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Texto:
Consuelo
Sánchez Condés
Dios ama la violencia. Martin Scorsese la ama también. No
digo con esto que Scorsese sea un dios, ni el único. Poner una
película en un pedestal es un error. Hay muchas películas que
deberían seguir el nivel horizontal, diferentes temáticas,
producción, etc. Pero ama la violencia, y así nos lo hizo ver por
ejemplo con Gangs of New York, donde aparecía a su vez el
añiñado Leonardo DiCaprio. Han pasado ya 8 años de ésta. El mismo
tiempo hace de Atrápame si puedes (Spielberg, 2002), aquélla
en la que el chavalín se aprovechaba de su aspecto inocente para
engatusar a los espectadores y timar a los personajes. Siguió al
idilio director-actor El Aviador, e Infiltrados, y
Leonardo nos sigue demostrando que puede actuar como un adulto, con
registros de veterano, a pesar de su cara de quinceañero, y sus
piernas semi-zambas... Una musa de un gran director.
Y Martin... si de todas las películas que he visto nunca
tuviera que ver ahora mismo una, elegiría Jo, qué noche!, una
gran desconocida de Scorsese, donde adora las ¡carcajadas violentas!
Este psico-thriller mantiene la tensión de principio a fin.
Incluso en escenas donde los personajes de relleno, como en la
batida de policías, no reclaman la atención, pero contribuyen a
crear ese ambiente lóbrego que te atrapa en busca de la solución al
misterio. Un filme de larga duración que parece no durar lo que
dura. Eso es fácil, si la historia engancha.
Mark Ruffalo le da la réplica a DiCaprio como alter ego,
con un personaje muy bien definido, y a la vez subversivo, que
podríamos tachar de sutil. Y que nos mantendrá en la duda hasta el
final, en medio de una atmósfera gris, contagiada de enfermedad y
sin futuro, sin espacio, dentro de los límites del acantilado y la
mente.
Política hay, asimismo; que si el régimen militar, que si
el comunismo, que si el nazismo... Burocracia, corrientes
psicológicas, filosofía y técnicas médicas que evolucionan. No falta
crítica social.
También adornan la cinta escenas oníricas como las que vive
el protagonista con su amada fallecida, que recuerdan un poco a las
de Más Allá de los sueños (Vincent Ward) -y no la menciono
porque me parezca recomendable, sino por la similitud de ese aire
ensoñador pictórico-, en cuanto a esa estética donde las sensaciones
más paradisíacas pueden deshacerse al estilo de los relojes de Dalí.
Esto es, una obra más que, si no maestra, pasará a la
historia de las buenas. Piensa, si quieres darle al coco, pero no le
des muchas vueltas, no vaya a ser mayor la violencia de tus
pensamientos que la fuerza bruta del mar que golpea la costa.
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