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Texto:
Bálder Montesinos
En el mejor momento de su vida y su carrera, un chef
argentino de cierto éxito social recibe la inesperada e inoportuna
visita de una niña española que dice tener su apellido.
Dentro de la raza de los grandes actores masculinos hay
algunos subtipos si atendemos a su modo de interpretar (algún día
hablaré también de las actrices si se tercia):
Los hay de variado registro, camaleónicos, que se
olvidan de su persona y en cada película parecen personas distintas
–actores superlativos- como Daniel Day-Lewis, Alec Guiness, Peter
Sellers, Jeremy Irons, Sean Penn, Javier Bardem o el Robert De Niro
anterior a los 90. Hay otros grandes, ego-regresivos, que
abarcando igualmente una filmografía de roles variopintos siempre
acaban pareciéndose a sí mismos; es el caso de Marlon Brando, Jack
Nicholson, Anthony Hopkins, James Stewart, John Malkovich, Peter O’
Toole o Michael Caine. Finalmente están aquellos de poderosa
personalidad y corto registro que acaban siendo casi los de más
encanto, los “naturales”, porque sin resultar por ello
peores, en vez de interpretar parece que hacen en todo momento de sí
mismos y les suenan al público como de la familia: Cary Grant, Gary
Cooper, Morgan Freeman, Vittorio de Sica, Fernán Gómez, Pepe Isbert,
Bill Murray… Si son del agrado de uno, ir a ver una película de
éstos es una garantía de lo que va a encontrarse en la pantalla,
porque siempre aguarda el mismo tipo entrañable tras las distintas
tramas y nombres. Les pasa algo así como ocurre con El Capitán
Trueno-Goliath, El Jabato-Taurus, y El Corsario de Hierro-Mac Meck;
prueba aún no esgrimida por Íker Jiménez para demostrar
infaliblemente la existencia de la reencarnación a través de
diversas épocas.
Los gigantes del cine argentino, con la excepción quizá de
Héctor Alterio, que se podría considerar ego-regresivo, pertenecen
todos a este último sector de los “naturales”. Hablo de Luppi,
Darín, Peretti, y del protagonista absoluto de esta reseña y de
Quiéreme, el inmenso Darío Grandinetti. Un espécimen único,
raro, de acusada personalidad en el universo del celuloide.
Presencia sazonadora como pocas, que igual enriquece una
“delicatessen” que un “bocadillo de caballa”.
Da igual que sea el poeta Oliverio de El lado oscuro del
corazón, atracador de bancos en Segundo asalto, abúlico
inventor en No te mueras sin decirme a dónde vas,
chulesco amante de Ángela Molina en Las cosas del querer II o
que empuje la silla de ruedas de Rosario Flores en Hable con ella
–contrariando a sus fans, el mejor drama de Almodóvar con
diferencia-. Sempiterno; Grandinetti siempre se muestra ahí detrás.
Con esa su presencia cotidianamente viril, esa su pachorra
contagiosa, esa su aparente rigidez expresiva rozando el autismo,
ese su humor socarrón y triste, y esa su apariencia de inofensivo
egoísta al que apetece tener por amigo o amante ocasional pero nunca
por marido o padre. Su mayor característica y su mejor recurso
dramático es esa particularísima vis cómica que transmite su hablar
pausado y recitante. Cuando le ofrecen un diálogo que “apesta” a
guión escrito, él lo rescata dándole forzada y lenta parsimonia con
su peculiar acento (más rosareño que porteño). Con este evidente
tono de auto-parodia o de perenne ironía evita que quede al desnudo
la impostura. Acaba dando naturalidad y gracia a diálogos hechos sin
pensar en el actor, de esos que a muchos les pondría el vello de
punta al enfrentarse al guión.
Cuando Grandinetti ríe o llora puede parecer a primera
vista que no lo hace con convicción o gana; es la miopía de no ver
que así lo hacen las personas estáticas y egocéntricas que son sus
personajes (probablemente escritos para él desde hace años). Son
seres a los que incluso declarando amor les cuesta mostrar emoción a
los demás, en su introversión nada tímida. Y aún así la transmiten.
Un mediocre actor ante papeles así intentaría llorar “bien” cuando
tocase, y al precio de agradar al público traicionaría al personaje.
El alcance y talla de Grandinetti en el cine de las dos últimas
décadas aún no ha sido comprendido ni aplaudido como merece. Algo
parecido, a otro nivel, le ocurrió al ínclito Robert Mitchum. El
aspaviento recoge siempre más frutos que la inteligente contención
de Grandinetti o la refrescante naturalidad de un rígido que no
interpreta, sino que pone el entusiasmo de que es capaz siendo él en
distintas situaciones (Mitchum).
Hablo tanto del señor Darío porque pocos como él pueden
presumir de ser el soporte absoluto para que una película no se
desmorone, tal cual sucede aquí. Quiéreme es un muy correcto
pero algo endeble drama, cuyo guión se estanca durante gran parte
del metraje. Se reconoce sin embargo cierta elegancia que evita caer
en muchos tópicos esperables a partir del argumento, con lo que
puede reservarse la baza de un cauce no esperado en la fase de
desenlace. Se respeta mucho al espectador sin tratar a toda costa de
ordeñar sus lágrimas, pero también es un hecho que la historia
desaprovecha bastante esa química que el protagonista y Ariadna Gil
exhibieron antaño en El lado oscuro del corazón II. Está de
nuevo Barcelona y están ellos, pero se siente nostalgia ante estos
nuevos seres “de carne y hueso”, anhelando aquellos inverosímiles,
invadidos de Poesía.
Recomendaría
Quiéreme más que nadie a los que estén estudiando Arte
Dramático y también a muchas mujeres hetero y hombres gays. A los
estudiantes como lección “grandinettiana” de transmisión emocional
con gran ahorro gestual; y a los segundos/as para que experimenten
cómo un individuo sin especial virtud física o personal puede llegar
a tener atractivo y sex-appeal… simplemente irradiando calma.
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