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Texto: Mª Luisa Ripalda
El cine como
espectáculo está de suerte. Bellamente rodada, con el sabor de las
producciones británicas que recrean el pasado, la proyección de
Expiación –el resto del título sobra- desborda placer estético.
La virtuosa puesta en escena de esta adaptación del best-seller
Atonement, de Ian McEwan, se pone al servicio de una
narración que, primordialmente, nos habla de la culpa. Lástima que
Joe Wright lleve la espectacularidad a sus últimas consecuencias: su
exceso lastra el resultado final.
La surrealista
evacuación de las tropas británicas en 1940, en las playas de
Dunkerque, con un largo plano-secuencia, a mayor gloria épica del
director, es de factura impecable, pero, si somos sinceros, no
aporta nada a la historia: mero alarde técnico. Y si bien esto puede
tener un pase –quién no caería en la tentación de lucirse con un
presupuesto de envergadura-, lo que no es de recibo es la almibarada
secuencia final, completamente innecesaria y cansina.
Dediquémonos,
de nuevo, a las virtudes de este film, que son muchas, sobre todo en
el primer tercio de su metraje. El ritmo de las teclas de una
máquina de escribir mezclado con la música, un asfixiante y caluroso
verano y el humo de cigarrillos son elementos que crean una
atmósfera que embauca a los sentidos y constituyen auténticos
correlatos objetivos que prestan densidad al planteamiento del
drama. Esto unido a las diferentes percepciones de los mismos
acontecimientos con la técnica del flashback, al uso de una
historia dentro de otra, y a un hábil manejo de la cámara son
algunas de las interesantes estrategias de las que se sirve el
director para contarnos la historia de unos personajes a los que una
delación cambia sus vidas para siempre
En cuanto al
plantel de actores,
James McAvoy
destaca por su apabullante credibilidad en su papel de víctima del
esnobismo de la gente bien. Si bien confieso que su pareja en la
ficción, Keira Knightley, me resulta indigesta, con esa actitud de
qué guapa, delgada y sexy que soy, que lo llevo pintado en la cara y
sobre todo en la boca, reconozco que le va como anillo al dedo su
papel de engreída niña bien, resultándome menos creíble, no
obstante, como joven enamorada. Es un acierto, por otro lado, la
elección de la actriz que interpreta a la niña-adolescente de
imaginación desbordante, Saoirse Ronan, con esos ojos inteligentes y
fríos.
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