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Texto:
Bálder Montesinos
Como tengo la cara muy dura y me voy tropezando a la hora
de andar, dado el desmedido tamaño metafórico de mis órganos
genitales, voy a aprovechar el espacio de esta crítica para hacer
una declaración de amor. Sí, yo; prematuro anciano de 34 tacos que
se mofa de la necesidad de sexo y cariño de mis imperfectos
congéneres. Definitivamente. Me gusta Isabel Coixet. Artista y
hembra.
Como artista me “pone” su tierna ironía; su universal
respeto; su romanticismo del día a día que se acepta y degusta a sí
mismo sin quimeras, su creatividad inquieta y a la par reposada; su
acercamiento único a temas tabú; su profundo y cercano humor... Como
hembra; esa timidez con ráfagas de insolencia, esa torpeza al hablar
siendo tan elocuente en sus diálogos, esa voz dulce y ligeramente
trémula que pasa desapercibida, y hasta ese deliberado desaliño de
alguien que quiere ser amada por dentro y pone todas las barreras.
Por supuesto, como intolerante vocacional y practicante, me irritan
otros aspectos, como lo poco que parece amarse, su reverente “filo-yanquismo”,
que le guste Hillary Clinton (¡horror!), o que prostituya su enorme
talento haciendo el mejor y más efectivo spot político de la
historia de España.
Y hago esta declaración sui generis después de ver
Elegy, que he gozado mucho menos que Cosas que nunca te
dije, La vida secreta de las palabras y, sobre todo Mi
vida sin mí (una de las veinte obras maestras que toda persona
debería ver alguna vez). No he disfrutado tanto precisamente porque
“sale” menos ella. Se basa en una novela de Philip Roth y, digámoslo
aunque suene a sacrilegio: el libreto, siendo bastante bueno, es
netamente inferior al torrente de ideas de los guiones brotados de
la española. Se nombra a un escritor americano de apellido judío y
ya hay quien empieza a ensalivar dando por hecho que tiene más que
contar que una chica rellenita de Sant Adrià del Besòs; pues no,
señores “se me hace el culo pepsi-cola con los coca-colos”:
Ni de coña. Se echa en falta ese toque único de lo Coixet 100 %, con
sus dosis de campechanía descreída y refrescante. Esto es sólo
Coixet a un 40 % -calculo-, y allí donde se nota su inconfundible
huella es donde las ráfagas del talento no sólo cuecen sino que
enriquecen el metraje. Mi niña ha entrado en el infierno de
Hollywood y no sabemos si saldrá sin abrasarse. Bueno, yo sí SÉ que
saldrá, pero como estoy enamorado, mi pronóstico no se puede tener
en cuenta. No le han dejado ni elegir el título…
Es un filme de sobrada calidad empero. Se saborean las
mejores habilidades de la directora. Como su escrupuloso mimo (sin
igual) hacia actores y personajes en todas sus fases y facetas;
conversaciones para rebobinarse una y otra vez en el vídeo-DVD; y
esos pequeños grandes hallazgos de una de los poquísimos genios del
mundo mundial del celuloide capaz de inventar y aportar nuevas cosas
al árido reino de los caminos trillados. Y, como lo perfecto no
engancha por inhumano, también tenemos sus entrañables defectos,
como el de tirar de una fotografía cursi para subrayar lo romántico
(herencia sin duda de su perfil publicitario), o el de su heroica
valentía para, en ejercicio de un inveterado amor al cine clásico,
reivindicar lo epidérmicamente sentimental fácil de confundir con
sensiblero. Conste en acta que para mí este último fallo es una
virtud moral, aunque no pueda esgrimirlo estrictamente cual mérito
fílmico.
Elegy
versa, con
creíble honestidad y mil matices, sobre la inseguridad personal, los
miedos y la incapacidad de entregarse. Y, aunque ni ella misma ni
Philip Roth posiblemente lo sepan, sobre la incapacidad profunda y
real del ser humano de amar a nadie. Se nota que Isabel es mucho más
Ben Kingsley que Penélope Cruz; lo que somos en vez de lo que
quisiéramos ser. No; más que esto último: lo que quisiéramos
encontrar.
Del señor Kingsley no voy a decir nada nuevo. De un tipo
capaz de dar sombras y retranca al señor, afortunadamente, más
sanamente lineal de la historia de la humanidad (mi querido Mohandas
Gandhi), o de hacernos sentir comprensión y simpatía por un
colaboracionista de una dictadura que se cepillaba necrofílicamente
a las torturadas (La muerte y la doncella). Y Penélope… A
ver. No puedo ponerle “peros” a su interpretación. Es pulcra y
correctísima. Borda una Consuela deliciosa; con mucha más miel que
carga erótica, contra lo que se trata de vender en la publicidad
promocional para llenar salas. Y es bueno que sea así; que sex
appeal lo tenemos a la vuelta del mando a distancia, mientras que la
dulzura la tenemos a la distancia del horizonte cuando navegamos sin
mando. Peeero le falta algo muy sutil. En primer lugar, química
física con Ben Kingsley. Se nota que éste ha disfrutado de las
escenas “íntimas” mientras que ella hacía su sacrificio de diva. Y
le falta dolor, vida detrás. Es una magnífica actriz sin hondo
bagaje vital que transmitir. Aquí hubiera hecho falta –y lo digo
completamente en serio- una Candela Peña (otro amor inconfesable que
hoy sale del armario) que prestase el desgarro de haber llorado por
causas dignas de serlo. Entonces sí podría creerme que la alumna de
Kingsley es capaz de enamorarse. ¿Qué pasa? ¿Que Candela no cumple
los requisitos de peculiar Lolita que encandila al viejo profesor?
Usemos la imaginación, por favor. En la Ópera me creo a Otelo cuando
arde de pasión y celos por Montserrat Caballé. No seamos tan
planitos. ¡Hay que ver!
También brillan: Dennis Hopper, haciendo de poeta a lo
Dennis Hopper; la maduramente sexy Patricia Clarkson; y una banda
sonora fundamentalmente clásica, apoyada en un repertorio
minimalista al piano abarcando distintas épocas, de Bach a Pärt,
pasando por Marcello y Satie.
Finalizo
desconsolado mi declaración de amor de antemano sin respuesta,
improvisando una anécdota típicamente “coixetiana” de las que dan
respiro a la tensión emocional: ¡Qué bien que se hacen las
necesidades en los servicios del cine Verdi! ¡Siempre tan
requetelimpios! …
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