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Texto: Bálder Montesinos
Rubén, “el custodio”, comparte dos existencias distintas.
Durante las horas de trabajo como guardaespaldas de un ministro
corrupto, todo a su alrededor es lento, repetitivo, monótono y
predecible. Al acabar la jornada y regresar al hogar con su
extravagante familia se encuentra con un panorama caótico, absurdo,
incontrolado y sórdido. Entre la alienación de uno de los mundos y
lo deprimente del otro se debate su insignificante presencia.
No sabemos por qué ni desde hace cuánto tiempo, Rubén
delegó las riendas de su tiempo en manos ajenas. Renunció a su
voluntad, su criterio, sus deseos, su curiosidad. Instalado en una
rutina detestable, cree que seguir en el camino trillado le evitará
sobresaltos, pero ni siquiera puede librarse de esto. Esclavo de su
miedo, ha obviado su infelicidad, pero ésta nunca puede obviarle a
él y reclamará su territorio de un modo abrupto…
El custodio
es una
cruda parábola de todas nuestras vidas; sí, la de todos en mayor o
menor medida. La propia exageración de tonalidades grises sobre
Rubén es la lupa con que ver aumentado el sinsentido de los días de
cada uno, desde aquel momento en que entregamos la niñez como
ofrenda inhumada para obtener el ajeno beneplácito. No hay mayor
enemigo que los otros, especialmente los que dicen querernos, pues
son los que más aprietan las cadenas mientras los minutos se escapan
en carrera salvaje hacia la Nada… Este tipo de paranoias sartrianas
suelen causar unánime carcajada o rechazo cuando se exponen en
público, pero es comprensible; resulta sumamente desagradable
admitir que el fango de la presencia de los demás envuelve hasta el
mínimo ápice de nuestra verdadera alma, inédita.
También funciona como metáfora política, por encima de
colores. ¿A quién se entrega el rumbo de tantas cosas que nos
afectan? El jefe del custodio es un vividor egoísta e hipócrita. Hay
mucho lapso de tiempo pausado para pensar durante el trabajo que
realizan porteros, guardaespaldas, criados, niñeras o monitores,
cuyo oficio consiste en rozarse y dar servicio a gente más rica que
ellos. Durante las largas horas de impasse la mente se atormenta
ante la cercanía del contratante. “Este tipo no es más inteligente
que yo. Es peor persona que yo. Hace todo peor que yo… ¿Porqué le
sirvo a él y no él a mí?” La respuesta a veces es la herencia de la
propiedad, otras una trayectoria sin escrúpulos, favoritismo entre
la clase dominante, un buen braguetazo o el haber sacrificado cosas
sagradas para uno que el otro canjeó rápidamente por mezquindades.
Trabajando duro y siendo honrado hasta se puede ganar mucho dinero…
pero jamás ser millonario. Los que detentan los privilegios del
poder se aterrarían al saber cuánto desprecio se enmascara en la
educada sonrisa del lacayo… ¡Y cuánto miedo! Más habrían de temer al
que les teme que al que les desprecia.
Estamos ante una película que descansa plenamente sobre la
interpretación de Julio Chávez. Otro extraordinario actor argentino,
y van tantos… Éste además tiene el don camaleónico del actor total.
Para hacer del guardaespaldas envejece diez años, engorda al menos
veinte kilos, y su inquieta mirada en vivo se transforma en la de un
cadáver andante, muerto ya pero aún con pánico.
Pero como todas las obras minimalistas, que parten de muy
poca trama para rellenar el metraje, El custodio discurre por
unos cauces demasiado pausados, repetidos, deliberadamente huecos.
Es cierto que esta es de las contadas ocasiones en que el argumento
lo requiere, pero no por ello deja de ser de difícil digestión en
ocasiones. El que hubiese pasado alguna cosa más entre la
presentación y el desenlace no hubiera atentado contra la esencia
del filme de haberse hecho bien, pero quizá el director se acabó
contagiando de la excesiva linealidad del personaje, al modo de
cazador cazado.
La obra, de muy pulcra y correcta presentación, y sin ser
tediosa no demasiado entretenida –no lo busca-, tiene mucho del
espíritu de anteriores. De Whisky tiene, aparte de la misma
directora de fotografía, una de las de más poderosa personalidad
actualmente –un Buenos Aires inédito y distinto-, el modo y métodos
de recrearse irónicamente en lo cutre. De Lo que queda del día,
la angustia que provoca al espectador un servidor tan rígido. De
Los santos inocentes, la náusea que inspiran los
“señoriítos” y la inconsciente naturalidad con que humillan. De
La soledad, la violencia que germina el tempo lento. De
Taxi driver o El asesinato de Richard Nixon los
intervalos del protagonista entre inmensa soledad solitaria e
inmensa soledad acompañada.
No siendo
excesivamente original ni brillante, ni dejando especial huella,
El custodio tiene una gran virtud que es la que la ha aportado
tantos premios (Sundance, mejor guión latinoamericano; Berlín,
película más innovadora; San Sebastián, mención especial…). Aunque
el que la ve se sienta distante y por encima, no pasadas muchas
horas después del visionado, habrá alguna circunstancia o espera que
mordiendo el subconsciente le diga con mayor o menor intensidad,
pero con desoladora contundencia, que él o ella… es también Rubén.
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