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Texto: María Vaquero Argelés
Como ya sucediera en su momento con Juno (2007) la
última película de Jason Reitman está despertando muchas
expectativas. Sin embargo, y a pesar de estar nominada para seis
Globos de Oro sólo ha conseguido uno al mejor guión.
Tal vez se dé el mismo fenómeno que se dio con su
predecesora (algo que no sucedió con Gracias por fumar, 2005)
y se esté valorando en exceso esta comedia agridulce, con algunos
momentos buenos y trabajos actorales interesantes pero poco más.
Pero déjenme que me explique.
El cineasta canadiense continúa en su línea habitual,
proponiendo un análisis sobre ciertos aspectos morales y valores que
se están perdiendo en la sociedad actual. Tras la revisión de temas
como el tabaquismo y los embarazos adolescentes Reitman se centra en
el problema de los despidos laborales, un argumento muy oportuno
para los tiempos en los que vivimos.
George Clooney interpreta a Ryan Bingham, un solitario
empedernido (los planos que muestran a Birghan de espaldas ante
inmensidades como puede ser el panel de vuelos del aeropuerto
simbolizan esta soledad) encargado de ahorrar a las empresas la
desagradable tarea de despedir a sus empleados, muchos con años de
trabajo a sus espaldas. En un papel que parece hecho a medida,
Clooney maneja sonrisa encantadora y porte de galán para crear un
personaje convincente al que no podemos llegar a entender puesto que
su vida parece regida por un metódico guión autoimpuesto en el que
se incluye una huida a galope tendido de las relaciones personales
demasiado estrechas. Pero todo da un giro cuando ha de enfrentarse a
ciertos reajustes laborales que podrían atarle a una ciudad y un
hogar distinto al que se ha creado, aquél que le proporcionan
aeropuertos y hoteles. Es en ese momento cuando conoce a dos
mujeres, Natalie y Alex. La primera, una joven tradicional e
idealista interpretada por Anna Kendrick, le hará reflexionar sobre
su particular forma de vida y sobre cómo entender la interacción con
las personas. Alex (Vera Farmiga), en cambio, le hará replantearse
sus ideas acerca del amor. Ambas actrices dan una buena réplica al
actor y conforman dos caracteres distintos al ser una la versión
adulta de la otra, aunque pueda parecer que finalmente intercambien
sus papeles.
La sensación que queda tras ver la película es como si
hubiésemos asistido a un viaje iniciático a través de los cielos y
con destino hacia la madurez personal. Ryan Bingham lleva una vida
escondiéndose de todo aquello que suponga una implicación emocional
y en apenas unos días (un cambio tan radical en un espacio de tiempo
tan corto no resulta creíble) ve cómo su vida se desmorona porque es
capaz de mostrar empatía hacia los demás y, sobre todo, sentir como
ellos. Las cosas cambian, los que le rodean se han hecho adultos y
él sigue siendo un Peter Pan que ya luce canas. El problema de este
aprendizaje es que quizás resulte demasiado tardío.
El argumento es interesante (está basado en la novela
homónima de Walter Kirn), sin embargo Reitman no profundiza donde
debería y las buenas intenciones se dispersan entre canciones,
reacciones de recién desempleados (es en estos momentos cuando a una
le asalta el pensamiento de si el canadiense no será a la ficción lo
que Moore al «documental») y vuelos a lo largo y ancho de los EE.
UU.
En cualquier caso se trata de una película entretenida, que
se disfruta pero que no consigue su objetivo de hacernos pensar en
aquello que esboza a grandes rasgos.
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