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Texto: Mª Luisa Ripalda
Nunca pensé que me pudiera llegar a gustar el rap y mira
por donde comienza esta película con una música rapera, y además ¡en
alemán!; y como que me gusta, vamos que suena bien; buen augurio. Si
bien, aunque en este film la música es fundamental, no es
precisamente la música rapera, sino nada más y nada menos que La
Consagración de la Primavera, obra compuesta por Igor Stravinski
en 1913 para ballet en dos actos. También resulta ser el hilo
conductor de esta película sobre la necesidad del arte en nuestras
vidas.
Codirigido por Thomas Grube y Enrique Sánchez, este
documental recoge un experimento artístico y pedagógico en el que
danza y música se funden, y en el que 250 jóvenes de los barrios
menos acomodados de Berlín, de entre 7 a 22 años, ensayan para
preparar una coreografía que acompañará la interpretación de la
Orquesta Filarmónica de Berlín de La Consagración de la Primavera
en el Treptow Arena del propio Berlín.
Proyecto alumbrado por el director de la Orquesta
Filarmónica de Berlín, Sir Simon Rattle, que al hacerse cargo de
esta institución fundamental en la cultura alemana pretende
convertirla en un instrumento de cultura participativa y, por tanto,
acercar la música clásica a los jóvenes. Según sus propias palabras,
se necesita recordar que el arte no es un lujo, sino algo necesario
para la gente como el aire que respiramos o el agua que bebemos.
Para llevar a cabo esta experiencia, Rattle invita a
Royston Maldoom, coreógrafo avezado en proyectos de danza con los
más desfavorecidos en el acceso al arte y viajero incansable
alrededor del mundo con su sempiterna furgoneta de correos roja.
Estos dos personajes fascinantes, apasionados y seductores unen sus
fuerzas, en su concepción del arte como derecho de todo ser humano,
para hacer realidad este proyecto educativo y artístico. A través de
la pantalla, cuando estos dos británicos nos hacen partícipes de sus
convicciones, podemos observar con nitidez esa pasión y energía
necesarias para llevar a cabo una experiencia de esta índole que
roza la utopía en su asunción de responsabilidades sociales en el
terreno del arte. Poner en contacto la Filarmónica de Berlín con
jóvenes de barrios berlineses que no tienen ni idea de danza, ni
especialmente son degustadores de la música clásica parece una idea
descabellada. Contra los que creen que el arte se debilita al
hacerse popular, ellos opinan que una mayor apertura solo puede
beneficiar al arte.
Especialmente fascinante, si cabe, resulta Maldoom, quizá
por ese aura de aventurero romántico que destila desde el primer
momento que aparece en la pantalla. Este profesor de danza que,
junto a sus ayudantes, se encarga de los ensayos de los jóvenes, en
un maratón de tres meses, representa el rotundo compromiso social
del arte. Porque el arte necesita de maestros que iluminen esa senda
de descubrimiento, tan profundamente individual, a los más jóvenes,
y que resulta tan difícil de hallar en los tiempos que corren. Sus
manifestaciones sobre el silencio y la disciplina tienen
aplicaciones universales.
Hábilmente los directores de este documental alternan los
ensayos de la Filarmónica, con los de los aprendices de danza. Los
escenarios fundamentales en los que la cámara se detiene, son el
gimnasio donde los jóvenes del instituto se entrenan; escenas éstas
que se contraponen con las de los ensayos de la Filarmónica en su
propia sede, en donde podremos apreciar interpretaciones de
fragmentos de la Consagración, digeribles en bocados
exquisitos, y además satisfaremos nuestra curiosidad de ver cómo
trabaja un director de orquesta. Es de destacar la importancia de
Berlín como un personaje más de la historia, por lo que la cámara
intercala y deambula por unos parajes urbanos helados y grises, pero
que, sin embargo, no carecen de belleza; como una metáfora de la
esencial espiritualidad de la belleza que radica en el punto de mira
del observador.
No podía faltar en la realización de este documental los
propios adolescentes. Los directores se centran en tres de ellos y
los siguen y ponen ante la cámara, permitiéndonos presenciar su
travesía personal, sus dudas y entusiasmos, sus incertidumbres y
sus renovadas confianzas en sí mismos. El proceso educativo íntimo,
impulsado por su contacto con el arte, deja de lado la escuela como
fábrica de seres preocupados únicamente por lo económico.
Merece la pena
estar atento, si no se conoce la obra de Stravinski -y si se conoce
también-, y escuchar La Consagración de la Primavera,
obra sobrenatural que parece emerger de las profundidades de la
tierra, como declara el propio director de la orquesta, brusca y
poderosa, con su ritual de aseguramiento de futuro, con su fiera
alegría, en una grabación excepcional, que realmente sobrecoge.
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