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Texto:
Consuelo
Sánchez Condés
La puerta se ha abierto. El aire frío, que huele a
hospital, circula por la sala de la justicia y empuja el martillo,
que choca con más fuerza contra la mesa en la que queda expuesta la
venganza de Lisbeth Salander.
Su padre, su hermano, y otras amenazas, han sobrevivido a
su plan, y buscan respaldo en otros. Altos poderes se ciernen sobre
ella, e intentan acorralarla, acallar lo que tiene que decir.
Sabemos que ha sobrevivido, maltrecha, pero no hay dos sin
tres. No hablo de la protagonista, aunque también. Como ya
adelantábamos, la segunda parte de Millennium agonizó, no tuvo mucho
que ver con el éxito de la primera. Ni con el de los libros.
Daniel Alfredson, que dirigía esa segunda La Chica que
soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina no llegó al nivel
de Niels Arden Opley, director del inicio de la saga. Y si el
misterio y la trama bien tejida del primer "capítulo" se perdían en
la acción de peli de sobremesa, "entretenida, pero sin elaboración",
de la segunda, Daniel recupera algunos elementos claves que nos
hacen notar y volver a las sensaciones de peligro e intensidad de la
primera, sin tanta acción pero con más sustancia: menos previsible,
más emocionante. Con esto nos compensa la pérdida en la anterior.
En la trilogía hemos visto cómo Lisbeth pasaba de fiel
hidalgo de caballero andante en la primera adaptación de la novela
de Stieg Larsson,
Los hombres que no amaban
a las mujeres, a convertirse en princesa en el exilio en la segunda,
La Chica que soñaba con una
cerilla y un bidón de gasolina, y reina de la venganza en la
última -previsiblemente alguien acabe esa cuarta novela que dejó el
autor sin concluir y esto se convierta en una serie de televisión-.
Y es que el personaje de Salander es digna de réplica.
Y afortunadamente, este final de trilogía salva la mala
sensación de haber perdido la novedad y el éxito que se había
conseguido y que se "despistó" en la anterior. Ufff, se salvó! |