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ALEKSANDRA
Una película de
Aleksandr Sokurov
Interpretada por:
Galina Vishnevskaya, Vasiliy Shevtsovmain.

 

 

 

 

 

 

 

Texto: María Luisa Ripalda

 

La exploración poética es el rasgo distintivo de la cinematografía de Aleksandr Sokurov. Director y guionista de esta cinta -y figura señera del “cine de autor” de nuestros días-, Sokurov nos invita con Aleksandra a dejarnos llevar y atrapar por la calidad plástica de sus imágenes, filtradas por una mirada meticulosa y honesta, que persiguen conmovernos a través de una temática y unos personajes que trascienden la problemática social concreta; y, por descontado, que lo logra.

 

Obra, asimismo, de cuidada sensibilidad que podríamos considerar plenamente romántica -si asociamos el Romanticismo con una manera de sentir y concebir la naturaleza, la vida y al hombre, en oposición al racionalismo-, Sokurov en Aleksandra, como antes hizo en Madre e Hijo y Padre e Hijo, despierta nuestros sentidos, principalmente a través de la mirada; pero no sólo, también se sirve de la poderosa naturaleza y de los sonidos, creando una atmósfera propicia a las sensaciones. Nuevamente, su poética, menos estilizada que en Madre e Hijo, nos sitúa frente al desnudo amor, amor con mayúsculas, sin fisuras, que este realizador siempre circunscribe a seres con lazo de sangre: en esta ocasión, la relación entre una abuela y su nieto. La tierna compasión, la entrega desinteresada, la comunión profunda entre estos dos seres se siente en la piel, por encima de las palabras, y nos produce extrañamiento, en principio, para conducirnos luego al temblor, al nudo en la garganta y, finalmente, a la misteriosa melancolía.

 

La visita de Aleksandra al campamento ruso para ver a su nieto se sitúa en Chechenia, en el escenario de una guerra de desgarradora actualidad. Nuestra mirada es la de Aleksandra, serena y escrutadora, que nos invita a contemplar con profunda piedad a los jóvenes soldados: son hijos, nietos nuestros; niños que deambulan sin rumbo, desorientados, a veces juguetones, autómatas en una guerra, cansina e interminable. Imágenes triviales sin aparente conexión, ribeteadas de miradas, nos adentran introspectivamente en el ser humano: como en la escena del tren donde la cámara se detiene, con aparente aleatoriedad, en las diversas caras de los soldados, para indagar en lo que sienten, en sus pudores, en sus miedos. Los escenarios aburridos, polvorientos y descuidados, fiel reflejo del estado psíquico y físico de estos muchachos, no son suficientes para eliminar la mirada indulgente y cariñosa de Aleksandra sobre estos cuerpos jóvenes, a los que ni el hastío, ni el descuido, ni el aburrimiento disminuye, ante sus ojos, su sencilla belleza y virginal indefensión.

 

La refinada elección de los dos actores protagonistas, la inmensa Galina Vishnevskaya y el entrañable Vasiliy Shevtsovmain, muestra la sabiduría de Sokurov en la elección del elenco principal. Creo que fue Aristóteles el que dijo que la belleza era reconocer viendo y ver, reconociendo. Apliquémoslo, pues, en esta película.

 

 

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