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Texto:
Consuelo
Sánchez Condés
La lucha entre el bien y el mal es una buena elección
a la hora de tratar disyuntivas. Y un tema muy recurrido y
recurrente es el amor. Chico conoce chica, chica conoce chico... ya
sabemos.
No hace mucho vi una película sobre una turista que
ayudaba a un inmigrante. El cuento era bueno, sobre todo porque era
solidaridad en estado puro. No surgía historia amorosa; cada uno
tenía su vida y su encuentro terminaba en la ayuda.
En una actualidad en la que los norteamericanos son
los más malos y ningún árabe lo es, tratar este enfrentamiento, cada
vez más patente y conflictivo, no es fácil. Pero es más difícil aún
cuando el estado de locura emerge machacando la realidad. Cualquiera
puede estar loco, y cualquiera puede soñar. Pero el espectador debe
tener claro qué son sueños, qué es locura. Al menos debe hacérsele
entender, dejar dilucidar hasta una seguridad del ochenta por
ciento. De lo contrario, la película se convierte en una sucesión de
hechos anecdóticos con una gratuidad extrema y arbitraria a
interpretar libremente. Que salga el sol por donde quiera.
La reiteración de la imagen de la espiral a lo largo
del discurso, cuyo círculo imperfecto exterior y mayor, que
representa una vida larga, con mucho tiempo todavía por gastar,
donde aún todo es posible, y que según avanza disminuye su diámetro
y obliga a ir rechazando cosas, a perder los sueños... es la idea
del Carpe Diem. No sólo morir todavía. Sólo se vive una vez,
dice Derek Jacobi (cabellero del teatro inglés); es el contraste
entre la vida alegre y colorida en Cuba, la jaula de oro, y el
infierno en Guantánamo, de donde la vida huye.
Una de las dificultades de rodar en otro idioma es el
acento. Natalia Verbeke consigue hablar el cubano, pero ¿por qué
cuando habla inglés pierde ese acento de la que se supone su lengua
natural en el filme? Rupert Evans consigue perder su nativa
pronunciación británica para aparentar ser una persona de otra
nacionalidad que masculla en inglés. Y ahí radica el mérito de este
rodaje. En el idioma.
Sin embargo, desde el inicio de la cinta, hay
elementos mal integrados en la narración que “distraen” del guión.
Desde un principio, podemos estar pensando: ¡Qué extraño que alguien
piense en inglés si no es su lengua! Alguien que más adelante
intuiremos que es árabe. Y ¡qué extraño que un árabe tenga ese
físico tan... anglosajón, tan de hermanomellizode ese actor
norteamericano que tanto nos gusta a las chicas por su físico. Hasta
que se nos desvele, después de un desarrollo comedido y en un
desenlace que está donde debe estar, casi al final.
Una sucesión de imágenes contrarias, vida y muerte,
sueño y realidad, “claridad” y locura, donde todo es posible, así
que todo o nada es probable. Si la simbología no era fruto de la
locura, entonces qué estaba sucediendo, y si sucedía, lo otro no
había ocurrido pues.
¿Qué hace un loco
rompiendo un reloj?... Matar el tiempo.
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