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COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO
Una película de
Susanne Bier
Interpretada por:
Benicio Del Toro, Halle Berry, David Duchovny, Alison Lohman…

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

En los años 60, el conocido demócrata Charlton Heston se manifestaba en la calle contra la guerra de Vietnam. En los años 90, el conocido republicano Charlton Heston empuñaba un rifle como presidente de la Asociación Nacional del mismo. Hace trece años Susanne Bier firmaba el manifiesto Dogma 95. Estos días estrena Cosas que perdimos en el fuego, producción radicalmente hollywoodiana, de tal modo que raya en lo paródico.

 

A los que no tengan el gusto, les contaré que Susanne es una señora que, quizá por algún trauma infantil no superado -que desconozco y respeto-, tiene obsesiva fijación en hacernos llorar a toda costa y como sea, cual vampiro que se alimentase de nuestras lágrimas. Y con Después de la boda lo conseguía; fundamentalmente porque era un filme de más que apreciable calidad. Esto incluso pese a su falta de caridad con el espectador al cual hurgaba sin pudor para conseguir el anhelado sollozo. En cambio, esta su última realización apenas produce más aflicción que la de lamentar ciertos detalles que me gustaría que ella misma pudiese aclararme. Como qué motivo justifica esa enfática filmación plagada de primerísimos planos a lo Sergio Leone; por qué escoge una narración deconstructiva en la primera parte de la película -sin hacer puñetera falta- para luego renunciar a ella; o qué condenada necesidad hay de mostrar en flash-backs hechos filmados cuya existencia ya se conoce por los diálogos (y a los que no se aporta nada nuevo). Por supuesto, se trata de sucesos dramáticos que, una vez más, buscan denodadamente la congoja. El guión recuerda en ocasiones a Ghost y en otras a Pretty woman, lo cual no es buen síntoma si se buscaba hacer un melodrama de calidad. Máxime cuando al menos estas dos tenían un ritmo bastante digerible. Inverosímiles, trama y personajes inciden en el manido y predecible mensaje cristiano traducible por “to er mundo ej güeno (en er fondo)” que en esta ocasión suena tan postizo como los apasionantes telefilmes de los sábados a la hora de comer estilo “No toques a mi hija”, “Tetrapléjica y cheer-leader” o “Mi lucha contra el SIDA y el estado de Kentucky”.

 

Todo este entramado comercial producido por Sam Mendes (otro que después de American Beauty no levanta cabeza artísticamente) está pensado y construido a la mayor gloria del señor Benicio Del Toro; rostro de Brad Pitt hispano y viril, aspecto e indumentaria de James Dean reciclado, y bastantes tics de este último y Marlon Brando. Pero a la postre, un señor actor que llena pantalla y transmite. No como su partenaire, Halle Berry, que ingenuamente cree que poniéndose aquí menos maquillaje del habitual ya es una intérprete de carácter. Le dieron un oscar con carga racista subliminal, como premio a la afroamericana más blanca de la historia del cine, y esto y empezar a creérselo van de la mano. Está como un queso de buena; no lo niego aunque no sea mi tipo (bueno… si me lo suplica aún le hago un “favor”). Pero su nula capacidad de contagio emocional es el mayor lastre con que topamos para remontar el lento arranque de la historia. Se supone que uno tendría que salir de la proyección enamorado de su papel, pero lo único que acierto a pensar es que es una tipa ciertamente gilip... Puestos a emparejarme lo haría antes con este Benicio mal afeitado, costroso, y con un cigarrillo en la oreja la mayor parte de la película; inenarrable infantilismo de puesta en escena para retratar al personaje. Incluso antes me liaría también con ese David Duchovny, resucitando en escena al bonachón y difunto John Ritter hasta en el peinado. Representa aquí una descarada copia crecida del fascinante niño maduro que era River Phoenix en Cuenta conmigo. Junto con Alfredo, el coleguita de El bola, el gran amigo que nunca tuvimos ni tendremos. Lo que uno quiere ser de mayor; el tipo de persona que nunca dejaría a Gary Cooper Solo ante el peligro, que te ahogaría con la almohada si te dejasen hecho un vegetal y luego arrancaría el lavabo del manicomio que tú no pudiste. 

 

Es bueno y saludable que existan muchos tipos de público, todo tiene su sitio y habrá mucha gente sensible y bonachona de gusto nada refinado a la que Cosas que perdimos en el fuego conmueva. Personalmente, si se “perdiesen en el fuego” los elementos que componen este tinglado, tan sólo lo lamentaría por la interpretación de Del Toro. De igual manera y ejerciendo honestidad, el producto lo recomiendo únicamente a sus fan incondicionales, que aquí tienen oportunidad como nunca de degustar su lucimiento y caer rendidamente enamorados. En cuanto al resto de los mortales… ¿qué aconsejarles? Da igual; que hagan lo que hacen siempre, a saber: pasarse mis consejos por el forro.

 

 

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