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LA EDAD DE LA IGNORANCIA
Una película de
Denys Arcand
Interpretada por:
Marc Labrèche, Diane Kruger, Sylvie Leónard, Carolina Néron, Rufus Wainwright, Emma de Caunes…

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

La constante ensoñación personal en la que nos debatimos, huyendo con la imaginación de la cruda realidad a cada momento… ¿Es buena o mala? La contestación, no en esta reseña, sino al final de esta recomendable película.

 

Bajo las grietas de lo que parece (y es) una obra divertida, inteligente y ácida a golpe de anécdotas y sketches ligeramente entrelazados, se filtra un terrible drama existencial: el del Don Nadie, también denominado mindundi, pelanas, pringao, pelele, pelao… Osease, tú que me lees, yo mismo y todos aquellos que, si nos conociésemos y encontrásemos, estaríamos poniendo a caer de un burro para matar las horas con aburrimiento. Eso sí; un mindundi a la canadiense, que gana literalmente 50.000 $ al año, vive en un adosado y tiene además una casita frente al mar. Que, puestos a deprimirnos por el sinsentido de sobrevivir, siempre es preferible hacerlo en esas condiciones que en un piso interior en Canillejas.

 

Quizá por la naturaleza insignificante del protagonista, me identifico desde el principio mucho mejor con esta historia que con los pedantes, esnobistas, acomodados y profesionalmente reconocidos personajes de Las invasiones bárbaras, el más exitoso precedente del director y la segunda parte de una supuesta trilogía de la que La edad de la ignorancia pretende ser rúbrica. En esta última todo es mucho más natural, fluido e universal, amén de más gracioso. Incomprensiblemente, ha pasado desapercibida para la crítica internacional mientras se deshizo en halagos y galardones con la anterior, por momentos irritante y aburrida. Lo que puede confirmar mi sospecha de que la mayor parte de mis colegas críticos son pedantes, esnobistas, acomodados, y se creen profesionalmente reconocidos. O lo que es más alarmante aún: que efectivamente, por ser el único que respondo 100% a mis gustos sólo yo puedo tener razón … y los que no piensan igual están fatídicamente equivocados.

 

Sin necesidad de tragarse uno de esos empalagosos y autocomplacientes “making-off” o “Así se hizo” es fácil adivinar la forma de trabajar de Arcand en los guiones: poniendo todo lo que se le pasa por la cabeza en los meses previos a rodar, sin renunciar a nada. Con lo que quedan también al descubierto los principales defectos de su cine: heterogeneidad irregular, alargamiento, incontinencia, y la pretenciosa pretensión de querer abarcarlo todo, desde la anécdota con miga reflejada en el periódico hasta los propios hallazgos en el camino del placer o de la paz interior. Como todas las anteriores carencias me son “casualmente” familiares, “casualmente” también no lo criticaré por ellas. Arbitrario que es uno; al parecer el único en el planeta.

 

El caso es que este calidoscopio intentando resumir el Universo en cien minutos de metraje no deja mal sabor de boca. Por encima del caótico “sin dios” de lo que se muestra, subyace la impresión de que no todas las pequeñas cosas que ocurren en la vida y anotaríamos en la agenda de nuestra propia peli tienen tan poca relación entre ellas como parece. Y, ojo; pese a la debilidad aparente de la trabazón, se mantiene en todo momento la pulcritud rítmica y la amenidad narrativa (¡casi nada en estos tiempos!). Se ve con bastante gusto y mayor simpatía. Tampoco la autenticidad de sentimientos y opiniones de Arcand son de los que dejan duda alguna sobre su enraizamiento hondo en la persona. Todo se expone con pasión, ira, ansiedad, vehemencia e inteligente mala leche… Le pone ganas… y su pizquita de ternura y desesperación cuando toca. No cabe duda de que es uno de los tipos que escribimos no porque nos guste un carajo o dé para vivir, sino como odiosa necesidad con voluntad de espantar fantasmas personales (a menudo sin éxito). No es alguien inspirado como Akin, o genial como Coixet, pero es agudo y buscador, y eso, como el inconformismo, nunca sobra.

 

Todo el castillo de naipes sin caer se sustenta y apoya en Marc Labrèche, inconmensurable actor que desconocía. De incómoda cara de rana y procedente de la comedia y la presentación de “late shows” (equivalente televisivo a El Gran Wyoming de Québec), abarca aquí todos los registros posibles en su impresionante pedazo de recital. Manteniendo en todo momento domeñada y supeditada su innegable vis cómica; ejemplo que deberían seguir esos histriones que son Robin Williams, Jim Carrey o Steve Martin, buenos actores que basan equivocadamente su presunta hilaridad en hacer cuatro muecas por segundo. Me basta verle en La edad de la ignorancia para afirmar que es uno de los diez intérpretes vivos más interesantes y completos del planeta. Ya espero la siguiente. ¿Cómo no ha tenido más repercusión este papel? La prensa tiene menos vista que Pepe Leches en lo que se refiere a captar un talento. Como siempre, se equivocan dándose cuenta de lo que mi subjetividad capta irrefutable y objetivo.

 

Y, en fin, Rufus Wainwright, pese a aparecer en los títulos de crédito no hace sino lo que mejor sabe: cantar como lo harían los mismos angelotes de Rafael si tuviesen la voz de Rufus Wainwright. En este caso Ópera. Su versión de una poco conocida del aún más desconocido Giuseppe Sarti (admito no saber ni que existía) ya vale el precio de la entrada. Un placer añadido a las cuatro estupendas mujeres que dan salsa a la insípida vida de Labrèche. A cual más sugerente y lúbrica.

 

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