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EL CUSTODIO
Una película de Rodrigo Moreno

Interpretada por:
Julio Chávez, Osmar Núñez, Marcelo D’Andrea, Elvira Onetto, Cristina Villamar, Luciana Lifschitz, Osvaldo Djeredjián…

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Rubén, “el custodio”, comparte dos existencias distintas. Durante las horas de trabajo como guardaespaldas de un ministro corrupto, todo a su alrededor es lento, repetitivo, monótono y predecible. Al acabar la jornada y regresar al hogar con su extravagante familia se encuentra con un panorama caótico, absurdo, incontrolado y sórdido. Entre la alienación de uno de los mundos y lo deprimente del otro se debate su insignificante presencia.

 

No sabemos por qué ni desde hace cuánto tiempo, Rubén delegó las riendas de su tiempo en manos ajenas. Renunció a su voluntad, su criterio, sus deseos, su curiosidad. Instalado en una rutina detestable, cree que seguir en el camino trillado le evitará sobresaltos, pero ni siquiera puede librarse de esto. Esclavo de su miedo, ha obviado su infelicidad, pero ésta nunca puede obviarle a él y reclamará su territorio de un modo abrupto…

 

El custodio es una cruda parábola de todas nuestras vidas; sí, la de todos en mayor o menor medida. La propia exageración de tonalidades grises sobre Rubén es la lupa con que ver aumentado el sinsentido de los días de cada uno, desde aquel momento en que entregamos la niñez como ofrenda inhumada para obtener el ajeno beneplácito. No hay mayor enemigo que los otros, especialmente los que dicen querernos, pues son los que más aprietan las cadenas mientras los minutos se escapan en carrera salvaje hacia la Nada… Este tipo de paranoias sartrianas suelen causar unánime carcajada o rechazo cuando se exponen en público, pero es comprensible; resulta sumamente desagradable admitir que el fango de la presencia de los demás envuelve hasta el mínimo ápice de nuestra verdadera alma, inédita.

 

También funciona como metáfora política, por encima de colores. ¿A quién se entrega el rumbo de tantas cosas que nos afectan? El jefe del custodio es un vividor egoísta e hipócrita. Hay mucho lapso de tiempo pausado para pensar durante el trabajo que realizan porteros, guardaespaldas, criados, niñeras o monitores, cuyo oficio consiste en rozarse y dar servicio a gente más rica que ellos. Durante las largas horas de impasse la mente se atormenta ante la cercanía del contratante. “Este tipo no es más inteligente que yo. Es peor persona que yo. Hace todo peor que yo… ¿Porqué le sirvo a él y no él a mí?” La respuesta a veces es la herencia de la propiedad, otras una trayectoria sin escrúpulos, favoritismo entre la clase dominante, un buen braguetazo o el haber sacrificado cosas sagradas para uno que el otro canjeó rápidamente por mezquindades. Trabajando duro y siendo honrado hasta se puede ganar mucho dinero… pero jamás ser millonario. Los que detentan los privilegios del poder se aterrarían al saber cuánto desprecio se enmascara en la educada sonrisa del lacayo… ¡Y cuánto miedo! Más habrían de temer al que les teme que al que les desprecia.

 

Estamos ante una película que descansa plenamente sobre la interpretación de Julio Chávez. Otro extraordinario actor argentino, y van tantos…  Éste además tiene el don camaleónico del actor total. Para hacer del guardaespaldas envejece diez años, engorda al menos veinte kilos, y su inquieta mirada en vivo se transforma en la de un cadáver andante, muerto ya pero aún con pánico.

 

Pero como todas las obras minimalistas, que parten de muy poca trama para rellenar el metraje, El custodio discurre por unos cauces demasiado pausados, repetidos, deliberadamente huecos. Es cierto que esta es de las contadas ocasiones en que el argumento lo requiere, pero no por ello deja de ser de difícil digestión en ocasiones. El que hubiese pasado alguna cosa más entre la presentación y el desenlace no hubiera atentado contra la esencia del filme de haberse hecho bien, pero quizá el director se acabó contagiando de la excesiva linealidad del personaje, al modo de cazador cazado.

 

La obra, de muy pulcra y correcta presentación, y sin ser tediosa no demasiado entretenida –no lo busca-, tiene mucho del espíritu de anteriores. De Whisky tiene, aparte de la misma directora de fotografía, una de las de más poderosa personalidad actualmente –un Buenos Aires inédito y distinto-, el modo y métodos de recrearse irónicamente en lo cutre. De Lo que queda del día, la angustia que provoca al espectador un servidor tan rígido. De Los santos inocentes, la náusea que inspiran los “señoriítos” y la inconsciente naturalidad con que humillan. De La soledad, la violencia que germina el tempo lento. De Taxi driver o El asesinato de Richard Nixon los intervalos del protagonista entre inmensa soledad solitaria e inmensa soledad acompañada.

 

No siendo excesivamente original ni brillante, ni dejando especial huella, El custodio tiene una gran virtud que es la que la ha aportado tantos premios (Sundance, mejor guión latinoamericano; Berlín, película más innovadora; San Sebastián, mención especial…). Aunque el que la ve se sienta distante y por encima, no pasadas muchas horas después del visionado, habrá alguna circunstancia o espera que mordiendo el subconsciente le diga con mayor o menor intensidad, pero con desoladora contundencia, que él o ella… es también Rubén.

 

 

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