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Texto: Bálder Montesinos
Juntos, nada más
es una
plana historia sobre ayuda y cooperación entre los prójimos del día
a día. Tema crucial que hubiera merecido y agradecido un tratamiento
menos insípido y superficial.
Como curiosidad digna de reseñar, uno de los personajes
-que pretenden ser un retrato de jóvenes humildes y de algún modo
fracasados- se lamenta de sentirse “nada” porque gana “sólo” 2.000 €
al mes. (!) Por muy caro que sea París, no es el doble que Madrid.
Aún no sé cómo somos tan tontos que no vamos haciendo la maleta y
cruzamos los Pirineos en caravana. Pero es que… ¡ay! es tan difícil
traicionar el galardón divino de ser español y nacer en España… ¡Olé!
Audrey Tautou no es santa de mi altar. Ni pajolera falta
que le hace a ella. No es excesivamente guapa cuando no está bien
maquillada… y tampoco lo necesita. Sus enormes ojos tiernos hacen
que irradie un encanto etéreo parecido al de la otra Audrey,
la Hepburn; y si
se me apura, un magnetismo más de andar por casa, más creíble.
Practicar sexo con la protagonista de Sabrina parecería una
profanación incestuosa, mientras que la actriz de esa cosa llamada
El código Da Vinci no desentona tanto sudando en una cama o
vomitando ginebra. Sin ser un pedazo de actriz, tampoco lo hace nada
mal. El problema está en que, a menos que dé pronto un giro
copernicano a su filmografía, su trayectoria se va a quedar pronto
en meliflua agua de borrajas. Arrastra en los papeles que le ofrecen
el lastre del que precisamente fue su único gran éxito real.
Amelie era un producto artificioso, edulcorado y de un
bienintencionado postizo; pero también era inteligente, tenía un
ritmo estupendo y resultaba muy agradable de ver. El problema es que
el merecido “taquillazo” que fue acabó generando funestas
consecuencias. Su éxito “ameliconó” por completo al cine más
comercial hecho en Francia, y en menor medida el del resto de
Europa. Entre americanadas y “ameliconadas”, los paneles de carteles
de los multicines representan desde entonces el via crucis del
cinéfilo.
Otra nefasta influencia provino del propio personaje
protagonista. Mucha jovencita con la hormonación en plenos fuegos
artificiales no captó el tono caricaturesco y fantástico del filme,
y tomó el papel representado por Tautou como un rol más a imitar
desde “la cantera de los sueños”. Sucedía que el continente -la
inteligente planificación de sus intrigas altruistas- era más
difícil de imitar que el contenido –el optimismo suicida-. Desde
entonces proliferaron esas alocadas y estrafalarias muchachas,
propias de anuncio de compresas o de vídeo-clip electoral, que cual
ONG ambulante van pegando brincos por la calle, acariciando niños,
besando por igual a macarras y ancianitas con inexplicable sonrisa
adosada a sus labios, transmitiendo el mensaje –como Andrés Montes-
de que la vida puede ser maravillosa y que toda persona es buena si
se la ama con alegría. El desorden mental, el capricho imprudente,
la espontánea arbitrariedad y la falta de rumbo fueron elevados a
categoría de virtud. Y claro, paralelo a esta proliferación de
kamikazes andantes ha ido el aumento exponencial de las visitas al
psiquiatra y de las adicciones a antidepresivos conforme estas
“Amelies” de turno (las “caótica Ana”) se han ido chocando de bruces
con la cruda realidad en que consiste el ser humano. Ocurre por
desconocerse a sí mismas, que diría Sócrates.
Aún hoy día basta con entrar en un canal de ligue de
Internet para cómo tres de cada cinco chicas de
18 a 35 años que
allí se anuncia trata de convencer a los varones en celo de que
están ante la mismísima Amelie en pleno chute eufórico y que con
ellas pueden esperar cualquier gilipollez sorpresiva a la mínima que
se descuiden. Ignorando que a la mayoría de la población que orina
de pie le sobra con una mamá o una mujer-florero, y a los raritos
que no, nos basta con un pelín de cordura. Sólo un poquito.
Nada de esto escapa de los cauces de la normalidad. Los
muchachotes de mi generación adolescente nos iniciamos al
crecimiento emulando a Karate Kid. Gracias a ello, los que no
acabamos con la pierna escayolada tuvimos encuentro con “Señores
Miyagis” de andar por casa que resultaban pedófilos o captadores de
sectas. ¡Y no pasó nada! Hoy día estamos todos perfectamente sanos
de la azotea, mejoramos el mundo que heredamos y somos un ejemplo
para las generaciones venideras … ¿no?
Me voy tanto por las ramas y juego tanto a la provocación
(que nunca aburre) porque escribir sobre Juntos, nada más
sería tan insustancial como verla. Hablar de solidaridad y amistad
de un modo tan almibarado e impostado como hace este filme acaba
siendo contraproducente. La poca credibilidad transmitida hace
precisamente que se vean como quimeras inalcanzables, un engaño más
con el que tenernos entretenidos. Y por ahí ya no trago. Que algunos
no tengamos constancia de estos valores en nuestra vida social no
quiere decir que sean mentira. Ni mucho menos. ¡Tan seguro como que
Dios existe!... ¿A que ya nos hemos quedado más tranquilos?
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