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Texto:
Bálder Montesinos
Curioso cine mexicano: subtitulado y poblado de tipos
nórdicos vestidos a lo “Casa de
la Pradera”.
Explicación sencilla: el director ambienta la trama en la comunidad
religiosa menonita de Chihuahua; primos hermanos de los
“cinematográficos” amish, pero algo menos cerrados a la tecnología
del siglo.
Aunque pueda sorprender, el marco elegido es lo de menos.
Completamente secundario y eclipsado frente la confrontación librada
en un corazón humano ante una de las grandes encrucijadas: elegir
entre el Amor o
la Paz, entre la
fidelidad a uno mismo o el respeto a los demás.
Nadando a mitad de camino entre la absoluta obra maestra de
inefable belleza y el pestiño insoportable, Luz silenciosa
acaba ahogándose precisamente en su indefinida “tierra de nadie”.
Deja un regusto que no es exactamente de claroscuros, ni agridulce
en su conjunto, sino de conmovedora poesía ajada a cada momento por
su alargamiento excesivo. Doblemente dolorosa conclusión para un
filme que no está exento de vibrante y honesta religiosidad, en el
buen sentido de la palabra -si es que a estas alturas de
la Historia aún
queda algo positivo tras el concepto-. Lo que se cuenta es tan
sobrecogedor como nada original; tan inquietante como aburrido en la
forma de contarse.
La Proporción es un asunto crucial en Arte. La sensación inmediata e instintiva de
armonía y gusto sobre un aplastante número de personas obedece a
sorprendentes reglas numéricas contrastables (proporción aúrea,
número phi, espiral de Fibonacci, pentáculo, canon de Fidias…) Estas
reglas cifradas coinciden casi siempre con ritmos de la naturaleza y
de la expansión del Universo. Mas cualquier lego en Matemáticas o en
técnicas de Arte puede acceder instantáneamente a esos secretos sólo
utilizando su intuición (“esto está mejor aquí que acá, no sé por
qué pero es así”). Por supuesto que entra en juego la subjetividad
de cada cuál, pero una confrontación directa con estas normas
produce desagrado inmediato en los seres que no han sido aún
demasiado contaminados por la distorsión educativa de su entorno
(esos incómodos renacuajos que llaman “niños”).
Si en artes plásticas
la Proporción se traduce en la utilización de cánones, también repercute en música
mediante leyes numéricas de armonía o el tempo de ejecución. Este
tempo aplicado a unas mismas notas escritas por Beethoven puede
distar el abismo que separa la vacuidad idiota de Karajan de la
honda emoción de Bohm. En Poesía,
la Proporción se llama musicalidad (no necesariamente consonante); en Novela ritmo
narrativo; y así también se denomina en Cine (también “tempo”). Esto
último puede ser la puerta que nos introduzca de pleno en la obra de
Arte o la que nos saque de ella a patadas, abrumándonos con una
rapidez o una lentitud que empujen a la imaginación a retornar a
asuntos propios ante el agobio causado. El ritmo cinematográfico
atiende también a cánones matemáticos aún no escritos ni medidos con
exactitud. Palio en parte esta laguna ahora mismo con una
aproximación rápida y subjetiva (pero no muy descarrilada) al
secreto del “enganche” en el tiempo de montaje, basada en mediciones
propias:
1)
Una
toma estática de un objeto o en la que no haya más que uno o dos
puntos de referencia (ejemplo: una mano en primer plano que tapa el
sol) no debería jamás durar más de 4’5 segundos.
2)
Una
toma larga donde haya movimiento de acercamiento o alejamiento o
muchos puntos de atención (ejemplo: vemos las carreteras que ve el
conductor a través de su ventanilla) no debería alargarse más de 9
segundos sin intercalar al menos “descansos” con otras tomas -en
ningún caso superiores a 6 segundos-.
3)
Si
van a sucederse tres tomas largas seguidas hay que intercalar por
fuerza “descansos” de no menos de 3 segundos y no más de 9.
4)
Si
se va a hacer una toma estática de un actor, interpretando por
ejemplo un llanto; por muy conseguido que quede, no debería superar
los 13 segundos si lo que se busca no es que la escena pierda fuerza
y/o caiga en la caricatura.
Si en Luz silenciosa Carlos Reygadas hubiese
respetado estos consejos o prestado oído a su intuición en vez de
una pedante ausencia de empatía con el espectador, a estas alturas
yo estaría proclamando y alabando una de las películas más bellas
que he visto. Y sigue siéndolo, empero. Va a sonar a vandalismo
cateto, pero esta pieza, pasada por el tamiz de un editor de vídeo,
cribando de cada una de sus tomas la tonelada de segundos que le
sobra… es simplemente preciosa. Sin hacerlo -ahora mismo- lo que
quedan son impactantes momentos de lirismo asfixiados entre metros y
metros monótonos de cinta. Vencerá entre el jurado de Cannes pero
nunca convencerá fuera de círculos esnob.
Luz silenciosa
adolece del total peso e influencia -sonrojante por ostentosa- del
Dreyer de Ordet (La palabra). Y como la pieza referencial,
incurre en repetir mismas grandes virtudes y defectos: de un lado,
sincero y profundo aliento espiritual; del otro, insufrible pesadez
rayando en falta de respeto hacia el público. Una cosa no tiene por
qué ir acompañada de la otra. Para desmentirlo están El río
de Renoir, Camino a casa de Yimou, Primavera, Verano,
Otoño (…) de Ki Duk o el Decálogo de Kieslowski. El arte
del cine es el de caminar y recrearse, sin caerse, por la cuerda
floja fronteriza entre la gozosa lentitud y el odioso tedio.
Paradójicamente, por encima de todos sus silencios, el
mayor brillo dentro de los cinco o seis momentos casi mágicos que
atesora (como digo una “co”, digo la “o”) radica en los escasos
diálogos: rotundos, tremendos, limpios, sólidos, sinceros…
Precisamente la parca economía con que aparecen en el metraje forja
esa su semejanza con la encina solitaria en medio del páramo, el par
de cisnes en el lago vacío, o los tres cipreses toscanos flotando en
mar de hierba.
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