|



 |
Texto:
Consuelo
Sánchez Condés
Según decía un sabio italiano, que pretendía inventar
alas para los humanos (literalmente, sin metáforas, aunque se
pretenden aplicar también) “El cerebro es el sitio del alma cuya
proveedora es la memoria y su mensajera la sensibilidad”. Y así,
las verdaderas alas de las que podemos disponer son las de la
imaginación, de las creaciones de nuestra mente, la mariposa
del título.
En una de sus películas, concretamente Basquiat,
Julian Schnabel recreaba muy bien las tragedias personales; el guión
planteaba la frase en boca del pintor étnico: Sé que un día
doblaré la esquina y no estaré preparado para lo que me encuentre.
Pero hay que ser optimista, y pensar que siempre hay algo peor, y
siempre, por supuesto, algo mejor. Este método de abarcar la
realidad es la llave que puede permitir escapar de las limitaciones
que nos marca el cuerpo (la escafandra), nos permite imaginar
lo inimaginable, e ir más allá, vivir en otros mundos, superar éste.
Volar, con la mariposa.
Ni por asomo
el redactor de la revista Elle, Jean-Dominique Bauby, principal del
drama y autor del libro sobre el que se basa el filme (basado en su
historia personal) hubiera imaginado lo que le esperaba el día que
se desencadenaron los hechos. Ni cómo podría sobrevivir y
sobreponerse hasta poder llegar a publicar su historia.
En un
desarrollo que te mantiene con continua atención, y mediante una
técnica de cámara a modo de visión desde el ojo del paciente, la
mayor parte del tiempo, (muy efectiva, ya que su mirada es lo que
mantenía al personaje en contacto con el mundo real), Julian adopta
los mínimos flash-back requeridos para que la película no
aburra, entre los que incluye ese toque de vanguardia con música
festiva-glamourosa y toques étnicos, a la manera en que nos tiene
acostumbrados en ese mundillo de artisteo y fashion
victims. Y no falta la escena estilo clip musical en la que el
protagonista avanza por calles nocturnas solitarias.
Y sin embargo
hay algo que me recuerda a otra obra: una silla de ruedas, un mar al
frente, un cuerpo vivo pero inerte sumergiéndose en el agua, hacia
adentro, al fondo... Me recuerda quizás a otra vida, otro cuerpo
truncado, otra historia personal.
No en vano, la
cinta ha optado en los globos de oro 2008 –edición esta cuya lección
de sobriedad no me disgusta- a Mejor Película Extranjera –lo ganó-;
Mejor Director –también- y quedó nominada al Mejor Guión (Ronald
Harwood), además de arrasar en otros festivales: San Sebastián 2007,
Palma de Oro, Mejor Director, Cannes 2007.
Un amplio
reparto acompaña el buen hacer del convaleciente (debería decir
secuestrado, por el síndrome, ya saben; y si no saben, a verla o a
leer el libro), ampliado por el sinfín de doctores que desfilan por
la habitación.
Cuando quiero
saber si un libro me va a gustar, leo la primera frase, y la
encadeno en su mitad con la última, sin desvelar cómo acabará. El
resultado ha sido: Tras la cortina de la tela apolillada, hay que
buscar en otra parte. Allá voy.
|