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BUDA EXPLOTÓ POR VERGÜENZA
Una película de
Hana Makhmalbaf
Interpretada por:
Bakhtay Norroz Ali, Abdol Ali Hossain Ali y Abbas Alijomeh.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Película que se destripa en tres segundos y no pasa nada por ello. Ante la oferta de un filme afgano sobre una niña que quiere ir a la escuela y estudiar, se corre el riesgo de creer que ya se sabe antes de verla y que no merece la pena el visionado. Craso error. No tanto por una cuestión de originalidad, ya que efectivamente no nos van a sorprender mensaje ni intención, sino por el peligro de renunciar al deguste de su fuerza. Es como desechar montar en una montaña rusa porque sabemos que tras muchas vueltas nos va a devolver al mismo lugar de partida; no es que no sea cierto, pero con ello se priva uno de la emoción del vértigo.

 

Aquellos que lo sintieron en las escenas en que Ingrid Bergman se arrastraba extraviada y angustiada entre lavas sólidas de Stromboli pueden hacerse idea de lo que pueden experimentar con una niña real de cuatro años atravesando –sin trampa ni cartón- precipicios, o perdiéndose en el tumulto de ciudades tácitamente talibanas (aunque el ruido amenazante de los helicópteros estadounidenses esté presente). La directora es realmente buena… y una grandísima hija de su madre, porque la pequeña Bakhtay Norooz Ali no interpreta, sino que vive lo que le va ocurriendo al personaje; ríe y llora según la situación… Y alguna de ellas es simplemente escalofriante. Igual que en los títulos de crédito se suele garantizar, o eso dicen, que los animales que aparecen no han sufrido maltrato, no sé como no se extiende la cláusula a los menores de edad. Eso sí, de haberlo hecho aquí, se nos hubiera privado de la intensa sensación de indefensión y desamparo de la pequeña, sin parangón ni dentro de su subgénero.

 

Porque es todo un memorable subgénero el de mostrar la realidad de un modo crítico (a veces poético) a través de la inocente mirada de un niño. Mientras que obras maestras como Ladrón de bicicletas, Ni uno menos, o La lengua de las mariposas, partían de una óptica eminentemente crítico-realista, y Secretos del corazón o Cría cuervos de otra más estética; ya en Osama y Las tortugas también vuelan se iba difuminando poco a poco la barrera del documental con lo onírico, hasta encontrarnos con la pura poesía real de El espíritu de la colmena o el caso único de la joyita que nos ocupa. Buda explotó por vergüenza renuncia asumidamente al realismo aunque su fotografía lo parezca. Un delirio mitad sueño mitad símbolo sobre lo único que tienen y pueden imitar los niños del tercer mundo en general, y en particular los afganos. Devastadora profecía sobre el negro futuro de los olvidados a su suerte en medio de la gran partida de ajedrez. Pese a que el distanciamiento aparentemente de tesis de los ingredientes previos no invite a involucrarse emotivamente, es difícil sustraerse a la intensidad de lo que ocurre y el modo en que es filmado. Quintaesencia y meollo. Ritmo pausado; si en rara ocasión reiterativo, jamás lento o pesado (compárese con reseña de este mes de Luz silenciosa). Final impactante interpretable libremente por cada cuál en sus matices. Elegí un camino tortuoso, seguro que no buscado por la autora.

 

Decir que la cría es adorable es quedarse corto; prueba definitiva de que la prometedora directora es una infame sin escrúpulos que no vacila provocando angustia en un precioso rostro con tendencia innata a la sonrisa. Bakhtay Norooz Ali –me gusta el nombre casi tanto como ella- es la “actriz” con mayor sex appeal de la historia del cine. A los hechos me remito: reto a cualquier persona, hombre o mujer, hetero u homo, -no diagnosticada de psicopatía- a que sea capaz de aguantar el metraje sin sentir irrefrenables deseos de morderle los carrillitos, hacerle pedorretas en la barriguita o comérsela a bocados.

(Si escribiera en EEUU, algún fiscal conservador ya me habría procesado por pedofilia. Aquí en su lugar ladra la COPE pero sólo muerde a las víctimas de escucha.) Guau, guau.   

 

La acción de esta humilde maravilla transcurre en la fotogénica aldea de Bamiyan, teñida ahora de nostalgia indefinible, de un vacío “presente” en los huecos que los Budas de arenisca dejaron. Con esto que voy a decir ahora me enemisto con medio planeta, pero lo suelto porque el descaro y yo somos así. El bombardeo de las colosales estatuas de Buda fue, aparte de una idiotez supina realizada por idiotas, una pérdida irreparable para el Arte, la Historia, el patrimonio mundial y las divisas turísticas del maltrecho Afganistán. Hasta aquí, todos de acuerdo. Pero al menos una persona hubiese sonreído aliviado ante tal destrucción: Siddhartha Gautama. El fundador de esa inatacable filosofía pragmáticamente atea que es el budismo –por más que luego lo degeneraran en otra boba religión- no habría podido soportar la visión de millones de personas reverenciando sus imágenes. La noción de impermanencia, inexistencia del “yo” o la praxis de análisis interior para eludir el dolor de ser son incompatibles con la condena expresa que hizo el Dalai Lama de tal bombardeo. ¿No hacen y deshacen sus monjes mandalas para demostrar la fugacidad del Cosmos? Tamaña incongruencia le incapacita para dar conferencias de otra cosa que no sean las pelis de su amigo Richard Gere. ¡Mmmm! Sugestiva imagen ¿verdad?

 

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