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Texto:
Bálder Montesinos
La Xenofobia: ¿Trastorno de la personalidad o social? A
way of life opta más por lo segundo sin descartar para nada lo
primero.
El inmigrante es un tipo igual de inmundo o ejemplar que el
del lugar, dependiendo de cada caso personal. Su particularidad es
que proviene de sitios que viven secularmente en la pobreza justo
porque Occidente esquilma sus riquezas y financia sus corruptos
gobiernos y leyes. Huyendo de la penalidad o la miseria, es acogido
más bien con mala cara. Pero con el visto bueno de los que lo
controlan todo: abarata la oferta salarial con una mayor demanda de
empleo, aumentando igualmente la producción, el consumo, el pago de
impuestos y el endeudamiento en préstamos. Con el aumento de la
natalidad que arrastra, la clase dominante solventa esa propagación
de medios anticonceptivos entre la clase obrera que puso en peligro
hace décadas “el sistema” (pese al esfuerzo contrario de ese brazo
subliminal del poder que son las iglesias oficiales). Los
inmigrantes pasan aquí de esclavos de la pobreza a esclavos de la
hipoteca, pero eso sí, con móvil y tele digital. Poco más o menos
como los lugareños. Su más frecuente precariedad y descendencia
hacen que determinadas políticas les prioricen en derechos y
subsidios, lo que no ayuda precisamente a aumentar su popularidad
local.
Los explotados y excluidos nativos “de siempre”, empujados
también a la incultura por la escuela y la TV, no ven delante suyo
la causa remota de su hacinamiento, soledad, cansancio, vacío
existencial... Y es fácil que lo acaben pagando con lo que sí ven:
el ecuatoriano que monta farras en el piso de abajo, las bolivianas
que colapsan los centros de salud, la prostituta búlgara que conoce
al marido mejor que su señora (bíblicamente también) o el chino que
vende más zapatos malos que el tío Jacinto. Están más “a mano” que
el diputado que blanquea sus sobornos en una cuenta suiza o el
especulador inmobiliario en su yate en Sotogrande. Y más a la vista
que los propios defectos y responsabilidades.
Al comienzo de A way of life hay una calle de un
suburbio en Gales donde cuatro jóvenes marginales le asestan patadas
a un “paki” (que resulta ser turco). Cada uno tiene sus motivos para
hacerlo. Y son motivos dolorosos. Los entendemos viendo el resto de
la película. Lo malo es que no se han parado a pensar que de esos
motivos, tres no son reales, que en realidad no tienen nada contra
él, y que el que sí puede tener algo tampoco da para justificar la
atrocidad. El turco no es un santo, es un chuleta engreído que cae
mal, pero no la causa de sus males para hacerle chivo expiatorio. Un
mérito de la directora es que entendiendo a los chavales,
comprendiendo que no tienen la culpa ni el control de sus destinos y
asistiendo a algunos momentos de ternura, no dejan de ser seres
antipáticos e idiotas, indeseables, a los que no se justifica en
absoluto. Destaca la actriz protagonista, que tiene el defecto
“americanizante” de sobreactuar un poco y no olvidarse de que hay
una cámara delante. Pero sería injusto no admitir que hace un
trabajo notable. Su personaje resulta perfectamente comprendido. Y
odioso.
Es un filme sin tacha, bien hecho, trabajado y cuidado que
podía haber firmado el mismo Ken Loach y no nos habríamos enterado.
Es decir: la directora es muy correcta, pero no tiene estilo propio
(aún). Y como todos los filmes de Loach tiene una gran virtud y un
gran defecto. A) La virtud es que presta generosamente su voz
(grito) a seres indefensos que no atraen la atención de nadie, más
bien rechazo, y nos hace caminar con sus mocasines durante varias
leguas para comprender que podríamos ser nosotros en circunstancias
semejantes. Muestra “otros mundos”, amplía nuestro juicio,
solidariza. B) El defecto es que como hay que subrayar la tesis
empatizante con efecto lupa y asegurarse de que no olvidamos la
“lección” se anula toda capacidad de sorpresa: se sabe siempre que
las alegrías van a durar poco y que todo va a ir necesariamente a
peor.
Puestos ya a reprochar al estilo Loach, que no se puede
dudar que aparte de humanismo ha aportado renovación al Cine
ampliando horizontes, metidos a sacar de la realidad intenciones
didácticas de denuncia no se entiende esa necesidad de caer casi por
sistema en finales fatalistas (el subtítulo del cartel avisa ya: “en
el mundo real no existen los finales felices”). Remarcando el “no
hagas como éstos, no seas tonto” queda más bien una moraleja
contraproducente: “si estás como éstos no hay salida ni esperanza”.
Y no es cierto. Casi siempre puede haberla, aunque suela ser por una
puerta lateral y no frontal. Comprendo que puede resultar cantoso
que en una peli de este tipo uno de los críos escapase de su espiral
negativa gracias a la Cultura. Por ejemplo, hallando una nueva
dimensión de su vida y su entorno topándose con algo -de no tan
difícil acceso- como un libro de Hesse o unos discos de Vivaldi. Sí;
soso, poco creíble y nada cinematográfico pero… ¿Y por qué no? A
algunos nos ha ocurrido.
¿La protagonista se realizaría accediendo a un mayor
bienestar? ¿Dejaría automáticamente de ser un “chinche”? ¿Hay
verdadera felicidad sin crecimiento personal? Éste no se da si el
individuo, limitado a la estrechez a la que está programado, no
concibe esa dimensión supra-orgásmica que a veces brindan el Arte y
la Cultura. Loach y su discípula Asante no prestan mucha atención a
esta vía de escape, apoyando sin querer el determinismo del mono que
sobrevive y se aparea. No resulta descabellado que un fan de
Eminem patee a un “paki” y sí que cuesta imaginar a un amante de
Antony & The Johnsons haciendo lo mismo.
Arte de calidad; otras vías externas de liberar al que
sufre son indispensables, pero casi secundarias.
La paz del que goza es el camino. |