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Texto: Bálder Montesinos
“¡Han matado a George Bush!”.
Es un hecho indiscutible que pocas noticias causarían -a
bote pronto y antes de pararse a medir consecuencias- tanto
jolgorio, alivio y satisfacción a nivel planetario. Nada demasiado
criticable. Desear la muerte de alguien o alegrarse de ella no es lo
mismo que matar, y a la fantasía y al deseo no se aplica la moral
cuando no se traducen en hechos. De lo contrario todos dormiríamos
en el corredor de la muerte con un “problema” fáctico: que los
verdugos para ejecutarnos también estarían dentro.
Nadie como él es tan odiado; nadie se ha trabajado tanto el
hacerse acreedor a ello. Más o menos se conoce que es el mal elegido
hombre de paja de determinados macrointereses, pero también el
paradigmático símbolo tras el que se esconden muchas cosas; hasta la
fecha, ninguna buena.
El causante directo de la muerte de 100.000 personas (cifra
que maneja la película) no es inteligente, ni guapo, ni simpático,
ni hábil, ni valiente, ni buen tipo, ni eficiente gobernante para
los suyos. Ni siquiera ha hecho merecimientos para llegar donde
está. Heredó un “vale al trono” de su padre y primero amañó unas
elecciones y después venció por fin, para estupor del resto del
globo terráqueo, con el único argumento de airear miedo y paranoia.
Fuera de su país es difícil que nadie vaya a derramar sentidas
lágrimas por el sujeto salvo quizá algún caso psiquiátrico y Aznar
(valga la redundancia). Pero hasta la derecha cañí sabe que no puede
lucirlo como apoyo electoral con gancho como hace Zapatero con Gore
y Clinton. Ni entre los suyos inspira Bush verdadero respeto más
allá de ser el arma de sus intereses; no hablemos ya de causar
admiración.
Cosa distinta sería lo que podría llevar aparejado un
magnicidio de estas características. Y de eso ya se alegraría
muchísima menos gente.
La Casa Blanca,
que ha mostrado públicamente su desaprobación del filme, debería
que agradecerle al director, el británico Gabriel Range su papel
disuasorio y protector de la figura presidencial, al dar a entender
que la violencia no es el mejor modo de combatir contra un engranaje
monstruoso que se alimenta justo de ella.
El objetivo de Muerte de un presidente no es regalar
un simulacro de gustazo a millones de personas. El verdadero motivo
de esta inteligente película de Historia-Ficción a modo de falso
documental es hacer una parábola del 11-S y de la situación global a
la que condujo. Esto, de haberse hecho por la vía más fácil y
directa hubiera sido recorrer un camino muy trillado y además habría
habido algo que lo habría lastrado: contra lo que se intenta
describir se habrían vuelto a esgrimir demagógicamente los muertos
de aquel día para invalidarlo de un modo populista. Esta táctica no
es nada que pueda extrañar ni aún aquí. En evitación de demandas me
ahorro nombrar conocidos que se valen descaradamente de otros
muertos para entronizar sus preferencias partidistas. Contra la obra
que nos ocupa, la imagen mediática de Bush es tan paupérrima que
resulta ineficaz como argumento desarmador, máxime si su asesinato
es ficticio. ¡Tres puntos para los guionistas!
Al estilo JFK pero con algo menos de truculencias técnicas,
Muerte de un presidente se ve al principio con emocionada
curiosidad “Esto ¿por dónde va a ir? ¿Qué me quieren contar?”. Más
tarde como una entretenida película policíaca de suspense en plan
“whodonit” (“¿Quién le mató? Pudo ser cualquiera. Le sobraban
enemigos”). Y finalmente como un documental dramatizado de
testimonio y denuncia, contenido y elegante; bien hecho. Cuando
salen personajes afines a Bush contando cosas (mayoría aplastante
entre los que aparecen), lo hacen utilizando perfectamente los
argumentos que se usarían en una situación así. Razonamientos que
seguirían sin convencernos a muchos pero seguirán siendo válidos
para otros tantos. No se cae en la tentación maniqueísta de
presuponer al “enemigo” tan torpe como para que sus propias palabras
evidencien su intrínseca maldad comprometiéndoles ante los suyos. De
estas sutilidades deberían aprender mucho los guionistas de
Hollywood y de
la TV.
Ahora bien; no nos llamemos a engaño. Este tipo de filmes
no sirve para nada. La intención puede que sea loable pero el único
efecto que tendrá será la recaudación o la pérdida para sus
productores. La gente que acuda a verla no será precisamente de esa
“América profunda” semi-analfabeta que dio su apoyo en votos en 2004
al suicidio del planeta. Como mucho, atraerá a algún indeciso
curioso. Llueve sobre mojado, si acaso alimentando argumentos e
indignación de los que ya partimos de un concepto ínfimo del actual
ejecutivo americano (y de los anteriores). Del mismo modo que El
triunfo de la voluntad de
Leni Riefenstahl
o El
nacimiento de una nación de Griffith son buenas e inteligentes
propuestas cinematográficas pero difícilmente me convencen de las
bondades del nazismo o del Ku-Klux-Klan; el que cree aún que el
actual orden mundial puede llevar a algo bueno seguirá creyéndolo
tras ver ésta y 20 películas más del mismo estilo. Refrendará mi
teoría de que al margen de cuestiones de coeficiente intelectual el
ser progresista o conservador es una cuestión casi genética contra
la que no se puede luchar, en uno u otro sentido, si no es con la
compra dineraria de ideales (efectivo método, por otra parte).
Uniéndome a la práctica de utilizar los muertos, me adhiero
al siniestro club siquiera sea por ellos mismos (por los muertos; no
por los siniestros). Si pasáis cerca de Santiago de Compostela,
Cáceres, Jaén, Alcobendas, Parla, Coslada o Torrejón parad un
momento el coche en un alto en las afueras y contemplad la ciudad de
noche, con las luces encendidas. Un equivalente a la población de
eso que miráis ha desaparecido violentamente de
la Tierra en
pocos años por obra y gracia de las mentiras del energúmeno en
cuestión y de su entorno. Pueden decirme misa y apelar a la
conciencia democrática; los que apoyaron y siguen defendiendo un
hecho así, allí o aquí, no merecen ningún respeto.
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