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Texto:
Bálder Montesinos
El hermano gemelo
del vicepresidente del gobierno, conservador, se mete él también en
la política. En principio, para defender valores progresistas y
ecologistas, pero acabará pareciéndose demasiado a su hermano.
Sencillo argumento, nada original ni brillante, para defender la
tesis del título.
El humano es un
animal electivo. Desde que comienza su jornada hasta que finaliza no
hace sino optar constantemente. Hasta un preso de Guantánamo tiene
la "libertad" de elegir si quiere que le torturen hoy más que ayer,
simplemente desobedeciendo alguna orden (parece un ejemplo cruel,
pero la crueldad está en los que promovieron eso y no en el que
sobrevive al horror refugiado en el sarcasmo).
Lo cierto es que,
dada esta naturaleza perennemente optativa del Homo sapiens, la
palabra "neutralidad" queda al descubierto como una falacia más de
nuestro lenguaje. Es imposible ser neutral. Incluso cuando alguien,
como Julio Médem, afirma que es equidistante, lo que expresa es su
repulsa hacia las dos posturas más radicales dentro de una
controversia, pero no que sea neutral y no tenga sus opciones.
Sentada la
aclaración de que en las guerras no suele haber buenos ni malos, que
la violencia es un error, que se pueden aclarar las diferencias por
otras vías, etc; si nos ponen "sobre la mesa" todos y cada uno de
los conflictos que han asolado y asolan el planeta, siempre habrá
algún bando que prefiramos y nos resulte menos antipático que el
otro. Por las razones equis que sean, incluso arbitrarias y baladíes
como la estética o la proximidad. En esta mecánica absurda se basa
la gran aceptación de los deportes de competición, y se extiende a
los concursos de belleza, los certámenes de jota y el premio a la
mejor tortilla del pueblo. Recuerdo, de niños, una discusión agria
con mi primo por un partido NBA entre Milwaukee y Philadelphia. Con
un par de narices. Yo, por supuesto, iba con los primeros porque el
nombre era mucho más fardón, y la camiseta más hortera. Y así
funciona todo. De las elecciones arbitrarias saben más que nadie
nuestros estamentos judiciales, que viven (bien) de ejercerlas a
diario, ante nuestro espanto y asombro. Nada de extrañar, cuando
están integrados exclusivamente por empollones ambiciosos, una de
las tipologías más inmaduras que se puede dar entre las personas.
Desde el momento en que se autoagrupan en jueces conservadores y
progresistas, la frase tan manida por acusados y acusadores frente a
un micrófono de "tengo fe en la Justicia" resulta aún más patética y
risible. Supongo que lo que quieren expresar es su fe en la diosa
Fortuna en el momento del sorteo del magistrado, que es donde
realmente se teje el destino de miles de indefensos. Si, como
ocurre, cada juez aplica una sentencia distinta para casos
idénticos.. ¿Dónde se supone está la venda ocular de la señora
Justicia?
¿Y todo este
desahogo ácrata para qué? Pues precisamente para desmontar la tesis
de esta película de exaltación de la neutralidad nihilista, de que
da exactamente igual que gobiernen unos u otros; hermanos gemelos.
Estamos de acuerdo en que, desde el momento en que los grandes
partidos acuden a los mismos bancos a pedir créditos para las
campañas, y tienen las mismas relaciones con peces gordos del IBEX,
las opciones reales de transformación y cambio palpables se reducen
a nada. También coincido en que la gente de izquierdas tiene una
escamante tendencia a "aderechizarse" conforme le va bien
económicamente. Pero seguro que si eres homosexual, o pensionista, o
mendigo, o universitario, o funcionario, o iraquí, o cura, o
embajador de EEUU, o conductor borrachuzo y chulo estilo mitin de
Aznar en Valladolid, entonces no te da tan igual que gobiernen unos
u otros. Esta cuestión de matices ya justifica que muchos nos
pasemos la pretendida y políticamente correcta "neutralidad" por
algún sitio.
Como tampoco soy
neutral con esta película, a la que, por cierto, considero un total
despropósito. El guión no se tiene en pie en ningún momento y
rescata inoportunamente los peores usos del cine de comedia español
de los 60 y primeros 70. Desde el narrador cursi-irónico
castigándonos nada más comenzar -al modo guión de Alfonso Paso-, a
la más burda sensiblería para hacernos simpáticos los personajes a
la fuerza. Lo que consigue es que nos miremos el reloj a los diez
minutos de metraje. La ingenuidad con aroma postizo además se
contrapone a la pretendida tesis del film, al hacer aparecer como
seres simpáticos y entrañables tanto a los dos sinvergüenzas como a
sus atontados seguidores.
Al final no hay
risas, ni mensaje, ni entretenimiento; tan sólo sucesión de imágenes
empalagosas sin propósito definido. Lo de la opción del narrador "simpatiquín"
le quedó alguna vez bien a Berlanga, a Capra o a Ibáñez (el de
Mortadelo), pero el 90 % de las ocasiones en que se ha usado en cine
ha lastrado más películas que ya eran de por sí malas. Esta es peor.
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