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EL ÁRBOL DE LA VIDA
Una película de
Terrence Malick
Interpretada por:
Brad Pitt, Sean Penn, Jessica Chastain, Fiona Shaw, Cristal Mantecon, Joanna Going, Jackson Hurst, Dalip Singh, Kimberly Whalen, Kari Matchett, Brenna Roth, Jennifer Sipes, Zach Irsik, Brayden Whisenhunt, Danielle Rene, Tamara Jolaine, Hunter McCracken

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Marcos Ripalda

 

I

 

En el principio fue el Verbo. O sea, la palabra. Lo que se enuncia. No hay mundo conocido sin una palabra que lo diga. El mundo es esto a lo que llamo mundo. Eso es un río, aquello de más allá el Sol, las nubes, un insecto. El mundo existe, sí, pero cuando yo lo abandone, ¿habrá otro mundo que nombrar? ¿O es que la muerte es el final de todo? ¿Es este final el único? ¿Es el final el final? ¿Quién lo dice? Si yo tuviera que contestar, diría que el final es el que es, y punto. Lo que no quiere decir que tenga razón ni que necesariamente me equivoque. Habría que preguntárselo a quien se fue. Y no conozco a nadie que haya vuelto. Y si volvió, es obvio que nunca se fue.

 

A estas alturas me perdonarán que no les haya contado algo revelador de la película. No sé, a saber: de qué va, cómo acaba. Esa clase de perlas que tanto abundan en las reseñas para que vayamos al cine con el storyboard en mente y así no necesitemos prestar atención a los detalles, la fotografía, los guiños y, por supuesto, el argumento. Pues verán, a mí me gustaría hablarles solo de la emoción y la reflexión que supone haberla visto. El después. Porque Malick es, antes que nada, emoción. No en el sentido de qué pasará ahora. ¿Le darán las del pulpo o saldrá indemne? ¿Caminará tras la operación? ¿Se dará cuenta el imbécil de que lo han engañado? ¿Pasará la prueba? No, no es esta clase de emoción. Que también mola, conste, y es la que prefiero la mayoría de las veces, por aquello de no pensar, ya me entienden. Uno no va al cine a pasarlo mal, me advierte una compañera poco cinéfila. Cierto. Que no vaya.

 

En El árbol de la vida asistimos a la puesta en escena de una concepción del mundo, de una forma de entender y ver al hombre inmerso en el universo con sus desvaríos existenciales y su día a día, envuelto todo ello en una planificación del acto fílmico sin las trabas de la narración clásica que, por cierto, ha dado y seguirá dando excelentes trabajos. Malick nos dice que el cine puede ser un excelente soporte audiovisual de los recuerdos y de los sueños.

 

Entre otras cosas, se acusa al director de esta película de manierista (¿es acaso esto negativo cuando hay obras manieristas, por ejemplo, en pintura, que lo dejan a uno boquiabierto?). También lo acusan de mirarse el ombligo. Obvio: es lo que hacen los artistas: mirarse el ombligo y decir este es mi ombligo, esto es lo que tengo que decir y lo digo como puedo y quiero, o casi. Y es que pese a que El árbol de la vida se haya estrenado en cines no es una película. O no es una película convencional, ni siquiera rarita, que las raritas, al fin y al cabo, no dejan de ser cine, y el experimento a veces irrita y otras emociona. Apuesto a que Malick ha hecho la película que quería hacer. No se explica de otro modo. Y en su consecución ha tenido un relevante papel Brad Pitt, quien produce este trabajo. Y justo es que actúe; él mismo lo exigió. Tú me das, yo te doy. La figura del mecenas en el arte, ya ven. Nada ha cambiado. Vean El tormento y el éxtasis. Sin mecenas no hay obra de arte. El artista Malick está “out”, no hay otro modo de hacer arte. De hecho, vivir el aquí y el ahora imposibilita para la creación. O, al menos, cuando se crea se vive de espaldas al mundo. Y esta película vive de espaldas al cine convencional (en el sentido de cuentacuentos), pero no al espectador que se emociona con sus imágenes. No hay impostura en este trabajo. Así que si no te emocionas un poco con alguna que otra secuencia, prueba a pincharte. Y si no sangras, acude a Gospedal. Ella sabrá qué hacer.

 

II

 

¿Qué le dice un padre a su hijo? Que sea bueno. Que no sea demasiado bueno. Que ojo. Que eso no se hace. Que puedes hacerlo. Que sí. Que no. Que cuando seas mayor. Que ya veremos. Que.

 

Brad Pitt, en el caso que nos ocupa, es el padre. Es quien dice que esto es el mundo. Está la madre también, claro, pero queda desdibujada porque el peso del filme se sitúa en la figura paterna. Nada que objetar, por supuesto. Sin embargo, el secreto de la película está en el perdón del dinosaurio. Créanme.

 

Padre, ¿puedes perdonarlos?

 

III

 

El artefacto de Malick, ojo, se acerca más a un virtuoso poema audiovisual que a eso que venimos llamando cine. La película quiere ir un poco más allá, expandir las posibilidades del séptimo arte. Leo en la red: “Pura poesía, una sinfonía sublime; una celebración de la vida”. Y añado: imperfecta, necesaria, reveladora, religiosa sin etiquetas. El director recurre a una narración muy fragmentada que difumina la barrera del espacio y el tiempo; busca sensaciones y emociones, más que el progreso de una historia, como en sus anteriores filmes La delgada línea roja (1998) y El nuevo mundo (2005), de la que leo este frase que actúa de simpático epitafio: “Una película capaz de hacer roncar a una piedra”.

 

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