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ARRITMIA
Una película de
Vicente Peñarrocha
Interpretada por:
Rupert Evans, Natalia Verbeke, Derek Jacobi.

 

 

 

Texto: Consuelo Sánchez Condés

 

La lucha entre el bien y el mal es una buena elección a la hora de tratar disyuntivas. Y un tema muy recurrido y recurrente es el amor. Chico conoce chica, chica conoce chico... ya sabemos.

 

No hace mucho vi una película sobre una turista que ayudaba a un inmigrante. El cuento era bueno, sobre todo porque era solidaridad en estado puro. No surgía historia amorosa; cada uno tenía su vida y su encuentro terminaba en la ayuda.

 

En una actualidad en la que los norteamericanos son los más malos y ningún árabe lo es, tratar este enfrentamiento, cada vez más patente y conflictivo, no es fácil. Pero es más difícil aún cuando el estado de locura emerge machacando la realidad. Cualquiera puede estar loco, y cualquiera puede soñar. Pero el espectador debe tener claro qué son sueños, qué es locura. Al menos debe hacérsele entender, dejar dilucidar hasta una seguridad del ochenta por ciento. De lo contrario, la película se convierte en una sucesión de hechos anecdóticos con una gratuidad extrema y arbitraria a interpretar libremente. Que salga el sol por donde quiera.

 

La reiteración de la imagen de la espiral a lo largo del discurso, cuyo círculo imperfecto exterior y mayor, que representa una vida larga, con mucho tiempo todavía por gastar, donde aún todo es posible, y que según avanza disminuye su diámetro y obliga a ir rechazando cosas, a perder los sueños... es la idea del Carpe Diem. No sólo morir todavía. Sólo se vive una vez, dice Derek Jacobi (cabellero del teatro inglés); es el contraste entre la vida alegre y colorida en Cuba, la jaula de oro, y el infierno en Guantánamo, de donde la vida huye.

 

Una de las dificultades de rodar en otro idioma es el acento. Natalia Verbeke consigue hablar el cubano, pero ¿por qué cuando habla inglés pierde ese acento de la que se supone su lengua natural en el filme? Rupert Evans consigue perder su nativa pronunciación británica para aparentar ser una persona de otra nacionalidad que masculla en inglés. Y ahí radica el mérito de este rodaje. En el idioma.

 

Sin embargo, desde el inicio de la cinta, hay elementos mal integrados en la narración que “distraen” del guión. Desde un principio, podemos estar pensando: ¡Qué extraño que alguien piense en inglés si no es su lengua! Alguien que más adelante intuiremos que es árabe. Y ¡qué extraño que un árabe tenga ese físico tan... anglosajón, tan de hermanomellizode ese actor norteamericano que tanto nos gusta a las chicas por su físico. Hasta que se nos desvele, después de un desarrollo comedido y en un desenlace que está donde debe estar, casi al final.

 

Una sucesión de imágenes contrarias, vida y muerte, sueño y realidad, “claridad” y locura, donde todo es posible, así que todo o nada es probable. Si la simbología no era fruto de la locura, entonces qué estaba sucediendo, y si sucedía, lo otro no había ocurrido pues.

 

¿Qué hace un loco rompiendo un reloj?... Matar el tiempo.

 

 

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