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We are scientists

Edwyn Collins

Grinderman

The Verve |
Texto:
Ruth Bautista
Fotos:
Juan Aguado
El cartel del sábado se presentaba distinto, con más
emoción en juego y un buen número de pesos pesados. Madrugamos para
ver a We are scientists y lo pagamos caro con una solana que
hacía la presencia en aquel desierto prácticamente insoportable.
Igual que un rebaño de ovejas apretujadas bajo la sombra de una
encina, así estábamos los asistentes, bajo la mínima sombra que a
esas horas de la tarde daba el escenario principal. Un concierto
entretenido, aunque duro. Los temas de With love and squalors
(el disco que tiene esa genial portada con tres gatitos), como
“Nobody move, nobody gets hurt” conseguían hacer que el personal
reviviera de la deshidratación aguda y aún se atreviera a dar unos
botes. Los de su último trabajo, no consiguieron tanto.
Tras ellos, nos dirigimos a ver a una de las estrellas de
la tarde, en especial como lección de humanidad, Edwyn Collins.
En 2005 una serie de hemorragias cerebrales le dejaron fuera de
juego. Y allí estaba él el sábado, sentado sobre un cajón, con la
mitad derecha del cuerpo paralizada y con muchas dificultades para
hablar. Que no para comunicarse. Riéndose cada vez que intentaba
hablar y se trababa, logró expresar lo feliz que se encontraba de
estar allí, pues ahora comienza a recuperar el habla. Aún si cabe,
más emocionante fue por ello ver cómo con grandeza y fluidez
interpretaba sus temas, uno tras otro, con su fantástica voz de
barítono, destacando “Rip it up” y su tema más conocido, “A girl
like you”. Una experiencia irrepetible.
El contraste que supuso Grinderman a continuación es
difícil de explicar. En el pasado ya pudimos disfrutar de la
vertiente más etérea de Nick Cave acompañado de sus Bad Seeds en un
par de ocasiones, pero este proyecto tiene una razón de ser
totalmente diferente. No vamos a caer en los tópicos de crudeza y
desgarro emocional que hemos podido recopilar hasta la extenuación,
pero quizás la palabra que defina la actitud de la banda paralela
del señor Cave sea honestidad. Elegantemente vestidos, ya sea para
tocar en Suecia o en el desierto de Boadilla (convertido en una
réplica de su árido país de origen) salieron a escena, con un Nick
Cave saludando al personal, Warren Ellis batiendo unas maracas
contra un plato de batería que más de una vez tuvo que ser rehecho,
y con Martyn Casey al bajo y Jim Sclavunos a las baquetas, que
prefieren mantenerse en un segundo plano. Y a partir de ahí,
Grinderman nos invitaron a un viaje sin escalas de una hora en la
que repasaron todo su único trabajo hasta la fecha. Con unas
distorsiones de guitarra y un aporreo de batería que no se pudo
escuchar en el resto del fin de semana fueron desfilando por el set
“No Pussy Blues”, “Get It On”, “Honey Bee (Let’s Fly To Mars)” o uno
de los momentos más emotivos con “(I don’t Need You To) Set Me Free”
con el personal ya totalmente entregado. Posiblemente el mejor
concierto de todo el festival.
A continuación tocaron Blondie, pero uno ya tiene
una edad y sus prioridades. La nuestra fue cenarnos unos espléndidos
bocadillos caseros mientras de fondo, a lo lejos, sonaba “Maria”.
Aún nos quedaba esa noche dos buenos conciertos que
presenciar, aunque ya poco emotivos: Interpol y The Verve.
Los de NYC aparecieron ya de noche, bien engalanados. Paul
Banks saludó: “Hola Madriz”, así en plan castizo y se plantó en el
centro de un tenue escenario bien abrigadito, con chupa y sobrero.
Que para ser elegante hay que sufrir. Sonaron muy compactos, aunque
pecaron de un volumen bajísimo, sobre todo en la voz, que se hacía
difícil de escuchar. Con tono tenso, y la actitud de un impoluto
Holden Cauldfield que aún busca su lugar en un mundo en el que no
encaja, supieron convencer y entretener, a pesar de los problemas de
sonido.
Tras una breve escapada hacia Maxïmo Park, me
reafirmo en mi total incomprensión de este grupo.
Nuestra noche la cerró The Verve en otro de esos
conciertos poco destacables en lo musical y más como anécdota.
Teníamos ganas de verlos alguna vez en tributo al que hasta hace
poco fue su último disco, Urban Hymns, que lleva una década
sonando en nuestros reproductores. Ya era hora, por fin, de
escucharlo en directo. Comenzaron el concierto con un toque
psicodélico que nos hizo temer lo peor. Pero no, tras un par de
temas, cambiaron su postura y atacaron los que son sus mejores
temas. Destacable fue el momento de “Drugs don’t work”, canción que
Ben Harper ha hecho suya en sus directos. El original sonó algo
extraño en un primer momento, por toda la parafernalia que llevaba
asociada, pero enseguida recuperó su lugar. Cerraron el concierto, y
nuestro festival, como no podía ser de otro modo con “Bitter Sweet
Symphony”.
summercase 08
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