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A WAY OF LIFE
Una película de
Amma Asante
Interpretada por:
Stephanie James, Gary Sheppeard, Nathan Jones, Dean Wong...

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

La Xenofobia: ¿Trastorno de la personalidad o social? A way of life opta más por lo segundo sin descartar para nada lo primero.

 

El inmigrante es un tipo igual de inmundo o ejemplar que el del lugar, dependiendo de cada caso personal. Su particularidad es que proviene de sitios que viven secularmente en la pobreza justo porque Occidente esquilma sus riquezas y financia sus corruptos gobiernos y leyes. Huyendo de la penalidad o la miseria, es acogido más bien con mala cara. Pero con el visto bueno de los que lo controlan todo: abarata la oferta salarial con una mayor demanda de empleo, aumentando igualmente la producción, el consumo, el pago de impuestos y el endeudamiento en préstamos. Con el aumento de la natalidad que arrastra, la clase dominante solventa esa propagación de medios anticonceptivos entre la clase obrera que puso en peligro hace décadas “el sistema” (pese al esfuerzo contrario de ese brazo subliminal del poder que son las iglesias oficiales). Los inmigrantes pasan aquí de esclavos de la pobreza a esclavos de la hipoteca, pero eso sí, con móvil y tele digital. Poco más o menos como los lugareños. Su más frecuente precariedad y descendencia hacen que determinadas políticas les prioricen en derechos y subsidios, lo que no ayuda precisamente a aumentar su popularidad local.

  

Los explotados y excluidos nativos “de siempre”, empujados también a la incultura por la escuela y la TV, no ven delante suyo la causa remota de su hacinamiento, soledad, cansancio, vacío existencial... Y es fácil que lo acaben pagando con lo que sí ven: el ecuatoriano que monta farras en el piso de abajo, las bolivianas que colapsan los centros de salud, la prostituta búlgara que conoce al marido mejor que su señora (bíblicamente también) o el chino que vende más zapatos malos que el tío Jacinto. Están más “a mano” que el diputado que blanquea sus sobornos en una cuenta suiza o el especulador inmobiliario en su yate en Sotogrande. Y más a la vista que los propios defectos y responsabilidades.

 

Al comienzo de A way of life hay una calle de un suburbio en Gales donde cuatro jóvenes marginales le asestan patadas a un “paki” (que resulta ser turco). Cada uno tiene sus motivos para hacerlo. Y son motivos dolorosos. Los entendemos viendo el resto de la película. Lo malo es que no se han parado a pensar que de esos motivos, tres no son reales, que en realidad no tienen nada contra él, y que el que sí puede tener algo tampoco da para justificar la atrocidad. El turco no es un santo, es un chuleta engreído que cae mal, pero no la causa de sus males para hacerle chivo expiatorio. Un mérito de la directora es que entendiendo a los chavales, comprendiendo que no tienen la culpa ni el control de sus destinos y asistiendo a algunos momentos de ternura, no dejan de ser seres antipáticos e idiotas, indeseables, a los que no se justifica en absoluto. Destaca la actriz protagonista, que tiene el defecto “americanizante” de sobreactuar un poco y no olvidarse de que hay una cámara delante. Pero sería injusto no admitir que hace un trabajo notable. Su personaje resulta perfectamente comprendido. Y odioso.

 

Es un filme sin tacha, bien hecho, trabajado y cuidado que podía haber firmado el mismo Ken Loach y no nos habríamos enterado. Es decir: la directora es muy correcta, pero no tiene estilo propio (aún). Y como todos los filmes de Loach tiene una gran virtud y un gran defecto. A) La virtud es que presta generosamente su voz (grito) a seres indefensos que no atraen la atención de nadie, más bien rechazo, y nos hace caminar con sus mocasines durante varias leguas para comprender que podríamos ser nosotros en circunstancias semejantes. Muestra “otros mundos”, amplía nuestro juicio, solidariza. B) El defecto es que como hay que subrayar la tesis empatizante con efecto lupa y asegurarse de que no olvidamos la “lección” se anula toda capacidad de sorpresa: se sabe siempre que las alegrías van a durar poco y que todo va a ir necesariamente a peor.

 

Puestos ya a reprochar al estilo Loach, que no se puede dudar que aparte de humanismo ha aportado renovación al Cine ampliando horizontes, metidos a sacar de la realidad intenciones didácticas de denuncia no se entiende esa necesidad de caer casi por sistema en finales fatalistas (el subtítulo del cartel avisa ya: “en el mundo real no existen los finales felices”). Remarcando el “no hagas como éstos, no seas tonto” queda más bien una moraleja contraproducente: “si estás como éstos no hay salida ni esperanza”. Y no es cierto. Casi siempre puede haberla, aunque suela ser por una puerta lateral y no frontal. Comprendo que puede resultar cantoso que en una peli de este tipo uno de los críos escapase de su espiral negativa gracias a la Cultura. Por ejemplo, hallando una nueva dimensión de su vida y su entorno topándose con algo -de no tan difícil acceso- como un libro de Hesse o unos discos de Vivaldi. Sí; soso, poco creíble y nada cinematográfico pero… ¿Y por qué no? A algunos nos ha ocurrido.

 

¿La protagonista se realizaría accediendo a un mayor bienestar? ¿Dejaría automáticamente de ser un “chinche”? ¿Hay verdadera felicidad sin crecimiento personal? Éste no se da si el individuo, limitado a la estrechez a la que está programado, no concibe esa dimensión supra-orgásmica que a veces brindan el Arte y la Cultura. Loach y su discípula Asante no prestan mucha atención a esta vía de escape, apoyando sin querer el determinismo del mono que sobrevive y se aparea. No resulta descabellado que un fan de Eminem patee a un “paki” y sí que cuesta imaginar a un amante de Antony & The Johnsons haciendo lo mismo.

 

Arte de calidad; otras vías externas de liberar al que sufre son indispensables, pero casi secundarias. La paz del que goza es el camino.

 

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