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Texto:
Marcos
Ripalda
“La regla
número uno que me impuse fue no salir nunca de la caja”, explica Cortés en una entrevista que leo en ABC. Y esto,
que aparte de claustrofóbico, es rizar el rizo, mire por dónde, le
sale hasta bien. Desde luego, que el guión escrito por Chris
Sparling estuviese dando vueltas durante un año sin encontrar
financiación no es de extrañar. Es muy difícil apostar por algo
nuevo y arriesgado, y a veces ni por ésas. Ay, pero,
afortunadamente, se pudo hacer con lo justito, que eso sí se nota en
algunos planos, menudencias que no empañan el buen hacer de su
creador, que ya tiene bastante con aviárselas para no resultar
monótono, pesado y, sobre todo, repetitivo durante la hora y media
que dura esta pirueta fílmica, digna del mejor Hitchcock y hasta del
hipervitaminado David Fincher, autor de las excepcionales Seven
y Zodiac. Sí, Rodrigo Cortés, con su segundo largometraje, se
codea con los grandes y da una gran lección sobre montaje (tarea de
la que se encarga él mismo) y puesta en escena. O sea, sobre cine.
Cierto es que hay experiencias, cortos y (no muchas) piezas
audiovisuales sobre “enterramientos” similares (sólo hay que echar
un vistazo en youtube) y anteriores en el tiempo, pero la
originalidad de Cortés radica en que ha alargado, sin que se
resienta en absoluto, lo que podía dar para un cortometraje hasta la
hora y media. Por cierto, y esto ya es una sospecha personal, si le
dejan se pone en las dos horas.
La historia, sin desvelar el final, narra, minuto a minuto,
el encierro de Paul Conroy (un camionero estadounidense que trabaja
en Irak) dentro de un ataúd, enterrado, se entiende, bajo tierra. Y
si quieren saber porqué está ahí y quién o quiénes lo han puesto
ahí, tendrán que ver la película o, espero que no, allá cada cual,
leer alguna reseña que les cuente, paso a paso, el desarrollo de la
película hasta su desenlace, por si al verla no la entienden,
supongo.
Ryan Reynolds,
el marido hasta hace unas semanas de la bella Scarlett
Johansson, que nos tiene acostumbrados a papeles de imbécil con
buenas intenciones y, lo más importante, con un físico envidiable de
moja y vuelve, no sólo sorprende con el cambio de registro, sino que
lo hace francamente bien, si exceptuamos, como leo en alguna malvada
reseña, algún gritito que parece más de placer que de angustia,
aunque, si les soy sincero, en la situación del personaje que
interpreta Reynolds, lo de menos es a qué suenen los gemidos, que el
hombre está como para fijarse en esas cosas y, además, nadie le ve,
así que puede desahogarse como le dé la real gana, que tiene
derecho. Armado de un teléfono móvil, un zippo y poco más se las
apaña como puede. Y dejémoslo estar. Que MacGyver sólo hay uno.
Estoy
completamente de acuerdo con el blogger que suelta esta joya
al final de su reseña: “Veremos qué tal funciona Buried (…) se
necesitan éxitos cinematográficos (no sólo deportivos) en este
país”. Que se oiga bien alto, por encima de las puñeteras vuvuzelas.
Así que futuros
directores y guionistas, iluminadores y fotógrafos del mundo ya
pueden empezar a aprenderse esta película de pe a pa. Para los de
atrezzo, me temo, no hay mucho de dónde rascar. ¿Qué tal una de
Kubrick?
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