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Texto:
Marcos
Ripalda
Yo, que no he leído el relato
original de F. Scott Fitzgerald, he sido testigo, una vez más, del
buen hacer de David Fincher, que ya me sorprendiera, y estoy seguro
que no sólo a mí, con la excelente Seven y poco después con
las notables El club de la lucha y Zodiac. En El
curioso caso de Benjamin Button, el director ha prescindido del
suspense y la violencia de sus otros filmes. Pero no nos llevemos a
engaño. Están ahí, disfrazados. Y es que el drama de Benjamin Button
nos advierte, fotograma a fotograma, que tenemos que estar
agradecidos de que nuestras vidas no avancen en sentido contrario al
de las agujas del reloj. Porque la vida, a pesar de que sólo tiene
sentido al ser recordada y, por supuesto, mientras se está en ello,
hay que vivirla, qué duda cabe, hacia adelante. Y es precisamente en
esta diferencia, en esta imposibilidad de su protagonista donde
reside todo el peso dramático del filme. No es necesario recurrir a
escenas impactantes para pegarnos con cola al asiento, aunque las
haya, ya digo, ni a giros imprevistos en la trama. Ni siquiera que
sepamos con certeza cómo acaba. Y es que está escrito que todo acaba
con la muerte, avancemos hacia delante o hacia atrás. El caso es que
avanzamos, pese a todo. Y no les descubro nada, quede claro.
Benjamin Button, interpretado por un sensacional Brad Pitt, que
durante unos minutos parece sacado de Thelma y Louise, repite
con Fincher en esta historia sobre rejuvenecimientos milagrosos.
Cate Blanchettt, por su parte, esta, cómo no, soberbia como
compañera de Pitt en la ficción. Nunca la encontré tan bella y
calida, ni siquiera con todas las lucecitas que mostraba en El
Señor de los Anillos. Mención especial, por supuesto, para el
equipo de maquilladores y de efectos visuales que lo mismo te quitan
que te ponen años con pasmosa habilidad.
Para terminar, debo hacerles una confesión. Fui al preestreno
animado, sobre todo, por algunas imágenes que había divisado en mis
frecuentes viajes por la red. Que Brad Pitt trabajase también era un
motivo de peso para su visionado, pues este guapísimo también es un
actor del copón; si no me creen revisen El río de la vida,
por ejemplo, o Snatch, cerdos y diamantes. Eso sí, no tenía
ni idea de que la dirigía Fincher ni de que era candidata a 13, si
no recuerdo mal, premios Oscar. La película, ya está dicho, es una
muy buena película, pero no una obra maestra, que esto son palabras
mayores. Y es que, aparte de su barnizado sentimentaloide (nada que
objetar), hay algún que otro (perdonable, claro) dobladillo mal
cogido que hace que el traje no quede impecable. Que no se llevase
las estatuillas al mejor actor principal, mejor guión, supongo,
adaptado, a cargo de Eric Roth, y mejor maquillaje resultaría
decepcionante. Claro que no he visto todas las películas
seleccionadas. Además, El lector y El caballero oscuro,
que están en la carrera también atesoran méritos para no quedarse
sin su trozo de empanada, conste.
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