
discreto. Cambiaron decibelios por unos instrumentos aterciopelados,
de sonido perfecto y ejecución sencilla pero llena de sentimiento en
el que la profunda voz de Robert era el centro absoluto. Raro es que
se hiciese sentir más en el pecho que en las caderas, teniendo en
cuenta el estilo pero con la voz de crooner de Mr Gordon, casi era
normal. Slim Jim Phantom se quedó durante unas canciones a cargo del
show con su sempiterna batería en la que cayó, por supuesto, “Rock
this Town” pero de todo el show, me quedo con “Beside You” de Iggy
Pop (ya de paso revisitar “American Caesar” si hace tiempo que no
deleita vuestros oídos) en el que prácticamente lo calcó…a su
manera.
Con NRBQ, estuvimos testimonialmente con lo que es
mejor que nos centremos en: Bob Dylan. Hay gente que le ha
visto diez veces. Otros que lo han visto dos y estoy yo que tras
muchos miedos, lo he visto una vez. Y fue el día del cual
escribimos. Mucho se ha hablado de sus conciertos, y a pesar de que
en general las críticas no son malas, siempre había notado un poso
de amargura. Así que, visto lo visto, oído lo oído y leído lo leído
creo que los reunidos en el Azkena (o en el presente momento de
Dylan) fuimos afortunados porque vi el directo de un chaval, con la
interpretación de un anciano. Los miedos que me habían hecho no
acudir a sus citas anteriores se esfumaron. Al comenzar el
concierto, casi llegamos a pensar que íbamos a escuchar el álbum
“Blonde on Blonde” entero, pero no, hubo de todo. Y de todo con
muchísimo arte. Desde la sobria puesta en escena, con una luz
cálida, crepuscular y un juego de sombras que no sé si era casual,
pero si fascinante, hasta la versatilidad de Dylan que nos dio de
todo: guitarra, armónica y por supuesto, su teclado de los últimos
años. Versiones reconocibles, para quién las necesite (yo entre
otros) y cambios magníficos (“Shelter from the Storm”, no la
reconocí, me lo dijeron). Estilos, rock ´n´ roll y blues. Su voz,
cada vez más, ajada, como su piel, y por ello, ganando enteros. Nos
llevó de paseo combinando canciones de sentimiento más enérgico con
absolutas delicias reposadas. Por ello me quedo con una de cada:
“Rainy Day Woman # 12 &
35”, con la que
comenzó este concierto y que servía para entrever lo que nos
esperaba y para calentar motores y la interpretación (yo me rendí al
placer) de “Just Like A Woman”. Me pregunto como puedo seleccionar
solo dos.
Y empezó a llover persistentemente. Y se cumplió mi deseo.
Yo con Chris Isaak quería lluvia, tal vez porque sabía que lo
iba a ver en el Palacio de Congresos, sequito y sin problemas, al
martes siguiente. No solo no defraudó, sino que al igual que Bob
Dylan, dio más de lo que esperaba. Entretenimiento, simpatía,
clase (¿quién si no puede beber en un vaso de cartón con una pose
tan glamurosa?), música y emoción. Después de empezar con “The
Lonely One” y “Dancin´”, ni corto ni perezoso, empezó a cantar “Love
Me Tender” donde se acercó al público por el pasillo central bajo un
paragüitas rojo. En Madrid, me recordó más al Elvis del ´68 que se
iba dejando querer por las damas. No fue la única versión, también
recordó a Roy Orbison y James Brown y me demostró que es el tipo que
mejor fusiona a Elvis, Dean Martin y el propio Roy a lo largo de la
actuación: simplificando, del primero coge la faceta más enérgica,
del segundo la socarronería y diversión y del tercero la
sensibilidad pura. Me quedó patente, tras escuchar el concierto que
su último album está a la altura de cualquiera de sus clásicos
porque “We Lost Our Way” sonó tan emocionante bajo la lluvia como
lo hizo “Wicked Game” y “Take My Heart” tan animada como “San
Francisco Days, San Francisco Nights” que por cierto, nos deleitó
con un final percusivo a cargo de Rafael Padilla que le va como
anillo al dedo. EL concierto fue versátil, intenso (escucharle a él
solo interpretar “Forever Blue” mientras el cielo nos iba regando
fue sublime) y con un ritmo endiablado en el que Chris nos metió en
su engranaje. Y vaya voz. Y vaya banda, todos a un nivel de
ejecución y de compenetración maravilloso.
Y tras esto seré breve: The Hives. Desde fuera, para
quién no los haya visto, se podría decir que dieron EL concierto del
Azkena. No creo que sea así, pero tienen un líder a las voces con
una pose de ego enorme (“agradecemos a Dylan y Isaak que hayan
abierto para nosotros: ¡esto es el negocio musical!) que le queda
genial y que animó al personal con un repertorio algo mimético en
si mismo pero pleno de adrenalina. A pesar de esto, hubo canciones
que descollaron por el frenesí que imprimieron en ellas.
Especialmente, un corte que presentó como nueva canción, “Tobbacco
Song” o algo por el estilo, fue grande por la tensión que
consiguieron imprimir en ella. Con diálogo constante con el público.
Con una puesta en escena que me recordaba a “La
Naranja Mecánica que
también aportaba magia al conjunto. Tanto ellos como Isaak y Dylan,
hicieron del escenario un personaje más del concierto.
Para finalizar, Bad Religion, que llegaron cuando
los amplificadores debían haber perdido ya todo su fuelle porque se
oyó excesivamente bajo para lo que es su música (¿tal vez la culpa
es de The Hives por su sonido atronador?), pero dieron su concierto.
Lo disfruté porque estuve adelante del todo, fundido con la
multitud, pero me pregunto si en las filas de atrás disfrutarían con
un Greg Graffin (voces) que a veces parecía incomodo en el
escenario, como cumpliendo la papeleta. Y de un repertorio que en
directo deja la mayor parte de su melodía de lado y lo hace
muchísimo más hardcore, cosa que puede ser meritoria pero que les
hace perder parte de la seña de identidad que es su estilo. Aún así,
buen broche final para tres días que por momentos, resultaron
absolutamente gloriosos. |