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Texto:
Bálder Montesinos
Difícil tarea tratar de reseñar intentando compartir lo
vivido. Cuando se ensalza algo se corre el
riesgo de que en los que sigan tu consejo se produzca una probable
decepción. Por grande que sea lo real, la imaginación y la esperanza
siempre lo superan, y al final acaba defraudando.
Pero,
aunque la expectativa no se
alcance, se da un empujón y alguien ve lo que merece verse.
Invito a cualquiera que lo merezca a repetir mis
sensaciones. Había leído por encima una sinopsis argumental, que no
sonaba mal, pero en el momento de enfrentarme a la película la había
olvidado por completo. Definitivamente Dios debe quererme mucho.
Desde el completo desconocimiento, y dejándose llevar (por una mano
fiable como pocas) es como mejor se aprecia el inmenso goce que
proporciona un guión formidable. Sale uno de la proyección con ganas
de abrazar al autor, a los actores… Ya no es la sensación de
reconciliación con el Cine que reportan otras grandes propuestas,
sino la de fatal enamoramiento. Las películas buenas abren la puerta
de la recepción emotiva; las obras maestras cierran la puerta del
subconsciente anhelo de ese orgasmo adrenalínico y vibrante que al
fin proporcionan. Tendría que verla otra vez para asegurar si me
sigue pareciendo tan memorable, pero el hecho de que quiera volver a
degustarla no es mal síntoma. Me consta que el día del preestreno
varios críticos que pudieron se quedaron a una segunda proyección
sólo horas después de la primera; y en la que estuve, incluso hubo
quien respetó sentado hasta el final los títulos de crédito
–milagroso-.
Una prueba de que una historia ha llegado al corazón es
cuando se recuerda al finalizarla los nombres de los personajes:
Lotte, Nejat, Aitek, Yeter, Alí… El estilo coral de “vidas cruzadas”
y “redenciones colectivas” tan presente la última década ha hallado
por fin rúbrica, sentido y destino en lo que es sin duda su guinda,
cima y remate. Precisamente porque es la única donde no se nota nada
y se olvida que se está viendo una muestra del género. Mientras que
en otras, incluidas las mejores, en cada toma aparecen el director y
los guionistas guiñándonos el ojo: “¡Cómo nos ha quedado! fijaos
cuan guays somos y qué bien lo hacemos” en Al otro lado lo
único que queda es el vaso perforado por un hilo a través del cual
escuchamos los latidos de Fatih Akin. La historia, menos vestida;
despojada de excesos de inteligencia que impidan olvidar que todo es
un rodado. Genial del modo más genial que puede serse: humildemente.
Discreto e impecable encaje de bolillos; renunciando a la pedantería
de cerrar todos los círculos abiertos. Y llenando al menos dos: el
de la satisfacción del público y el de su necesidad de profundizar
en su (pequeño) entorno y su interior (enorme). Homenajeando al
“compi” Marcos Ripalda: deconstrucción heideggeriana en su más sutil
expresión y acabado. El no va más: en tal viaje kavafiano hacia la
“Ítaca” de las respuestas irrespondibles, uno se siente impelido a
amar. Y no sólo a la cándida hembra que, recordándole a su padre, se
presta a darme sexo mientras le dura el autoengaño –querer lo cual
es fácil-. Más allá: amar al que se tiene enfrente por el hecho de
tenerlo enfrente.
¿Dije antes “el no va más”? ¿Cómo defino entonces el que
anunciando lo que va a pasar sus tres títulos interiores se
mantengan empero ciertos suspense y sorpresa? Y lo que se adivina,
no por ello disuade de ser degustado. Perfecta sin que se note;
Al otro lado no tiene fisuras y muestra un equilibrio envidiable
de todos los factores en juego. El único reproche posible -aparte
del de no regalarnos una hora más- sería la obligada tibieza con el
impresentable gobierno turco; indispensable para poder rodar allí.
Pero el espectador inteligente, y aún no dudo de que exista, sabe
leer entre líneas y obtener verdadero retrato de los sujetos que
manejan ese pueblo; oye esos gritos y torturas no escuchados en la
cinta. Y no; no es una película política o social, pese a lo
inevitable de rozar el tema con brío. Más que “diálogo de
civilizaciones”, “polvazo de civilizaciones”. Aunque el Amor
pasional y el sexo ocupan parte ínfima del metraje (no por ello
menos auténtica y lograda), una de las innumerables definiciones que
ofrecería el filme es la de un conmovedor romance: el que se
establece entre Turquía y Alemania. Chocante pareja con vocación de
figurar en el futuro imaginario romántico, como puedan hacerlo ya
los protagonistas de Casablanca o Historias de África.
Idilio autoignorado; acaso no declarado con algo que no sea la
mirada o aquello que no se ve y se intuye; perfecto ejemplo del
poder de sugestiva evocación que irradian las escenas.
Me preguntaba cómo la estupenda Cuatro minutos no
había sido la candidata germana al Oscar a la mejor película
extranjera. He aquí la respuesta; mejorando lo difícilmente
mejorable. Eso aunque Fatih Akin sea mucho más turco que todos esos
kebab de pegote que engullen ávidos adolescentes. Premio al mejor
guión en Cannes, las tres nominaciones principales a los Premios
Europeos de Cine; premio de la crítica del Festival de Sevilla... Mi
duda es como no ha ganado todo a lo que se hubiera presentado,
incluido Miss Rioja. Me dispongo inmediatamente a solventar el fallo
de no haber visto la anterior de Akin,
Contra la pared. Con que me inunde un tercio de lo que ha
conseguido ésta, tengo ya garantizado un señor gustazo. De nuevo un
artista que, como De Sica, Tagore, Mozart o Van der Weyden trasluce
confortante y contagiosa bonhomía. Me siento hoy menos hijoputa. Me
gusta la bondad. |