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Texto: Tomás Sendarrubias
Cuando hace ya varios años se descubrió el formato de cine
“cámara en mano” a través de El Proyecto de la Bruja de Blair
para las películas de terror, se descubrió un filón, como hemos
visto posteriormente en otras películas/documental de este género,
en que también podemos incluir Paranormal Activity.
Que nadie cuando vaya a ver esta película espere grandes
efectos especiales, una elaborada trama, sorprendentes giros de
guión… No los tiene. Los efectos especiales son sencillos (de los
que se pueden hacer con un poco de hilo de pescar), la trama y el
guión son sencillos, casi simplones… Pero sin embargo, es una de
esas películas que consiguen tenerte pegado al asiento (y separarte
de él sólo para dar algún salto de vez en cuando). Podría decirse
que la gran baza de esta película es la manera en que consigue crear
un ambiente absorbente, que te mantiene interesado en lo que está
ocurriendo y preocupado por lo que aún tiene que ocurrir.
El origen de la historia es muy sencillo. Micah, el
protagonista, compra una videocámara para poder registrar los
sucesos extraños que le ocurren a su novia, Katie, especialmente
ruidos extraños y sombras, que la acompañan desde su niñez. Y son
las grabaciones de esa cámara lo que nos va a permitir adentrarnos
en la historia, ya que esta película repite el viejo sistema
narrativo del “manuscrito encontrado”, en su versión más moderna. A
lo largo de la película, vemos como los fenómenos que rodean a la
pareja pero que siempre se centran en Katie van incrementándose, y
la película consigue un equilibrio casi perfecto en sus tiempos,
entre la tensión de las noches y el momento de descanso y análisis
de lo ocurrido que suponen los días. Pero no es solo eso lo que
podemos ver, sino el deterioro de la propia relación entre Katie y
Micah, ella cada vez más asustada por lo que la rodea y Micah cada
vez más obsesionado con grabar todo lo que sucede y dejarlo
registrado. Lo increíble es cómo a base de poco más que portazos y
ruidos de pasos, Paranormal Activity genera una atmósfera
opresiva en la que la puerta abierta de la habitación se convierte
en un elemento obsesivo, amenazador hasta el punto de que muchas
veces dan ganas de entrar en la pantalla y decirles a Micah y a
Katie “¡¡Cerrad la puerta, leñe!!”.
Por supuesto, todo lo anterior, exige un esfuerzo por parte
del espectador. Pasar miedo (y ese es el objetivo de estas
películas, claro) supone un esfuerzo casi consciente por parte del
espectador, que debe poner en modo encendido su sistema de
suspensión de la incredulidad y permitir que la atmósfera generada
por la película te absorba poco a poco hasta el punto de que dejas
de ser un espectador ajeno para pasar a ser parte de lo que está
ocurriendo, el tercer testigo junto a Micah y Katie. Si la película
choca contra el muro de la incredulidad, todo se convierte
simplemente en un cúmulo de despropósitos uno detrás de otro, donde
ni siquiera hay lugar para el sobresalto ocasional.
En fin, que si estáis dispuestos a pasar miedo, esta es una
película para… ejem… disfrutarla.
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