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Texto: Tomás Sendarrubias
Cuando una película recibe tanta publicidad como ha
recibido Ágora uno acude al cine con cierta sensación de ser
un corderito y de que lo que va a encontrarse no va a estar nunca a
la altura de las expectativas que nos han vendido. Y sin embargo,
con esta película me ocurrió todo lo contrario, la película está por
encima de las expectativas creadas por la publicidad.
No creo que quede nadie que no sepa cual es la historia que
narra Ágora, una biografía libre inspirada en la vida de la
filósofa Hipatia de Alejandría, que vivió en las postrimerías del
siglo IV y hasta los primeros años del V, el momento en el que el
Cristianismo dejó de ser una religión secundaria y perseguida para
convertirse, por orden del Emperador Teodosio en la religión oficial
del Imperio Romano. Y como transcurrió la vida de Hipatia, toda la
película transcurre en una Alejandría creada ex profeso para la
ocasión, una ambientación prácticamente perfecta para el desarrollo
de la historia que Amenábar nos cuenta. No tengo intención de contar
nada sobre el argumento, ya que aún es un estreno muy reciente y
puede que muchos queráis ir a verla al cine, y desde luego, no seré
yo quien os estropeé esta oportunidad de hacerlo. Hablaremos de
otros planos de la película.
Ágora
es una película
que, a través de los conflictos entre cristianos, paganos y judíos,
nos habla del enfrentamiento entre el fanatismo y la libertad. Una
visión simplista de la película podría decir que es una crítica al
cristianismo, pero basta con ver realmente la película para darse
cuenta de que la historia de Amenábar va mucho más allá, pues a lo
largo de la película encontramos fanáticos no sólo entre los
cristianos, sino también entre los paganos y los propios judíos,
aunque la historia es la historia, y la historia nos dice quien
salió vencedor de aquel conflicto. De hecho, incluso la historia
personal de Hipatia queda absorbida por esta guerra, en algunos
momentos relegada a un plano secundario para dejarnos ver en primer
plano las consecuencias del alzamiento del Cristianismo,
consecuencias que paga, en primera instancia, la Biblioteca de
Alejandría, el auténtico depósito del saber de todo el mundo
clásico, Biblioteca que se convierte en uno de los personajes
principales de la película.
Amenábar nos narra esta historia de enfrentamiento con un
ritmo que roza la perfección, desarrollando el argumento a un ritmo
que evita que la película aburra pero tomándose el tiempo necesario
para que disfrutemos de la ambientación, de la música, del entorno
que crea, para que asimilemos y “mastiquemos” lo que nos está
contando. Y merece la pena dejarse conducir por el ambiente que crea
a través de elementos tan sencillos como la iluminación o el
acompañamiento musical (mención aparte para la melodía que toca
Orestes en el teatro, auténticamente brillante en su simplicidad).
En cuanto a los actores, empezaremos hablando de la
británica Rachel Weisz (La Momia, Enemigo a las Puertas, El
Jardinero Fiel…), que cumple con notable alto el papel de
Hipatia, la filósofa que representa en la película la libertad de
pensamiento y la ciencia. Weisz le da a Hipatia un carácter inocente
que la convierte en un personaje simpático para el público, en una
interpretación carente de histrionismos que pone su papel al
servicio de la historia y no al contrario. También cumplen con sus
papeles el guatemalteco Óscar Isaac (Red de Mentiras) y el
inglés Rupert Evans (Hellboy), Orestes y Sinesio
respectivamente, dos de los alumnos de Hipatia y que llegarán a
convertirse en influyentes personas de su tiempo. Pero quien brilla
por encima de sus compañeros de reparto es el también británico Max
Minghella (Syriana), hijo del desaparecido director Anthony
Minghella y que interpreta a Davo, el esclavo de Hipatia, que vive
en sus propias carnes el conflicto entre la filosofía, el amor y la
religión, lo que le convierte en el personaje más interesante de la
película (quizá incluso por encima de la propia Hipatia). Mención de
honor merece el árabe israelí Ashraf Barhom (The Kingdom),
que interpreta al milagrero y fanático Amonio.
En resumen… que es imposible resumir Ágora. Lo mejor que
podéis hacer es, sin duda, ir a verla. |